sábado, noviembre 26, 2022

La crisis vence a ZP: el fin de la sonrisa de Julia Roberts

Escribe mi admirado compañero José Antonio Zarzalejos, en nuestro colega El Confidencial, que José Luis Rodríguez Zapatero es el resultado político de una operación comunicacional y mediática desarrollada desde junio del 2001 hasta el presente y de un proyecto socialista evanescente sustentado en una iniciativa –“Nueva Vía” – con unas ramplonas aportaciones ideológicas. Recuerda cómo Juan Campmany, autor del libro El efecto ZP, y que tuvo la genialidad de lanzar la marca de las dos letras que identifica desde entonces al presidente del Gobierno, relata su primer encuentro con él, en junio del 2001: “Cabe decir que la primera imagen que retengo del líder socialista encaja de lleno en el cliché del personaje: lucía una inacabable sonrisa de oreja a oreja, que a mí me recordó de inmediato a la de Julia Roberts”.

Para Zarzalejos, la cuestión consiste en que “esa sonrisa sedujo a cientos de miles de españoles que interiorizaron esa expresión combinándola con la de un joven político que además se proclamaba un optimista antropológico. Después de los años de dureza política de José María Aznar, aparecía como por arte de magia un desconocido diputado socialista por León que desbancaba en el congreso del PSOE nada menos que a José Bono y se hacía con la Secretaría General del partido (…) ZP fue, en consecuencia, un enorme hallazgo mediático”.

Y se pregunta razonablemente Zarzalejos: “¿qué había además de la sonrisa de Julia Roberts en ZP?, ¿qué proposiciones ideológicas, además del mero optimismo, sustentaban su oferta a la sociedad española? Nueva Vía era la reformulación de un socialismo que no tenía fe en Blair y su Nuevo Laborismo y que trataba de ensanchar la democracia sin saber cómo hacerlo, (…) de entender España de manera diferente –de ahí el carácter ‘discutible y discutido’ de la nación española según célebre expresión del presidente–, basado todo ello en una desordenada lectura del republicanismo cívico de Philip Pettit, determinadas ideas del filósofo polaco Zygmunt Bauman y de interesantes proposiciones ideológicas de Salvador Giner”.

Para el penetrante análisis de Zarzalejos, “de todo ello quiso beber el presidente del Gobierno español pero, con una formación abstracta poco idónea y una ausencia casi completa de capacidad para traducir en medidas ese caudal de ideas, (…) Zapatero se quedó en los aspectos más tópicos y superficiales, marginando el sentido profundo de la gestión política”.

La consecuencia a la que llega es que “años después se puede constatar que todo el proyecto de ZP era su propia sonrisa, su propio optimismo, que fue derivando a mueca y a tozudez. Imbuido de no se sabe qué percepciones, (…) emprendió un camino autista convirtiendo a España en una excepción en cuanto a su política exterior respecto de la UE y Estados Unidos, (…) reabrió la memoria histórica de forma incompetente, rebasó la Constitución mediante la reformulación precipitada del sistema estatutario autonómico de nacionalidades y regiones y se lanzó a una insostenible política social de alta tensión de gasto público sin previsión ni advertencia sobre sus consecuencias”. Nada menos.

Zarzalejos prosigue con un desolador análisis de los resultados: “No consiguió la rendición de la banda terrorista ETA tras abordar un arriesgadísimo ‘proceso de paz’. Negó, primero, la existencia de la crisis, luego la reconoció pero no actuó y ahora le ha rebasado no porque la realidad le haya hecho entrar en razón sino porque la Unión Europea (…) le ha desmantelado sus ensoñaciones y le ha propinado un correctivo que se representó el pasado miércoles con patetismo en el Congreso de los Diputados: ZP buscaba a ZP en el púlpito parlamentario y no encontraba ni su eco y, como por ensalmo, la sonrisa de Julia Roberts se heló y el gran hallazgo mediático, el hombre del optimismo antropológico, volvía a representar a la casta política de peor factura en España: la adusta que sigue pidiendo sangre, sudor y lágrimas para remediar su mala cabeza, su olímpica soberbia, su infinita prepotencia, su temeridad, su sideral ignorancia”.

La conclusión tremenda de Zarzalejos es que “desde el miércoles, la sociedad española ya sabe que ZP es como un viejo cacique dieciochesco que hace pagar su despilfarro a sus aparceros más humildes. Lo más parecido a Zapatero que registra nuestra historia es la figura del, primero, deseado y, luego, felón Fernando VII, al que Goya retrató magistralmente con una contraída sonrisa hacia la que degenera la de un ZP que otrora emulaba a la de Julia Roberts. El miércoles, en la Carrera de los Jerónimos, (…) la fiesta, efectivamente, se acabó”. El artículo de Zarzalejos es tan sugerente en lo que describe y tan ajustado en el análisis que obliga a pensar que está en juego nada menos que el bienestar y la convivencia de los españoles si, contra toda lógica, contra cualquier buen sentido, como si los españoles aceptáramos ir colectivamente al empobrecimiento material y moral del país, no se produce y prospera la moción parlamentaria de censura, que es ya un clamor nacional de sentido común, casi de supervivencia del país, al menos en lo que creíamos asegurado de modernidad y calidad de vida, y que realmente ahora sí puede afirmarse que está por lo menos en peligro.

Carlos E. Rodríguez

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