sábado, diciembre 3, 2022

Una candidata, no un enfrentamiento

El anuncio del presidente Obama en el East Room de que había elegido a Elena Kagan para ocupar la vacante del Tribunal Supremo fue perfectamente anodino, y eso es lo que la convierte en una opción tan aventurada.

Hace un año reinaba en la misma estancia una atmósfera festiva mientras Obama comparecía junto a Sonia Sotomayor, la jurista de lengua afilada con una historia personal salida de la pobreza que iba a ser la primera magistrada hispana.

La mañana del lunes, en contraste, había un mar de caras blancas en su mayor parte y pelo cano mientras Obama comparecía junto a una candidata salida no del Bronx sino del Upper West Side. Kagan no es la primera mujer en ser elevada al Alto Tribunal. Ella no es el primer magistrado judío. Ni siquiera es la primera magistrada judía. Es simplemente otra antigua asistente del Supremo y producto de las ocho antiguas (Princeton, Derecho en Harvard, decana de la Facultad de Derecho de Harvard).

Elevar a Kagan, por tanto, exige cierto valor. Obama desafía a aquellos populistas que dicen que debe buscar a alguien más allá de la élite del Eastern neoyorquino con experiencia «en el mundo real». Desafiaba a los grupos de interés progresistas -su propio electorado- que prefieren un izquierdista más ideológico. En lugar de eso, elegía cerebro en lugar de biografía, enviando al Senado no un atractivo relato estadounidense ni un guerrero de izquierdas, sino una persona soberbiamente preparada y no ideológica dedicada a tender puentes.

Kagan vestía de verde -el color de la rama de olivo- mientras hablaba a la audiencia congregada en el East Room de su experiencia cortejando a los conservadores de la Facultad de Harvard. «Tuve el privilegio -decía- de trabajar allí uniendo los esfuerzos de la gente».

Obama fue más explícito. «En un momento en que muchos creían que el claustro de Harvard se había vuelto algo parcial en sus puntos de vista, ella aspiró a reclutar a destacados académicos conservadores y desatar un sano debate en el campus», dijo.

El proceso de elevación de la magistrada plantea un reto a los republicanos del Senado a la hora de ver si saben reconocer o no el gesto conciliador de Obama e ir más allá de la oposición reflexiva. Los grupos de interés conservadores ya han empezado a meter cizaña a propósito de cómo Kagan planea «remodelar la instancia» con «una herencia de izquierdismo».

Son tonterías. Cierto, Kagan viene del ala izquierdista (¿alguien esperaba que Obama elevara a un miembro de la Sociedad Federalista?). Pero desde luego no es el candidato que esperaban los grupos de izquierdas. Aunque los grupos de interés, puramente representativos ya, no tienen más remedio que tragar, los columnistas de las atalayas de la izquierda la han declarado «un enigma ideológico» (Mother Jones) y «una arribista sin principios aparentes» (Salon).

Un activista conservador inteligente, Manuel Miranda, de Third Branch Conference, reconocía a Obama el mérito de decepcionar a la izquierda: «El presidente debe ser elogiado por dar esquinazo a los activistas de extrema izquierda que exigían que eligiera un candidato al Supremo que prometiera resultados a los clientes que financian su activismo. Eligió una candidata perfectamente razonable viniendo de un presidente demócrata».

Sólo en el actual clima político «perfectamente razonable» puede ser motivo de que activistas de ambos bandos se opongan a su nominación.

Aun así, el bagaje intelectual de Kagan debería de garantizarle una confirmación cómoda. Y la ausencia de suspense con el resultado podría haber contribuido a la sensación de normalidad en el East Room el lunes.

Aunque importantes figuras de la Casa Blanca trufaban la estancia con motivo del anuncio de Sotomayor, anduvieron relativamente escasas en el caso de Kagan. El jefe de gabinete Rahm Emanuel se pasó a mitad del discurso de Kagan, ocupó un asiento en la última fila y examinó su BlackBerry.

Obama, tras presentar a su candidata, le plantó un incómodo beso en la mejilla; ella volvió su cabeza luego rápidamente al otro lado, para evitar el temido contacto de los labios. El presidente también se esforzó por poner color a la biografía de Kagan. Observaba que Kagan, que a duras penas llegaba a los hombros de Obama y se subió a un estrado para dirigirse a la audiencia, recibió el sobrenombre de «menuda» por el difunto Thurgood Marshall.

Hace un año, Obama y Sotomayor bromearon hablando de sus queridos New York Yankees. Obama intentó reproducir la conversación de béisbol en esta ocasión, hablando del «aprecio por parte de Kagan de que las diversas opiniones pueden surgir como la aficionada incondicional de los Mets que ocupa un puesto junto a su nueva colega, la aficionada de los Yankees Sotomayor».

Pero la noción de Kagan como hincha deportiva no resultó convincente. Y Kagan, llegado su turno, ni siquiera intentó bromear. Mencionó su respeto al magistrado John Paul Stevens, que se marcha, y cierta «sensación de tristeza» porque sus padres no vivieron para ver este día.

Entre la audiencia, la ayudante de Obama Samantha Power se frotaba una lágrima de su mejilla. Pero el presidente y su convencional candidata no derramaron lágrimas. Cuando Kagan terminó, Obama volvió a felicitarla, en esta ocasión con un apretón de manos.

© 2010, The Washington Post Writers Group

Dana Milbank

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