martes, febrero 7, 2023

Discusiones que acercan

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No fue un intercambio de reproches más, o no sólo. El debate de la comparecencia del presidente ante el Pleno del Congreso alcanzó momentos luminosos en la profunda discusión política que dejó a salvo las formas. Un inusual Zapatero que asumió su responsabilidad en la crisis llegó a mostrarse en ocasiones humilde en los argumentos para alcanzar un gran pacto de Estado con el apoyo del PP. «Le propongo hacer juntos la tarea de reducir el déficit»; «un gran mínimo común denominador», le decía a Rajoy en una oferta confusa entre el convencimiento y la necesidad. La negativa del líder del PP a corresponsalizars en la gestión del Gobierno no estuvo cerrada a otros pactos, consciente de que, como candidato, no podía limitarse a la mera oposición. Pidió al Grupo Parlamentario del PSOE la reconsideración de su apoyo al presidente -un brindis al sol-, y exigió a Zapatero una rectificación como la de la política antiterrorista, para aceptar su petición. Salvo en el ofrecimiento, fue una de las mejores sesiones de Rajoy.

El jefe de la oposición restó solemnidad al gran pacto de Estado exaltado por el Gobierno, quizá temiendo el abrazo del oso ante su perspectiva de alcanzar la Moncloa. Desconfiado, le recordó a Zapatero que a él le tocaba gobernar y que al menos en seis ocasiones, y en la misma Cámara, le había ofrecido sin éxito otros tantos acuerdos para combatir la crisis. Para apoyar sus medidas le reiteró sus condiciones, pero le pidió «ideas claras» para que, como en la crisis financiera, las apoyara «sin pactos ni comisiones». No quiso darle una tabla de salvación.

Zapatero tuvo un solo momento de irritación al retar a su oponente a la presentación de una moción de censura, aunque recuperó después un moderado tono. Por momentos pareció rogar: «El Gobierno no pone condiciones, usted, sí». Zapatero admitió la legitimidad de la crítica, pero advirtió de sus efectos destructivos en el ámbito internacional. Dijo estar dispuesto a asumir toda la responsabilidad sobre la tasa de paro. E insistió en el consenso: «Le propongo un diálogo serio. He venido a acercar posturas, no a subrayar las diferencias». No fue su discurso habitual.

Porque sí había habido una tanda de reproches. Rajoy resultó implacable en el ataque al Gobierno. «Vivió usted en la autocomplacencia y así pasa lo que pasa». Le recordó al presidente el incremento del medio millón de parados en seis meses, el gasto público en un 70 por ciento más de lo que el Estado ingresa, el déficit y el aumento de la deuda en dos años. «A veces pienso, señoría, que no estamos hablando del mismo país».

Zapatero no se salvó de otras críticas. Algunas, más suaves, como las de Durán i Lleida, adalid del gran pacto contra la crisis, otras, más agudas como las de Erkoreka, que exhibió su preocupación porque España no se convierta en una «Grecia II»; o como Joan Ridao (ERC), que achacó al Gobierno un «negacionismo absurdo» de la crisis. Rosa Díez puso el dedo en la llaga al apuntar a las grandes reformas pendientes del país, como la de que el Gobierno de la nación recupere instrumentos para garantizar la cohesión. Salvo la fuerte andanada de Alonso contra la bancada popular -«son ustedes la derecha más ultraliberal, la causante de esta crisis», les dijo-, el Congreso fue una tranquila balsa pese a la tempestad de la crisis.

A Zapatero, que el 30 de diciembre pasado alegó «profundas diferencias ideológicas» para no impulsar unos Pactos de la Moncloa, le correspondió ser solícito, a pesar de que vislumbra una pronta recuperación. Si fuera así, aún ante las inminentes reformas, sería menos necesario el consenso, o la corresponsabilidad.

Chelo Aparicio

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