lunes, diciembre 5, 2022

NECESIDAD

Las dos de la madrugada: los ejecutivos de la convención de jugueteros debían de estar a punto de llegar… Tenían que llegar porque Raquel, más conocida entre sus clientes y sus compañeras como Jessica, no había trabajado en todo el día… y necesitaba dinero. Su hijo, José María, se había puesto enfermo y su madre, la abuela, le había pedido dinero para comprar medicinas. Ya habían pasado dos horas y media desde que Raquel había colgado el teléfono y todavía no había entrado un solo cliente. Necesitaba dinero y no tenía otro modo de conseguirlo. Por eso esperaba que llegasen los de la convención cuanto antes.

Raquel estaba sentada al final de la barra, como solía hacer todas las noches, resolviendo un crucigrama. Raquel no sabía leer ni escribir con soltura, e ignoraba la mayoría de las reglas ortográficas, pero resolver aquellos crucigramas a su modo, inventando palabras y encajando a su antojo las letras que amontonaba vertical y horizontalmente, le ayudaba a olvidar, a dejar de pensar en la vida que llevaba y en lo lejos que estaba su hijo… Le encantaban aquellos crucigramas, porque en ellos conseguía que todo encajase, que todo fuese tan perfecto como su voluntad quería.

Su historia era semejante a la del resto de las chicas. Con sólo 17 años se había quedado embarazada de un novio que no había querido saber nada de una ‘probeta’ ya inútil por el uso. Raquel había parido a su hijo en su país, y sólo un año después, sin dinero, sumida en el hambre y la miseria, había tenido que venir a España a buscarse la vida. Y la había encontrado en aquel burdel, donde poco a poco (porque nunca había encontrado uno de esos legendarios clientes que en una sola noche te solucionaban la vida entera) había ido sacando dinero para mandarlo a casa y así, de lejos, cuidar a su hijo. Ya habían pasado tres años, y todavía no había podido ahorrar ni siquiera para un billete de avión y así volver a ver, por fin, a su hijo, al que ya casi sólo conocía por foto y por teléfono.

Raquel acababa de encajar en el crucigrama la palabra ‘suerte’ cuando levantó la vista. El local era amplio, más largo que ancho. A un lado la barra, brillante y negra, vieja y caduca, se extendía a lo largo del lupanar. Tras ella un enorme y simiesco camarero, gordo y torpón, que, aparte de servir copas, estaba pronto para resolver los problemas que pudiesen surgir con los clientes o entre las propias chicas. Tras el camarero, unos estantes acogían una pequeña cantidad de botellas, todas llenas de líquidos que desdecían la denominación de irrellenables de los tapones. El resto del burdel lo poblaban taburetes, mesas y sillas donde se suponía los clientes tenían que consumir, conversar y gastarse el dinero (antes de ir a las habitaciones que se esparcían de cualquier manera a lo largo de un larguísimo pasillo que también conducía a la oficina y los servicios), pero que ahora simplemente acogían a las chicas, unas veinte, de todas las nacionalidades conocidas y que se entretenían de las maneras más variopintas: leyendo revistas del corazón sin tenían la suerte de saber leer, ojeando las fotos si no la tenían, hablando y mintiéndose entre ellas, inventando novios fabulosos y futuros prometedores, viajando al baño para meterse alguna que otra raya de cocaína o, incluso, echando una cabezada si la noche anterior había tenido todo el trabajo deseado.

Pasaban, a un ritmo cansino, eterno, los minutos, y Raquel comenzaba a impacientarse. Todos los meses intentaba mandar a su país el máximo dinero posible y eso permitía a la abuela pagar la manutención y la educación de José María. Pero ahora había surgido una urgencia, y Raquel necesitaba sacar algo de dinero aquella misma noche. Pero no llegaba ningún cliente, y lo de la convención parecía, cada vez más, una fábula estúpida e ilusoria.

Raquel era bella, tremendamente guapa de cara, una de esas maravillas que construye la mezcolanza de razas. Sus ojos, enormes y casi redondos, brillaban en su negritud a pesar de la apagada mirada llena de cansancio, tristeza y necesidad. Su nariz, chata, un pelín respingona, a veces traviesa e infantil. Su boca, de labios carnosos, grandes, jugosos, siempre un poco entreabierta, dejando entrever aquellos dientes blancos y a primera vista perfectos. El rostro, de tez trigueña, moldeado como marcan los cánones, con los pómulos ligeramente marcados y la barbilla suave y redonda, lo suficientemente proporcionada para que uno no se fijara en ella. Raquel, sin embargo, no tenía un gran cuerpo. Atrás en el tiempo quedaban sus rotundas formas curvas y jaraneras. Los tres años en España, el duro trabajo y la mala vida habían adelgazado enormemente a Raquel, que ahora apenas tenía culo y cuyas tetas caían exánimes, agotadas, vacías, sobre su vientre. Pero Raquel sabía vestirse con vestidos largos y elegantes que contrastaban con la soez lencería de sus compañeras, que camuflaban su delgadez y que sólo mostraban lo que ella quería enseñar. Como aquella noche, donde el vestido negro tenía una falda abierta por los lados hasta la cintura permitiendo el deleite visual de sus todavía hermosas y estilizadas piernas de pantorrillas perfectamente moldeadas por aquellos zapatos de tacón de aguja que le martirizaban los pies. Además el escote, combinado con el eficaz diseño del sujetador, mostraba un engañoso canalillo formado por dos mentirosos senos aparentemente a la vista, y sólo hasta ser desnudados, llenos de vida y carne.

