viernes, diciembre 9, 2022

Un año después, más libertad y menos miedo en el País Vasco

Doce meses después de las elecciones que brindaron el cambio histórico en el País Vasco, no es exagerado afirmar que la cita abrió la puerta al más importante pacto de Estado de la legislatura: la alianza de PP y PSOE en Euskadi.

Y digo bien: pacto de Estado. Lo que sellaron en su día Patxi López y Antonio Basagoiti trasciende las fronteras de una comunidad autónoma. Supone -está suponiendo- el paso más firme jamás dado en España contra la barbarie de ETA, contra la sinrazón de quienes la apoyan y contra el paroxismo moral impuesto durante tres décadas por el particular PRI del rancho vasco.

Como todo pacto de Estado, se justifica no sólo por aquello que combate sino, sobre todo, por cuanto de loable propicia: más libertad, menos miedo, más democracia, menos totalitarismo, más memoria para las víctimas y menos sitio para los asesinos y su kale «borrica».

El balance es francamente positivo. Patxi López y Antonio Basagoiti están mostrando la altura política que la situación requiere. Para hacer realidad un pacto de Estado se necesitan líderes responsables, y tanto López como Basagoiti han mostrado hasta ahora una talla política y moral de la que a menudo carecen Zapatero y Rajoy para entenderse en Madrid.

La fórmula del éxito radica, en este caso, en un delicado juego de equilibrios, en una muy peculiar conjunción que, con quirúrgica precisión, permite avanzar en un escenario lleno de minas. No era fácil, no está siendo fácil y no lo será. Se trata de nadar y guardar la ropa. Si Patxi López sucumbiese más de la cuenta ante la opinión pública a las pretensiones del Partido Popular, pronto se le reprocharía desde el nacionalismo txapelo, hasta hace poco omnipotente, que ha olvidado la indiscutible identidad del pueblo vasco, el hecho diferencial, los derechos históricos y la lengua de RH negativo.

Pero si, por el contrario, se desmarcara demasiado del PP, el lehendakari correría el riesgo de perder su indispensable apoyo y el proyecto de la ilusión que juntos hoy abanderan podría naufragar. Consiste en activar, de forma cuidadosa, una genuina equidistancia, un ni-contigo-ni-sin-ti arropado de sentido común, capaz de sumar a todos en el barco sin que nadie quiera lanzarse al agua porque abordo viaje el Partido Popular.

Además de habilidad, Patxi López tiene la suerte de contar al otro lado del binomio con Antonio Basagoiti, un dignísimo sucesor de María San Gil que está sabiendo ocupar su lugar con prudencia y sin desmedido afán de protagonismo. Los populares vascos, y muy especialmente su líder, son muy conscientes de este complejo juego de equilibrios. Desde que en el 2001 fracasara el pacto tácito de Redondo Terreros y Mayor Oreja, socialistas y populares vascos saben que están ante una oportunidad única, y no quieren que una coyuntural disensión abra una crisis de Gobierno que ponga en jaque al primer Ejecutivo no nacionalista del País Vasco.

Al margen del indudable rearme moral que en la sociedad vasca ha brindado la alianza PP-PSE, sus frutos más maduros se están recogiendo estos meses en la lucha contra ETA. Tras una legislatura, la primera de Zapatero, marcada por el proceso de negociación con la banda terrorista y caracterizada por el distanciamiento entre Génova y la Moncloa, los dos primeros partidos de España combaten ahora de la mano el terrorismo de ETA. El giro en la relación con el PP vasco, la renovación impulsada por Rodolfo Ares en el Departamento de Interior -del que depende la Ertzaintza- para desmantelar la estructura de poder impuesta por el PNV y la sintonía entre Ares en Vitoria y Rubalcaba en Madrid son circunstancias que ponen contra las cuerdas a los bárbaros del hacha y la serpiente. Nunca antes la Ertzaintza puso tanto esfuerzo en la detención de etarras. El día de su investidura, Patxi López dijo que sería «el lehendakari que estará día a día frente a ETA», y lo está siendo.

Acaban de cumplirse diez años del asesinato del socialista Fernando Buesa y quince del del popular Gregorio Ordóñez. Su recuerdo y sus palabras representan, sin duda, la mejor comunión de un Gobierno que, como defendía Buesa, «construya la paz exigiendo la renuncia a la violencia, la paz con generosidad pero sin precio político».

Antes de morir, hace ya muchos años, Ordóñez dejó para la posteridad el discurso que mejor habría retratado el espíritu de la alianza que hoy sostiene al Gobierno vasco. Gregorio gritaba: «Vamos a poder por fin ser vascos, queriendo al País Vasco, volcándonos con el País Vasco, pero para unir, para sumar, no para dividir. El País Vasco es de todos… de aquellos que viven, trabajan y luchan por esta tierra. Me importa un bledo los apellidos, el lugar de origen, el RH negativo… ¡Ya está bien!».

Sus palabras retumban ahora en el pecho con solemnidad premonitoria. Con la firmeza de la razón. Con la emoción del alma limpia.

Armando Huerta

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