jueves, diciembre 8, 2022

Recuerdos después de marzo

La memoria guarda con cuidado el recuerdo de lo vivido. Almacena impresiones, imágenes, sensaciones, sonidos. Lo que más nos cuesta retener, por ejemplo, son los olores o la sensación del tacto. Los que más se repiten en nuestra vida, acuden con mayor facilidad. Lo que nos provocan un impacto mayor, también. Pero, con el tiempo, imágenes, sonidos o sensaciones terminan por perderse. En realidad, termina por perderse todo. Sólo resisten los sentimientos más poderosos. Resiste el dolor; resiste la tristeza. Del amor recordamos haber amado, pero no lo emoción del amor.

Se cumplen seis años. Y nuestros recuerdos comienzan a difuminarse. La verdad es que hay un momento en el que comenzamos a recordar a partir de nuestros primeros recuerdos. O lo que es lo mismo, no vemos imágenes en directo sino grabaciones que nuestra retina conserva y que, como ocurre siempre con el material almacenado en un contenedor inestable, se distorsionan y desdibujan.

Del once de marzo recuerdo el miedo, el dolor y la tristeza. No conservo el olor del fuego, del material ardiendo. El olor de la destrucción y la desgracia. Se ha perdido en algún lugar remoto de la memoria, en un lugar inaccesible que por más que busco no soy capaz de encontrar. Recuerdo el miedo, sí. Los rostros atemorizados y sangrientos. Recuerdo el dolor, los cuerpos retorcidos y angustiados. Recuerdo la tristeza, la gente llorando. Recuerdo el amor de la solidaridad.

Del once de marzo recuerdo la terrible amargura de la derrota. Aquel día perdimos. Los cuerpos derrotados, los ojos derrotados, los gestos derrotados, la vida derrotada. Sí, aquel día perdimos. Del once de marzo no recuerdo mucho más. Recuerdo las horas siguientes, en realidad los días siguientes, porque el once de marzo terminó, tras las diez explosiones, a las siete y cuarenta minutos de la mañana. A partir de ese momento comenzaron a pasar los días. Días largos e interminables que siempre acababan el mismo once de marzo. Eso también lo recuerdo. El tiempo estático, detenido. Recuerdo la tristeza, sí. La pena. Una enorme pena al ver todo derrotado, al vernos todos derrotados, incapaces de comprender tanto dolor, tanto sufrimiento. Recuerdo la inocencia derrotada.

Y recuerdo el tiempo detenido en esos recuerdos. Lo recuerdo, sí. Y mi me memoria me muestra cada once de marzo el rostro triste, ausente, incapaz de comprender, de las víctimas asesinadas. Imágenes que nunca he visto de vidas felices destruidas para siempre y que no puedo dejar de recordar porque están impresas, como la metralla en los cuerpos desgarrados, en mi corazón que es incapaz, absolutamente incapaz, de olvidar.

Sin necesidad de recordármelo cada año, lucho contra el olvido del tiempo y el olvido de los demás. Recuerdo, sí. Lo hago cada once de marzo todos los días del año. Recuerdo, sí.

Rafael García Rico

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