Raquel era la chica con más clase del local. Su sonrisa, dulce y angelical cuando se lo proponía, ya que la manejaba con oficio, y su desparpajo a la hora de abordar y, cuando menos, sacar una copa al cliente de turno la convertían en una de las favoritas de Silvia, la encargada, siempre encerrada en su oficina para atender las peticiones de clientes y chicas. Raquel era la chica más encantadora del local y, sin embargo, no se llevaba especialmente bien con ninguna otra. Había colombianas, ecuatorianas, uruguayas, rusas, rumanas, eslovacas, marroquíes, cubanas, dominicanas, nigerianas, hasta una española, pero Raquel no encontraba en ninguna de ellas la humanidad suficiente para mostrarse abierta o sociable. Porque la confianza es algo que se da, no algo que se tiene.

Raquel, harta de la espera, nerviosa por las circunstancias, exhausta por los tres años de servicios, pidió una copa al camarero. Más tarde tendría que pagar esa copa, y no tenía ni un euro. Pero Silvia siempre estaba dispuesta a fiar dos o tres copas a las mejores chicas. Raquel dio un sorbo a su copa y enseguida el alcohol calmó algo sus nervios. Pensó que aquel gasto era inútil porque su hijo estaba tosiendo y tenía fiebre, y el médico le había recetado un medicamento muy caro. Pero Raquel necesitaba el alcohol como necesitaba los crucigramas. Las esperas se hacían eternas, su vida era una eterna espera, y más cuando las urgencias se acumulaban como aquella misma noche.

Raquel necesitaba dinero, y ya se había gastado parte de ese dinero que aún no tenía. Ya hacía un par de meses que había dejado, por superfluo, su piso de alquiler, y ahora vivía, gratis, en el mismo burdel, donde el único problema era que, algunas noches, tenía que esperar a que se fuesen todos los clientes para escoger una cama cualquiera, y eso a veces no ocurría en todo el día. No era la única chica que dormía allí, porque Silvia, antes de ser encargada, había trabajado como ellas y fingía comprenderlas y cuidarlas. Por eso siempre les prometía un próximo contrato de trabajo que de una vez por todas les permitiese regular su residencia en España. Pero ese contrato, como los clientes aquella noche, nunca llegaba.

Silvia les había contado que había una convención de jugueteros en Madrid, y que habían estado repartiendo publicidad para que acudiesen al local. Y todas las chicas, vestidas con aquellos trajes y con aquellos modelos de lencería gruesa propiedad del mismo lupanar, raídos, sucios, mínimamente sugerentes, y calzadas, menos Raquel, con zapatos de plataforma que deformaban y castigaban los pies, esperaban con entusiasmo la llegada de los clientes prometidos porque siempre los asistentes a todo tipo de convención eran los clientes más divertidos y derrochadores. Pero pasaban las horas y no llegaban, y poco a poco el entusiasmo dejó paso al cansancio primero y al enfado después, porque aquella noche, aquella madrugada, no había entrado ni un solo cliente, ni de la convención ni de ningún tipo, y eso rara vez ocurría.

Pero aquella noche no entraba nadie, y Raquel necesitaba clientes y dinero como nunca los había necesitado. Pensaba, soñaba con José María, en lo mal que lo estaría pasando, y los instintos maternales de Raquel la hicieron temblar de miedo y desesperación. Su hijo la necesitaba y ella era incapaz de hacer nada. Ya había llamado a su casa y sólo había podido hablar con su madre. José María estaba enfermo y su abuela no le dejaba levantarse de la cama. Raquel estaba terriblemente preocupada, se estaba bebiendo una copa que no podía pagar y ya ni siquiera le quedaba saldo alguno en su tarjeta telefónica.

Dio un último sorbo a su copa. Nadie desconocido en el local. Y Raquel no conseguía encontrar el olvido buscado en el crucigrama. De repente se sintió terriblemente cansada. Raquel abortó un bostezo y dos lágrimas no le recorrieron las mejillas. Estaba agotada, y también tenía ganas de llorar. Tenía que moverse, y tener esperanzas. Ya eran las tres y seguro que pronto llegarían los clientes. Y tenía que estar despierta, despampanante para vencer a la competencia y ganar el dinero que su hijo necesitaba. Por eso se levantó y se fue a ver a Silvia. Caminó lentamente, con ciertas dudas en la cabeza, por el largo pasillo y por fin llegó a la oficina.

