lunes, diciembre 5, 2022

Que hablen las urnas, hoy mejor que mañana

Del debate del miércoles, como es natural que suceda, cada cual escribe según el color del cristal con que mira o habla de la feria según le va en ella, que viene a ser lo mismo en la rica variedad del refranero, pero quedan al menos algunas concurrencias de criterios que pueden tenerse por significativas. Por ejemplo, es muy mayoritario el criterio de que el portavoz de la minoría catalana, el democristiano Duran i Lleida, ha dado muestras, una vez más, de moderación, criterio, buen sentido y razonamiento comprensible que ya quisiéramos ver los ciudadanos en los líderes de los grandes partidos nacionales.

También predomina, en esta ocasión, un juicio más favorable de lo habitual sobre el líder de la oposición, Mariano Rajoy, pero limitada esa ventaja por la repetida sensación de «amagar y no dar» o dejar los argumentos a medio camino que tanto irrita a las crecientes mayorías, asustadas por la inocultable gravedad de la situación económica, y disgustadas, por decirlo con palabra suave, con el siempre evasivo y perdido en la anécdota, muy lejos de la categoría, jefe del Gobierno. Así que, una vez más, tiene la ciudadanía la sensación de otra ocasión perdida, mientras la crisis económica profundiza y el horizonte es cada vez más pavoroso y cercano.

Se da estos días la sin duda atroz paradoja de que es más interesante el debate en la calle que dentro del hemiciclo donde se residencia la soberanía popular, más claro e incluso en no pocas ocasiones más riguroso entre los ciudadanos de a pie que entre sus representantes. La rara teoría de una especie de «pacto de Estado» ha enrarecido y enlodado aún más el debate. Después de escuchar a unos y otros pronunciarse y digamos argumentar en el escenario donde cabe pensar que todos se esfuerzan por dar lo mejor de ellos mismos, esto es, en el Congreso, es natural que el pesimismo se extienda abrumadoramente y que cada vez más españoles se pregunten en qué manos estamos y qué habremos hecho para merecer esto.

Si el Gobierno es manifiestamente incapaz de dar respuesta coherente y al menos un poco, un poquito, eficaz a la crisis, ¿para qué podría servir un «pacto de Estado», excepto para enredar y confundir aún más la situación? ¿No sería lo natural, lo lógico y desde luego lo más democrático convocar a la ciudadanía a elecciones generales inmediatas? Es lo que dice el sentido común, que en este país lleva camino de volver a ser el menos común de los sentidos. ¿Por qué la estéril prolongación de esta agonía hasta el 2012? ¿Qué llegará de la economía española a esa fecha? ¿Cuánto se habrá deteriorado y enrarecido la situación y qué niveles de crispación social y política se habrán alcanzado para entonces?

¿Tan duro e insoportable es para nuestros políticos lo que debiera ser natural, esto es, afrontar y aceptar el juicio y el veredicto de la ciudadanía? Que a estas horas, patente la incapacidad del Gobierno lo mismo para afrontar la crisis económica que para buscar y pactar soluciones con los restantes partidos políticos y con las fuerzas sociales, no se haya pronunciado la palabra «dimisión» es tanto un signo de la escasa pulsión democrática de quienes legítimamente gobiernan, como de la falta de vigor cívico de quienes, con igual legitimidad, ejercen la función opositora y vendrían obligados a dar voz y cauce al descontento ciudadano.

Porque ésa y no otra es la salida razonable, o la manera razonable de afrontar, con dignidad y coraje, la terrible situación de la economía española, que podría llevarse por delante no pocos de los grandes logros de muchas décadas de esfuerzo compartido. Lo razonable sería que el Gobierno, demostrada ya en exceso su carencia de respuestas y soluciones a la crisis, diera la voz a la ciudadanía como democráticamente ésta se expresa, esto es, mediante la convocatoria de elecciones generales inmediatas, de forma que los distintos líderes y las diferentes fuerzas políticas pudieran ofrecer, cada una de ellas, sus propias soluciones para que los ciudadanos escojan, en las urnas, las más verosímiles o con mejor aspecto de poder ser aplicadas y obtener resultados positivos. ¿Tan difícil es esto? ¿Tan apegados se encuentran a sus poltronas Rodríguez Zapatero y la rara «corte de los milagros» de la Moncloa, que no pueden pensar un poquito en sus conciudadanos y en la agobiante situación que viven empresarios y trabajadores, mientras la economía española se hunde en el vergonzoso abismo de ser ya el «enfermo de Europa»?

Aún sería tiempo. Convocadas elecciones generales, cada fuerza política estaría en condiciones de presentar su diagnóstico de situación y ofrecer su modelo de soluciones, para que los ciudadanos, debidamente informados, pudieran elegir con libertad y conocimiento en el altar democrático de las urnas. De lo contrario, mantener esta artificial prolongación de una agonía sin sentido y sin programa sólo puede conducir a resucitar y enconar los males que tradicionalmente envenenaron nuestra convivencia. Si el jefe del Gobierno y los líderes de las minorías levantasen la vista un poco más allá de sus cortos intereses y conveniencias inmediatas, estarían en condiciones de poner fin a este vía crucis de pesadilla, sencillamente con dar a los ciudadanos lo que es suyo, esto es, la voz y el voto, razones supremas de la democracia. Pero visto el presunto debate del miércoles es difícil hacerse ilusiones. La realidad nos pasará factura a todos más temprano que tarde.

Carlos E. Rodríguez

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