lunes, diciembre 5, 2022

En el foso profundo de la crisis

A estas alturas del periodo de sesiones, la pregunta esencial sigue sin respuesta: ¿puede el Gobierno citar un caso, uno solo, en la historia económica de los últimos cien años del mundo libre, en el que la subida de impuestos haya producido una mejora de la economía? No puede, naturalmente, porque no existe. La aprobada subida del IVA es, pues, un dislate sin paliativos, una atrocidad que más temprano que tarde pasará factura al Gobierno y cabe pensar que también a los partidos que, fuera del Gobierno y quizá por falta de estudio sosegado y serio del asunto, han hecho posible con sus votos la aprobación de dicha subida. Esta vez no han estado precisamente finos los representantes de PNV y CC, aunque habrá que esperar a conocer sus explicaciones para justificar tan insólito respaldo a un despropósito peor que grave.

Este último jueves, presentado nada menos que por Rodrigo Rato en el más importante foro de debate de Madrid, el Foro Nueva Economía, y ante una muy nutrida asistencia de políticos de todos los colores y empresarios de todas las dimensiones, el portavoz de CiU en el Congreso de los Diputados, Josep Antoni Duran i Lleida, reconocido por todos como el mejor parlamentario del actual Congreso, emplazó al Gobierno a que compense la subida del IVA con una rebaja de las cotizaciones sociales, tras asegurar algo tan cierto como que es un «error» aplicar la subida prevista por el Gobierno sin esperar a que haya un crecimiento económico.

El democristiano Duran i Lleida calificó asimismo de escandaloso que el Gobierno diga ahora que fue una equivocación suprimir el Impuesto sobre el Patrimonio. Y no se anduvo con mesuras en la calificación del disparate: «Eso es regresar a la Edad Media en términos fiscales (…) declaraciones como ésas dan una imagen negativa de la seriedad, validez y confianza de España ante los mercados», y además hacen que el país pierda «credibilidad internacional», de la que no está «precisamente sobrada», para añadir que «de tanto socializar, hemos socializado la mediocridad (…) de tanto socializar, somos cada vez más dependientes del Estado que de la familia; de tanto socializar estamos perdiendo el afán de hacer empresa (…) esperamos que todo nos lo solucione el Estado: la enfermedad, la vejez, el paro, la enseñanza».

Y no se anduvo precisamente con rodeos para describir las raíces del desastre: «Equivocadamente se ha transmitido a los jóvenes que ‘papá Estado lo soluciona todo’, cuando eso ya no va a ser así debido a la crisis, que abre tiempos nuevos y nuevas realidades (…) el 40% de jóvenes sin empleo y el incremento de la pobreza son consecuencias sociales ya muy visibles de esta crisis económica (…) por eso hay que seguir persiguiendo el pacto y el consenso para salir de la crisis». De manera que, en la solvente opinión de Durán i Lleida, «la reforma laboral, la racionalización de horarios, mejorar la competitividad, empezando por la de la Administración, y la reforma del sistema financiero son algunos de los aspectos que deben estudiarse».

El «todo Madrid» político, financiero y empresarial aplaudió con ganas el discurso de Josep Antoni Duran i Lleida, admirable político que a su extraordinaria formación y estudio siempre preciso y muy a fondo de los temas une dotes de gran claridad expositiva y didáctica. Le presentaba además, en esta tribuna del Foro de Nueva Economía, nada menos que su buen amigo Rodrigo Rato, el ex ministro de Economía que supo impulsar y conducir a partir de 1996 los mejores años de crecimiento económico saneado e intenso de España desde el inicio de la transición, truncados luego, a partir del 2004, por el sorprendente éxito que tuvo, en lo que hace a las consecuencias, la terrible matanza islámica perpetrada en la estación madrileña de Atocha y zonas aledañas.

Lo cierto es que, mientras tanto, como en la advertencia clásica, «la realidad que se ignora acaba por tomarse venganza». Y esta semana, con la economía española decididamente instalada por la incapacidad del Gobierno al borde del abismo, las peores noticias empiezan a llegar a los ciudadanos. Es verdad que desde la Moncloa ya se había insinuado la posibilidad de incrementar los impuestos especiales, es decir, los de hidrocarburos, tabaco y alcohol, y que incluso se llegó a estudiar su inclusión en la pintorescamente denominada «Ley de Economía sostenible». Ahora se habla ya de una revisión del denominado «copago farmacéutico». Los medicamentos han experimentado una fuerte subida en el 2009, incluso en algunos casos del orden del 10%, cuando todos los productos y servicios han bajado como consecuencia de la crisis de consumo. Pero es que las medicinas no entienden de circunstancias. Son un producto básico, de primera necesidad, y los datos que maneja Sanidad hacen hincapié en el incremento de enfermos crónicos que necesitan medicarse por cuestión de supervivencia.

