viernes, diciembre 9, 2022

Competencia más limitada y despiada

– El reportaje de The Washington Post acerca de «La América Alto Secreto» ha realizado un magnífico trabajo de crónica de una esfera de la Inteligencia tan grande y dispar, y tan abigarrada a base de operaciones redundantes, que como decía el rotativo en su titular de cabecera, es «un mundo oculto, que crece fuera de control».

La administración Obama, en lugar de reaccionar defensivamente, debería tomar la iniciativa tratando de controlar este coloso. La paradoja que reviste esto es que una esfera de Inteligencia más reducida y mejor administrada hará que el país esté más seguro realmente que con la dispersión sin rumbo que tenemos ahora.

Esta es la verdadera misión de la crucificada Oficina del Director de Inteligencia Nacional, creada en el año 2005 para poner orden en el caos de la Inteligencia. Al escoger mal sus batallas y emprender sus propios conflictos territoriales, la Oficina ha agravado parte de estos problemas. El referente adecuado es la Oficina de Gestión y Presupuestos – un equipo de expertos coordinado capaz de monitorizar presupuestos, plantilla y resultados.

«Tiene que haber una revolución en los círculos de la Inteligencia, no una evolución», dice Henry Crumpton, un ex agente importante del contraterrorismo de la CIA que hoy dirige una consultora. «Hay que hacer una poda dramática, y dar competencias a los agentes sobre el terreno», dice. «Venimos destinando cantidades ingentes al problema sencillamente», dando lugar a «una falta de coordinación asombrosa».

¿Cómo surgió esta descontrolada América Top Secret, y cómo se pueden solucionar sus problemas?

El archipiélago de contratistas afloró hace décadas, y en algunos casos ha prestado servicios esenciales y eficientes. En tiempos, la Marina se quedó con su propio establo del que ordeñar leche segura que destinar a la Academia Naval, e hizo sus pinitos. El ejército insistía en que el único armamento fiable era el contenido en los arsenales del ejército. Todo esto cambió con la Guerra Fría y la entrada en tromba de la tecnología, que dieron lugar a lo que el Presidente Dwight Eisenhower llamaba «el conglomerado militar-industrial».

La versión de este conglomerado que tiene la Inteligencia incluye a muchos de los grandes nombres de la Guerra Fría – General Dynamics, Northrop Grumman, Raytheon o Lockheed Martin se encuentran entre las 10 empresas que según el Post realizan labores de alto secreto. El elenco del pesebre de la Inteligencia crece, a medida que las empresas de la defensa aspiran a hacerse con lucrativas contratas de contraterrorismo o Interior para renovar licencias de armamento que han sido anuladas.

La Inteligencia, sin duda, necesita la ayuda del sector privado. Hace mucho tiempo, el Consejo de Ciencias y Tecnología de la CIA lograba la clase de avances punteros que más tarde replicaba el sector privado. Pero en la era de las tecnologías de la información, el sentido de este flujo se ha invertido.

La criptográfica Agencia de Seguridad Nacional ha sufrido los vaivenes de la deslocalización. La agencia inició en el año 2001 un exitoso programa de adaptación de la plantilla a las tecnologías IT llamado «Pionero». Una experiencia menos afortunada fue el programa «Innovador» de la NSA, iniciado en el 2000, con vistas a obtener el apoyo privado actualizando los sistemas de vigilancia y almacenamiento de la información. Ese programa incurrió en enormes gastos presupuestarios entre otras decepciones.

La Guerra contra el Terror ha sido un imán del gasto, como la Guerra Fría. El Mando de Operaciones Especiales del ejército, radicado en Tampa, ha tendido un vasto entramado secreto de contratistas que desempeñan esotéricas labores que van de la «cartografía de la población local» a recabar información de Inteligencia en zonas de guerra. Según una estimación, Operaciones Especiales tiene a 1.000 personas sólo para supervisar la adjudicación de sus licencias de alto secreto.

También la CIA se ha inundado de dinero tras el 11 de Septiembre. «Hemos crecido tan rápido que a veces competimos contra nosotros mismos» en la contratación de los servicios de los contratistas, recuerda el General jubilado Michael Hayden, un antiguo jefe de departamento en la CIA. La agencia era testigo de una romería tan fulgurante de su plantilla militar más preparada a puestos mejor pagados al tiempo que los contratistas civiles menos preparados desempeñaban las mismas labores que Hayden inició el programa «civiles por militares» y prohibió a los que dimitieran de la CIA ocupar cargos en los 12 meses siguientes. Pero estas maniobras apenas paliaron el problema.

Los presupuestos del Congreso han jugado también un papel. La mayor parte de la financiación de Irak, Afganistán y la Guerra contra el Terror ha llegado a través de partidas extraordinarias, que hay que renovar anualmente y por eso se consideran inseguras. Las agencias de Inteligencia han optado por integrar este incremento de la capacidad a través de los contratistas «temporales» en lugar de contratar a fijos.

El resultado ha sido una «comunidad» hinchada que aúna hermetismo y burocracia en una ruinosa combinación, descrita por los periodistas Dana Priest y William Arkin. Hace unos años escribí que el problema era tan grave que quizá habría que detonar la estructura existente entera y hacer borrón y cuenta nueva. Puede que sea extremo, pero la consigna de James Clapper, destinado a ser el nuevo Director de Inteligencia, debe ser: menos es más. El reportaje del Post descubre un sistema que no funciona, y en este caso, la competencia más limitada será más agresiva- y también saldrá más barato.

David Ignatius

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