sábado, diciembre 3, 2022

El bajonazo

El bajonazo de los sueldos de los funcionarios y el recorte del gasto público en otros campos de las políticas sociales cayó como una losa entre una buena parte de sus señorías, que presagiaban un discurso más genérico del presidente, en la línea de su estilo, pese a que los tiempos (Bruselas y el FMI) hacían prever extraordinarias decisiones.  

No ha sido una comparecencia más. La gravedad de las medidas impregnó el gesto del presidente, que no recibió en el Congreso un respaldo hacia una decisión que fuera del hemiciclo sí produjo cierto alivio entre empresarios e inversores.  Ni siquiera CiU, que ejerce la posición centrista entre el PSOE y el PP, ha volcado pasión en el anuncio de Zapatero, al señalar al Gobierno que nada será suficiente si no se impulsa el empleo. Está por ver, además, si pese a la drástica decisión se logra la reducción del déficit a la mitad antes de comenzar el 2012, el año electoral.

Porque en el susto han coincidido algunos diputados socialistas con otros del PP, aun por motivos opuestos. El PP, que ha planteado tiempo atrás la congelación salarial de los funcionarios como una de las medidas posibles para la reducción del gasto público, se ha quedado traspuesto. Montoro ironizaba sobre el perfil “socialista” de las medidas que, según dijo Rajoy,  son el coste de sus errores, “que pagarán pensionistas, funcionarios y futuras madres”, y que no hubieran hecho falta si se hubiera actuado. Otros diputados socialistas lamentaban, tras aplaudir a su líder, no haber sido informados de “ninguna” de las decisiones. Para ellos, sin embargo, la receta vuelve a situarse en el gravamen a los ricos.     

Rajoy ha estado implacable. No ha asumido el coste en popularidad de las difíciles medidas del Gobierno, que ha tachado de improvisadas e injustas. “Es por su culpa (…) y no le vamos a dar un cheque en blanco, de ninguna de las maneras”. Rajoy ha dejado la puerta al diálogo siempre que se aborde un “plan completo” que reduzca las subvenciones a partidos, sindicatos y organizaciones empresariales, además de la supresión de varias carteras, incluida la vicepresidencia Tercera. Dice que extenderá la mano pero pone condiciones.

Zapatero se ha rearmado tras su primer discurso grave y ha achacado a Rajoy que todas las peticiones que siempre le ha hecho -y que ha desechado hasta hoy- no le permita saludar su plan de drástica austeridad.  “Era previsible” (su respuesta), sentenciaba. El Gobierno paga con justicia haber negado a su adversario su propuesta y presentarlo como el verdugo de la política social, cuando tiene que afrontar la reducción drástica del gasto. La oposición podría haber combinado su crítica con muestras de corresponsabilidad hacia aquellas medidas que -hoy sí- parecen irremediables. Al menos nadie duda del ahorro del gasto público. Otra cosa es la recuperación, que está por ver.

Chelo Aparicio

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