jueves, diciembre 8, 2022

Tras las alertas, lo incierto

Las «alertas» de terrorismo como las anunciadas por el Departamento de Estado el pasado fin de semana en el caso de los viajes a Europa tienden a ser vagas. Los funcionarios quieren advertir a la opinión pública sin avisar veladamente a sus rivales de cuánto saben.

Es un dilema genuino para los gobiernos decidir la cantidad de información que comparten en esta era llena de amenazas. El argumento favorable a facilitar los datos es que una opinión pública informada puede estar más alerta. («Si usted ve algo, llame a alguien», reza el eslogan). El peligro de los avisos generalizados y vagos como el del pasado fin de semana es que pueden generar indiferencia (algo malo) o sembrar el pánico (algo peor).

Los funcionarios de Inteligencia siguen sin hacer ninguna declaración en torno a los detalles de la amenaza del terrorismo en Europa. Un funcionario advierte que las filtraciones en los medios de comunicación son estudiadas por al-Qaeda, que modifica sus planes en consecuencia. «La contribución de los medios consistirá en seguirnos un paso por detrás permanentemente», aduce. Aunque haciéndome cargo del argumento, dudo que mucha gente convenga en que una opinión pública desinformada es una opinión pública más segura.

He aquí lo que es evidente para todo el mundo, apoyándome en las declaraciones públicas hechas en Estados Unidos y Europa: Al-Qaeda y el resto de grupos terroristas vienen trabajando para infiltrarse en los mecanismos de defensa creados tras el 11 de septiembre de 2001. Tratan de reclutar a personas que puedan introducirse en las redes sin despertar sospechas — los alemanes, por ejemplo, que tienen pasaportes que les permiten viajar con facilidad por Europa y hasta América. Están buscando formas nuevas de sembrar el terror, incluyendo atentados de corte Mumbai, y siguen planificando el uso de armas químicas, biológicas o radiológicas.

Un ejemplo reciente que insinúa la gravedad de la amenaza, y también la dificultad de hacer que la gente se ponga de acuerdo en torno a ella, es el de una presunta agente de al-Qaeda natural de Pakistán llamada Aafia Siddiqui. El 23 de septiembre era condenada en una sala federal de justicia de Nueva York a 86 años de cárcel por abatir a los estadounidenses que trataban de interrogarla cuando fue capturada en el año 2008. El pasado fin de semana en Pakistán, sin embargo, la prensa rebosaba de crónicas indignadas apuntando que ella es una víctima inocente.

Si se estudia el sumario de pruebas contra Siddiqui, encontrará indicios apremiantes de las amenazas a las que se enfrentan Estados Unidos y Europa — y también Pakistán. En primer lugar, igual que tantos otros agentes de al-Qaeda en Occidente, Siddiqui es una individua brillante si bien profundamente inestable: nacida en Karachi, se licenció en biología por el MIT e hizo un doctorado en neurociencias por Brandeis. Tras un divorcio, en el año 2003 contrajo matrimonio con un sobrino de Jalid Sheij Mohammed, el cerebro de los atentados del 11 de Septiembre.

Según un memorando del Departamento de Justicia anterior al fallo, cuando Siddiqui fue detenida en Afganistán transportaba documentación de su puño y letra que apuntaba, entre otras cosas: «Un ‘atentado con bajas masivas’… Monumentos en la ciudad de Nueva York: el Empire State Bld., la Estatua de la Libertad, el Puente de Brooklyn, etc.,» «Bomba sucia: Hacen falta unos miligramos de material radiactivo… funcionaría sembrando el MIEDO, no muchas muertes».

También transportaba una memoria USB que incluía una reflexión sobre venenos: «Puedo acudir a supermercados e inyectar con veneno fruta al azar, así como otros productos que normalmente se comen crudos… Puede no matar a muchos, pero el pánico, el miedo y las pérdidas económicas serán sustanciales si lo hago bien». Tal vez estos documentos se concibieron solamente para sembrar el miedo. Pero en caso de que alguien crea que se trata simplemente de una fabuladora, fue sorprendida transportando 50 gramos de cianuro sódico, que se puede utilizar como explosivo.

Siddiqui fue juzgada y condenada. Pero millones en su país de origen la califican de mártir — y es difícil imaginar cuáles serán las pruebas que les hagan cambiar de opinión.

Al leer el acta de este proceso, hay que preguntarse cuántas Siddiquis habrá ahí fuera. La respuesta es que nadie en América lo sabe.

Otro supuesto terrorista paquistaní, Faisal Shahzad, era condenado a cadena perpetua el martes en una sala federal de Nueva York por sus planes de detonar un explosivo el pasado mayo en Times Square. Una prueba preocupante es la reconstrucción de los hechos que hace el FBI de lo que habría causado la bomba si no hubiera fallado: Las pruebas «provocaban una gigantesca bola de fuego que disparaba escombros a cientos de metros en todas direcciones, haciendo pedazos cuatro automóviles en las inmediaciones y diezmando a una docena de muñecos que hacen las veces de viandantes», según The Washington Post.

La lectura de estos documentos espeluznantes hace esperar que los funcionarios encuentren un equilibrio adecuado entre información y silencio. Un funcionario de Inteligencia afirma que «la cooperación nunca ha sido mejor» entre los países europeos afectados por la amenaza más reciente y los Estados Unidos. Es estupendo, pero me sentiría mejor si supiera que la red incluye países como Yemen, Irak, Afganistán y especialmente Pakistán.

David Ignatius

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