lunes, noviembre 28, 2022

Zapatero enterrador

Mucho de lo que está pasando en España en los últimos años da derecho a pensar, con poco margen para la duda, que el presidente Rodríguez Zapatero está firmemente decidido a dar muerte y entierro al modelo que diseñó las reglas del juego con las que -mal que bien – llevamos conviviendo treinta y cinco años, ese fructífero periodo que hemos dado en llamar «la transición.»

El Gobierno se siente incomodo, cuando no atenazado, por los elementos de control básicos en una democracia, e incapaz de barajarlos se ha propuesto romper con el mazo. Propaganda ideológica frente a gestión, algaradas callejeras contra las instituciones judiciales, manipulación mediática frente a libertad de opinión, policías de camarilla persiguiendo a políticos de una sola parte y ríos de corrupción de los que solo se investiga a los de aguas azules.

Con todo esto, la cosa no pasaría de ser un globo fácil de deshinchar en las urnas si solo estuviera concebido como una táctica electoral de corto recorrido, pero me temo que los ciudadanos somos víctimas de una meditada estrategia que se puso en marcha en los gobiernos socialistas de los ochenta cuando el presidente González se dejó emborrachar por la visión de un régimen que estaba convencido iba a durar más de cien años. Aquella segunda fase de la transición en la que se quiso dar muerte a la división de poderes -a Montesquieu en palabras atribuidas a  Alfonso Guerra-  se vio varada por la corrupción galopante y los crímenes de estado. El régimen quedó fuera de juego durante ocho años, hasta que las manos asesinas del 11-M anunciaron el regreso de los socialistas al poder tres días después.

Fue en aquel 14-M, o quizá un día antes, cuando los escribas palaciegos iniciaron la redacción de los primeros argumentarios para dinamitar las columnas básicas de la transición  ya debilitadas en sus cimientos. Mientras el nuevo Gobierno de las viejas ideas  dictaba leyes para resucitar la confrontación civil, adornándolas con un traje de memoria y justicia histórica que llevaba hecho a medida veinticinco años, en las agrupaciones socialistas de base se empezaba a no dar por buena una transición a la medida de la derecha que no podía servir a la causa de los mártires que del estalinismo, a fuerza de memoria, supieron hacer el tránsito a la socialdemocracia formal. En el espíritu de la transición no cabe la venganza y sin venganza es muy difícil agitar la movilización y los instintos básicos para conseguir la ocupación permanente del poder.

El argumentario es tan básico como antiguo y ruin: «soga a los fascistas, los curas y el capital «. Fascista: » todo aquel que no se alinea con nosotros, sin rechistar «. Curas: » traficantes de doctrina católica. El resto a revisar «. Capital : » vampiro que vive del pueblo oprimido, salvo el que nos financia y se pone a nuestro servicio «. Todo parece tan básico que deja la sensación de folletín barato o de panfleto digno de los hermanos Castro, pero sus resultados son más perniciosos y profundos. Se trata de dividir a una sociedad que como la española es un criadero de apologetas dispuestos a  trazar la línea que separa buenos y malos, tuyos y míos, amigos y enemigos, sin hacer oposiciones ni concursos.

No se quiera leer en este artículo una encendida defensa de la transición de los setenta. Prefiero dejarla en la historia, preservando todo lo que de bueno tiene y mirar hacia delante. Pero tampoco debemos estar dispuestos a asumir, sin denunciarlo, un revisionismo falaz y torticero que quiere ser utilizado para encubrir la peor situación económica de nuestra historia reciente y el momento más crítico de nuestras instituciones democráticas.

¿Y quién ha de defendernos de tanto desatino? Creo que la sociedad civil tiene fuerza y mecanismos suficientes para hacerlo, pero también existe la oposición política y parlamentaria. De ella se espera una replica al poder acorde con la gravedad que la acción de gobierno desprende. La personalidad de Mariano Rajoy ya es lo suficientemente pausada, moderada y tranquila para no ser compensada con una estrategia política de mayor ardor guerrero. No se detienen los rayos de una tormenta huracanada silbando al viento, no se para a un elefante con una vara de avellano ni se acaba con un cordón sanitario con un insecticida contra mosquitos. No se ganan los partidos sin bajar del autobús.

Rajoy es un hombre cabal que se ha rodeado de un equipo mezcla de juventud y veteranía con síntomas de tener una defensa más frágil que la e mi Atleti y una delantera que solo brilla en días alternos. Si la democracia se basa en la alternancia, la única posibilidad de hacerla real está en las urnas del Partido Popular. Mariano Rajoy debe hacerse acreedor de ella.

Paco García de Diego

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