miércoles, diciembre 7, 2022

Zapatero, a medio camino

Madrid está lleno de presidentes y primeros ministros americanos. Encuentras sus caravanas de coches por la calle, a ellos mismos en los zaguanes de los hoteles. A lo largo del día de ayer, en la jornada previa a la cena con que se inauguró la Cumbre, el presidente que no recibía un premio lo entregaba, el que no daba una conferencia se la daban, como antaño. Álvaro Uribe, el presidente de Colombia, dijo al recibir el Premio Intereconomía que le llamaba la atención que, en cada reunión internacional a la que asiste últimamente, el primer tema sea el déficit público en vez de la tasa de inversión en cada uno de los países. Y no porque el déficit no le preocupe, que le preocupa, sino porque sin inversión no hay crecimiento, ni creación de empleo, ni progreso ni tampoco los recursos necesarios para luchar contra el déficit y sostener al mismo tiempo la protección social. Se trata, añadió, de conseguir la confianza precisa y el marco político y económico que fomente la inversión y el crecimiento. Rajoy, sentado a su mesa, escuchaba atentamente.

Pasan los días y el anuncio de recorte de gasto hecho por el presidente tiene, en las circunstancias dramáticas de nuestra economía, el peligro de diluirse. Sí, de diluirse. Por un lado, por una inconcreción que lleva a los sindicatos a esperar y a los demás al desconcierto. Lo que los sindicatos esperan no es tanto la elección de la mejor fecha para las movilizaciones y la huelga sino poder corregirlas, con la amenaza de quebrar la “paz social” -que ya tiene bemoles el eufemismo-, según sus intereses. El desconcierto cunde fuera de ellos, incluso en los partidos de la oposición, con los que aún no se ha iniciado una negociación verdadera, seria y urgente, acerca de lo que haya que hacer ya, a corto y a medio plazo.

El presidente, negándose a sí mismo (o a su ensoñación y retórica), logró el miércoles contener la ira de sus socios europeos por los efectos que su parálisis produce en la Unión y en el euro. El elogio logrado no ha ido más allá de la “valentía” -porque ha despertado otras iras- y de asegurar que “va en el buen camino”. Nadie, ni los entusiastas, se ha atrevido a decir que fueran suficientes, y los inversores -ya sea en la actividad productiva o en la deuda pública- siguen mostrándose recelosos. Hacen falta, por tanto, acuerdos sobre la concreción de lo anunciado y sobre las reformas profundas de nuestro sistema económico que generen confianza real y establezcan el escenario del crecimiento. Quedarse a medio camino no servirá para nada. Abandonar los principios generales de una política económica razonable en un paquete en el que los sindicatos parecen querer colocar al mismo tiempo alguna rectificación de lo anunciado y la reforma laboral, un paso atrás. Dejarlo todo pendiente de la inestabilidad parlamentaria del Gobierno con acuerdos parciales y contrapartidas en vez de la negociación de nuestro particular plan de rescate nos llevará a tener que aceptar, tarde o temprano, el ajeno y a una crisis política sin precedentes.

Mientras el presidente sonríe, en el barullo de estos días, a los mandatarios europeos y americanos, convendría que alguien esté trabajando en ello.

Germán Yanke

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