sábado, diciembre 3, 2022

Dos poetas mayores

1) Un libro puede hacer, de mano en mano, recorridos sorprendentes y, por cierto, terminar en otras muy distantes de aquellas a las que estuvo destinado. Ésa es la historia de este libro. Comienza en Milán, hace muchos años, conmigo como caminante por vía Bigli hacia casa del poeta italiano Eugenio Montale, quien había recibido el Nobel de literatura de 1975. Era una fría mañana. Me guiaban el entusiasmo y la admiración por su obra, sus deliciosos relatos, sus ensayos, y, en fin, la posibilidad de conocerle.

Di un rodeo en torno al Duomo. Sabía que Montale había vivido siempre en el mismo edificio; al principio, en el departamento 11; una vez casado, en el 15. Sabía, también, que desde 1963 le acompañaba una gobernanta, Gina Tiossi. Y bien, por el intercomunicador, desde la puerta de aquella casa de departamentos, a ella precisamente le expliqué de dónde venía y mis deseos de conversar con el poeta. Cuando me dijo que le preguntaría a Eugenio Montale si deseaba recibirme, pensé que había ganado media batalla.

No tardó en abrirme la puerta. El anciano poeta estaba sentado en un sillón amplio, con almohadones verdes. Tengo una foto a mi izquierda, que observo de reojo, mientras escribo. Ahí está, con su saquito de lana gris, las piernas cubiertas con una manta térmica, junto a una mesita circular con una maceta con flores en el centro, y, junto a ella, los anteojos, un abrecartas, dos paquetes de cigarrillos y fósforos.

Había una atmósfera acogedora en aquel departamento austero, cuyo lujo eran los cuadros de De Chirico, De Pisis y Morandi. Una sobria elegancia dominaba el ambiente; se lo comenté. Le dije que me recordaba el departamento donde vivía Borges en Buenos Aires. Montale me contó que admiraba mucho a Borges, y, orgulloso, me dijo que le había visitado, allí, en su casa.

En su alta ancianidad, Eugenio Montale vivía en una soledad poblada de meditaciones. Hablamos de los libros que leía o releía, de las mujeres que aparecen en su poesía y, al final, me dijo que no escribía más. Luego, Gina Tiossi nos tomó una foto a ambos. El poeta me firmó un libro suyo y, poco después, me marché, feliz, saltando por las calles mojadas.

2) Pasó el tiempo. Habían muerto ya ambos poetas. Tras haber escrito un artículo sobre Borges en el periódico El País de Montevideo (donde vivo) me visitó una dama alta y delgada, llamada Aneliesse Von Lippen. Había sido secretaria de Borges; vivía, en aquellos días, con su esposo, un médico jubilado, en el Uruguay. Hablamos de la librería «La Ciudad», de Buenos Aires, a la que iba Borges y, luego, para mi sorpresa, me entregó el libro que, en aquella lejana visita que Borges había realizado al Nobel italiano, éste le había obsequiado, con una dedicatoria que decía: «A Jorge Luis Borges, con l’ammirazione…» y luego firmaba, fechado en 1976, por lo que era, hasta ese momento, el último laureado.

La señora Anneliesse me dijo algo que yo sabía: que a Borges no le gustaba la poesía de Montale. Por ello, debajo de la dedicatoria de éste, agregó otra, para Aneliesse y la firmó y le regaló el poemario. Ella hizo lo propio, en la página contigua, luego, con la constancia de que, en esta oportunidad, me lo obsequiaba a mí.

Y aquí está, en mi biblioteca. A veces, cuando suelo tomar en las manos este poemario, titulado Diario del 71 e del 72, pienso en su raro destino. Pienso en el culto idolátrico de sus dos firmas. Pienso, que puede ser una clave de dos hombres impares. Pienso, con pudor, que modestamente prefigure un episodio de la contemporánea debilidad y la venidera grandeza de dos poetas mayores.

Rubén Loza Aguerrebere

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