– ¿Qué quieres, niña?- le dijo Silvia nada más sentirla, sin levantar la vista de sus papeles.

– Silvia, ¿por qué no llegan los de la convención?

Silvia levantó la cabeza. Tenía dos grandes ojos castaños, una boca carnosa que no ocultaba su deteriorada dentadura, un bello rostro algo ajado por el paso de los años, y el largo y ondulado pelo teñido de rubio platino.

– No tengo ni idea. Pero mira que hemos repartido publicidad. Quizás habrán optado por uno de esos bares de carretera. Desde luego, eso sí que es competencia desleal. Alquileres más bajos, copas más baratas, chicas explotadas… Desde luego para ellas sí que es peor… Pero, anda, no te quedes ahí y vuelve al bar, no sea que lleguen algunos clientes.

Raquel estuvo a punto de darse la vuelta e irse, pero al final se armó de valor para preguntar por aquello a lo que había venido.

– Silvia…Bueno, es que estoy rendida. ¿No me podrías invitar a una raya?

– Joder, Jessica, últimamente estás en un plan… Ya te has tomado una copa que no puedes pagar. Y ahora me pides una raya. No, no me dejan fiar tanto. Si quieres otra copa, vale, pero no me pidas una raya.

Y volvió la vista a los papeles. Raquel se sintió desgraciada, y se volvió a acordar de su hijo. Necesitaba el dinero, necesitaba otra copa, y también necesitaba una raya. No sabía cómo había sido pero, entre lo que le habían invitado los clientes y lo que había pillado a Silvia o a alguna compañera, poco a poco se había ido aficionando a la cocaína, una droga que le ayudaba a acortar el paso de los minutos, que le ayudaba a soportar a los clientes más insoportables, que le ayudaba a ausentarse un poco de este mundo. No, la cocaína no le libraba de sus problemas, pero sí le ayudaba a vivir. Y en el fondo no era nada más que otro gasto, otro impedimento para reunir dinero e ir a ver a José María, un obstáculo más para ayudar a su hijo, otra piedra en su camino de labrarse un futuro mejor.

Decidió que aquella noche iba a sobrevivir sin coca. Esa noche necesitaba todo el dinero que pudiese reunir. Por eso tenían que llegar los clientes de la convención. Necesitaba a aquellos hombres. Dio un par de pasos por el pasillo y entonces se encontró con Carla, una cubana guapa y marchosa, una cocainómana con la que apenas había hablado un par de veces.

– ¿Qué hay, Carla?

– ¿Y a ti que te pasa?- le contestó secamente aquella mulata de ojos tristes y adormecidos.

– ¿No podrías invitarme a una raya?

– Mira, la marquesona. Todo el día sola, mirando al resto por encima del hombro y ahora la muy güevona me pide que le invite a una raya.

Y pasó de largo camino del baño. Raquel se quedó sola, y se sintió muy cansada, muy triste y abandonada.

Volvió al bar. Su taburete estaba libre, y nadie había tocado su crucigrama. Se sentó y se puso a mirar aquellas cuadrículas a las que a veces conseguía dar sentido. Cuando había llegado a España había tenido esperanzas de encontrar un buen trabajo, ahorrar algo de dinero y traerse a su hijo. No contaba con que el mundo no estaba hecho para gente como ella y José María. El mundo tenía establecidas otras reglas. Y ella tenía que estar allí encerrada, esperando que llegasen hombres a los que sacar el dinero con sus sonrisas, su simpatía, su erotismo y su capacidad para alargar las estancias en la habitación.

Intentó escribir algunas letras en el crucigrama. Pero no pudo. Tenía ganas de beber, de meterse una raya, y casi era incapaz de recordar a su hijo y su enfermedad. Necesitaba dinero, ya mismo, aquella noche, y nadie entraba en el burdel. Tuvo ganas de llorar, pero sabía que ya hacía tiempo que se le habían secado sus últimas lágrimas. Estaba cansada, derrotada, pero algún misterioso impulso la mantenía en pie, dispuesta a luchar por unos cuantos euros que salvasen la vida de su hijo, aquel ser tan lejano con el que no había podido hablar aquella noche.

Estaba desolada, a punto de dormirse. Entonces se oyeron ruidos en la puerta del burdel. ¡Clientes! Y muchos, y todos con sus chaquetas y sus corbatas descolocadas. Por fin la tierra prometida. Raquel fabricó la mejor de sus sonrisas, se levantó y, como una gran profesional, venció a los zapatos y a su agotamiento caminando como si fuese la Reina del Mundo hacia aquellos que en el fondo eran una simple fuente de ingresos.

Daniel Martín

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