miércoles, noviembre 30, 2022

Guerra en Afganistán

Se ha convertido en un tópico la discusión sobre si la misión militar de España en Afganistán está o no en una guerra. O en un modo de presión al Gobierno, más bien, que contempla la cuestión, cada vez que sale a la luz (como este miércoles con los trágicos asesinatos de dos guardias civiles y un traductor), de perfil. Como el PP no es contrario a la presencia de nuestras tropas allí, la reclamación parece ser que se reconozca que estamos en guerra. El Gobierno se acoge al formalismo (hay dos misiones internacionales en Afganistán, la propiamente bélica es la de la Operación Libertad Duradera, la que acoge a los soldados españoles trata de consolidar la democracia y ayudar a la reconstrucción –o construcción- del país) sin negar la obviedad de que constituye un altísimo riesgo.

La cuestión no es baladí (afecta, por ejemplo, a las posibilidades de acción de las tropas y a los reconocimientos por los servicios prestados) pero, ante la tragedia que se vive allí me parece secundaria. Lo que el Gobierno tendría que explicitar y explicar a la opinión pública es que, en una u otra misión, el objetivo de la presencia internacional, de la guerra que allí se libra, es la lucha contra el terrorismo, contra los talibanes que protegen, asisten, preparan y ayudan a los terroristas de Al Qaeda. Es decir, que allí se está defendiendo, aunque a menudo se haga torpemente, nuestra libertad y nuestra seguridad. No se trata de construir puentes o ayudar a la infancia sino que, cuando todo eso se hace, se persigue acabar con el terrorismo en uno de sus focos fundamentales. Tampoco estamos allí porque nos lo pida la OTAN o los Estados Unidos, como si hiciéramos un favor a unos aliados con problemas propios, sino porque es necesario para defender los intereses de España, los generales y los particulares.

Da igual el rótulo formal que la ONU haya dado a nuestra presencia. En Afganistán hay una guerra y esa guerra es nuestra, independientemente del tipo de cometido que los aliados nos hayan encomendado. Y una cuestión de tal gravedad debe ser explicada, discutida, analizada. Es el único modo de dotarla del respaldo de la opinión pública y de los medios necesarios para avanzar en los objetivos, aunque nadie puede evitar el alto riesgo. Es preciso, en este escenario, que haya una posición española sobre Afganistán y no sólo un entregado seguimiento de los aliados. Sólo teniendo una posición se convertirá en una política de Estado que pueda explicarse a los ciudadanos. Es más importante la paz –y la libertad- que el pacifismo.

Germán Yanke

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