miércoles, noviembre 30, 2022

La aflicción de los ciudadanos

Cuando recuerdo la campaña publicitaria pregonada hasta la saciedad “esto sólo lo arreglamos entre todos”, me pregunto, ¿para qué necesitamos un Gobierno y cientos de asesores?, ¿cuál es la labor de la oposición?, ¿para qué sirven las Cámaras?

Se pide calma a los pequeños empresarios sin crédito, a los jubilados, a los que demandan sustento en un comedor popular, a los que forman fila en las oficinas del Inem (ahora conocido como Servicio Público de Empleo Estatal), a los que cobran un sueldo ínfimo, a los que no tienen nada salvo fe en la caridad de un pueblo como el nuestro, altruista y generoso, que retrocede a épocas de paro e inestabilidad casi olvidadas. El Gobierno se queda in albis y la oposición se afeita el bigote en un Parlamento en el que algo huele muy mal.

Se pide tranquilidad a los desesperados. ¿Tranquilidad? ¡Si la congoja no les permite ni respirar! El poco efectivo del que disponen se les escapa por las descosidas faltriqueras de los pantalones. Si se inclinaran para recoger las monedas y Rodríguez Zapatero tocara la dulzaina y Rajoy bailara una muñeira a su alrededor, no tendrían siquiera fuerzas para erguirse, pues nuestra orquesta de representantes desafina tanto que resulta complicado diferenciar las voces solistas de las del acompañamiento.

Entre anuncios de recortes y datos negativos de crecimiento solicitan, desde sus escaños, sosiego y confianza. A una persona que a duras penas satisface sus necesidades primarias no se le puede pedir calma, a una persona a quien se le niega la posibilidad de ganarse la vida mediante el trabajo, derecho constitucional y humano, no se le debe exigir conformismo. La paciencia ni nutre, ni viste, ni educa, ni sana.

Más de cuatro millones de parados y muchos otros cuyos sueldos resultan insuficientes sobreviven gracias al apoyo familiar, a las organizaciones humanitarias religiosas o no y a la economía sumergida forzada, en parte, por la situación. Ese españolito consigue, con muchísimo esfuerzo, salir adelante y salvar las apariencias mientras el Gobierno se tropieza con cambios de última hora y los diputados palmotean como párvulos en el patio del colegio, felices, porque todavía disponen de un salario.

Mariam Budia

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