Como es sabido, actualmente el Estado se hace cargo del 60% del precio de un elevado número de medicamentos que se adquieren en las oficinas de farmacia con las recetas médicas expedidas por el servicio de salud correspondiente, asumiendo el usuario sólo el 40% restante. Para jubilados y pensionistas los medicamentos son gratuitos, así como para los afectados por accidentes laborales y serias enfermedades profesionales. Pues bien, ahora el Gobierno pretende cambiar esta estructura de financiación para ahorrar dinero. Por una parte, se limitará la lista de medicamentos «subvencionados» y, por otra, subirá el porcentaje que paga el usuario. Y otra reforma que va a llevar a cabo el Gobierno, la de las incapacidades laborales, parece ya en fase muy adelantada por parte del Ministerio de Trabajo, con el pretexto de «evitar el fraude».

Más inquietudes. Respecto de los hidrocarburos, se recuerda que, en España, de cada euro que se paga por la gasolina el fisco se lleva sólo 55 céntimos, frente a la media europea, que se establece en 64. Lo cierto es que tabaco y alcohol son, expresa y oficialmente, dos productos perjudiciales para la salud. Falta por saber si la subida de impuestos afectará al vino, cuestión nada menor si se tiene en cuenta que el sector vitivinícola español es el más importante del mundo. Otro gran problema que generaría la subida de los impuestos sobre carburantes es el efecto que sobre la inflación tendría tal medida teniendo en cuenta que el 80% del transporte de mercancías en España se hace por carretera. La subida de gasolinas y gasóleos acabaría por repercutir en el consumidor. La subida del IVA ha supuesto ya una protesta generalizada por su repercusión en el consumo, de manera que parece lógico pensar que una subida de los carburantes acabaría por excitar aún más los ánimos que ya están calientes, cuestión que inquieta en la sede socialista de Ferraz porque, sobrepasado el ecuador de la legislatura, hay que empezar a pensar en las elecciones, que no pueden retrasarse más allá del 2012. Por mucho que la opinión pública desee visiblemente elecciones ya, cuanto antes, es lógico pensar que el Gobierno intentará ganar tiempo hasta la fecha obligada del 2012 y no parece que la oposición sea capaz de forzar el adelanto, impensable sin una derrota parlamentaria del Gobierno al menos en una votación importante. Esperar a que se produzca un eventual rechazo de los Presupuestos es fiarlo para largo y no pasaría de ser una recurrente muestra de voluntarismo estéril.

Por si todo lo anterior fuera poco, la Comisión Europea advirtió esta semana a España de posibles sanciones por no aplicar correctamente la norma comunitaria contra el blanqueo de capitales. La advertencia adopta la forma de una carta de emplazamiento, primera fase de un procedimiento de infracción. La directiva en cuestión se aplica tanto al sector financiero como a abogados, notarios -quizá los únicos que se han puesto en línea con las exigencias europeas y han asumido para ello importantes costes de modernización informática de las oficinas notariales-, contables, corredores de la propiedad inmobiliaria, registradores, etc. Estos profesionales quedan obligados a identificar y comprobar la identidad de su cliente y del beneficiario efectivo, y a efectuar un seguimiento de su relación económica con el cliente; a notificar toda sospecha de blanqueo de capitales o financiación del terrorismo a las autoridades públicas y adoptar medidas de apoyo, como garantizar una formación adecuada del personal y el establecimiento de políticas y procedimientos preventivos internos apropiados. Que se sepa, por ahora, en nuestro país sólo los notarios, a través de su Consejo General del Notariado, han aplicado esas medidas y asumido los importantes costes de las mismas.

El caso es que el presidente Rodríguez Zapatero se ha encadenado visiblemente al sillón presidencial y que el partido mayoritario de la oposición, dividido y enzarzado en sus estériles disputas internas y con raros flecos de influencia socialdemócrata nada menos que en las cruciales y estratégicas áreas de economía y comunicación, es notoriamente incapaz de animar, impulsar y conciliar una estrategia parlamentaria conjunta de las fuerzas políticas de la opinión. No queda espacio alguno para esperanzas de concreción de una alternativa a corto plazo, como sería deseable y la sociedad española espera, y ya se sabe aquello de que, en política, decir mañana es hablar casi de una eternidad. Al final del final, estamos bajo el diluvio peor que ayer, pero hay que temer que bastante mejor que mañana, sin que el país, esto es, los ciudadanos, reciban otro consuelo que la vieja y fatalista recomendación: «¡Llueve, ya escampará».

Alguien debiera romper este inverosímil silencio de los corderos. Lo ha hecho, es verdad y como tantas veces, ese gran político catalán, Duran i Lleida, que todos reconocen como nuestro mejor parlamentario actual. Pero hay un partido que tiene casi tantos escaños como el PSOE de Rodríguez Zapatero, y que incluso ya aparece varios puntos por delante en las encuestas, incluso las oficiales del CIS. Mariano Rajoy debe ser consciente de que su crédito político, que es ahora mismo muy importante de norte a sur, de este a oeste del país, tiene los tiempos contados y ha empezado la inexorable cuenta atrás. Ahora o nunca, así están las cosas.

Carlos E. Rodríguez

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