martes, febrero 7, 2023

El verdadero pelaje de los demócratas

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El resultado final del debate de la reforma sanitaria es incierto -¿quién puede predecir un desenlace tan polémico?- pero ya hemos descubierto algunas cosas.

En primer lugar, sabemos que el presidente Obama y los líderes demócratas del Congreso no pudieron convencer de la conveniencia de su plan a una mayoría de estadounidenses, y que han dejado de intentarlo casi por completo.

A fecha de este escrito, un presidente que parece dispuesto a interrumpir la programación en horario de máxima audiencia con el pretexto más liviano no ha fijado el momento del discurso desde el Despacho Oval con el que hacer su llamamiento final a la reforma sanitaria. La presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, está trabajando a marchas parlamentarias forzadas para lograr el equivalente legislativo a la Inmaculada Concepción -una ley aprobada sin trámite de aprobación-. Da la impresión de que los demócratas preferirían que la reforma sanitaria se sometiera a la Cámara por la puerta de atrás la noche de un viernes durante el partido de baloncesto de la NCAA, cosa que podría pasar.

La prioridad nacional demócrata más destacada de los 40 últimos años debe ser aprobada a traición, por temor a que demasiados estadounidenses caigan en la cuenta. Unos políticos que aspiran al ideario de unos santos han adoptado tácticas propias de delincuentes.

La victoria, si llega, no tendrá tanto de desfile como de robo.

Los izquierdistas tienden a achacar esta situación a la brillantez del alarmismo republicano. ¿Se refiere al ingenio apabullante de Sarah Palin? ¿Al carisma irresistible de Mitch McConnell? La explicación más probable: los estadounidenses están inmersos en un debate nacional riguroso en torno al papel y el tamaño del Gobierno, en el que los defensores de la sanidad pública son significativamente superados en número y ampliamente desbordados en entusiasmo. Estados Unidos, a pesar del alarmismo de la izquierda, no se ha convertido en «Glenn Beckistan». Pero todavía no es Europa.

Una segunda cosa que hemos descubierto durante el debate de la sanidad es que el compromiso del Partido Demócrata con el derecho al aborto es aún más capital para su identidad que la reforma sanitaria.

La concesión inicial de Pelosi al representante demócrata antiabortista Bart Stupak -impidiendo que las pólizas de salud subsidiadas con fondos federales incluyan el aborto- estaba preparada. El anteproyecto aprobado por el Senado permite que los planes financiados con dinero público incluyan el aborto a través de la recaudación de un extra por cada afiliada, siempre que al menos una de las demás opciones de protección en una región no cubran el aborto. Esto es una salida del estatu quo, que no sólo prohíbe el uso de fondos federales para financiar interrupciones del embarazo sino que también prohíbe el uso de fondos federales para financiar seguros que cubren abortos de esa clase. Stupak dice: «Estoy realmente seguro de que la dirección demócrata simplemente es reacia a cambiar su postura. Su posición dice que las mujeres, especialmente aquellas sin recursos, deben tener sus abortos incluidos».

Pero esta postura adoptada por la dirección demócrata viola el acuerdo social informal implantado desde hace décadas en el cual el aborto es legal en general pero los ciudadanos contrarios a la práctica no están obligados a sufragarla. Aquellos que son partidarios del anteproyecto del Senado están tomando parte en la mayor ampliación del papel federal en el aborto desde que la Enmienda Hyde limitara ese papel en 1976.

En tercer lugar hemos descubierto que el presidente y los líderes del Congreso no son serios cuando hablan de la reforma del Estado del bienestar. El problema aquí no son sólo los trucos contables y las suposiciones de optimismo sin precedentes en favor de los Congresos que vendrán en lo que respecta a los recortes de Medicare, aunque esto ya es malo de por sí. La principal fuente de irresponsabilidad es que las medidas de impulso a la recaudación contenidas en el anteproyecto de reforma -los recortes de Medicare y la gravación de los planes de salud de lujo en particular- se utilizan para dar lugar a nuevas prestaciones en lugar de sufragar las ya existentes.

El mayor coste que reviste la presente reforma sanitaria es el de oportunidad.

Las obligaciones sin financiación del Estado actual del bienestar de Estados Unidos superan los 100 billones de dólares.

Medicare exigirá con el tiempo una inyección masiva de capital dentro de una revisión de las prestaciones en el Congreso. Tanto la Oficina Presupuestaria del Congreso como el actuario de Medicare han defendido la idea de que los ahorros de Medicare se pueden utilizar para financiar futuras prestaciones dentro de Medicare o para financiar nuevos gastos fuera de Medicare, las dos cosas no. Cuando estalle la crisis de la prestación, Obama ya habrá consumido gran parte de los recursos necesarios para satisfacerla, dejando la opción de promulgar nuevos impuestos peligrosos para el crecimiento como única opción restante. ¿Quién se apunta al impuesto del valor añadido?

Para algunos demócratas electos, la perspectiva de ampliar la cobertura sanitaria es un objetivo moral digno del sacrificio de cualquier principio y la adopción de cualquier método necesario. Pero tienen que depositar su voto con los ojos abiertos. La aprobación de esta legislación confirmará de manera decisiva la imagen del Partido Demócrata que tantos se habían esforzado por cambiar: favorable al control público, favorable al aborto sin condiciones y fiscalmente irresponsable.

© 2010, The Washington Post Writers Group

Michael Gerson

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