jueves, diciembre 1, 2022

El reto de la ‘empleabilidad’

Hace meses que no es fácil encontrar un empresario dispuesto a afrontar el riesgo de una inversión. Aún lo es menos saber de alguien que elija ser emprendedor, a menos que se vea forzado a organizarse alguna forma de autoempleo, por insuficientes o nulas perspectivas de encontrar otro tipo de ocupación. Es, sin duda, una mezcla sintomática de la crisis y, en el último supuesto, una consecuencia del fenómeno nefasto que constituye el paro de larga duración.

Es tristemente tradicional que una elevada proporción de quienes pierden su puesto de trabajo tenga enormes dificultades para recolocarse. Ocurre porque las zonas más débiles en materia de empleo son aquellas que requieren menor grado de cualificación: entre ellas, dos muy absorbentes, tales que construcción y ocio-turismo, además especialmente sensibles a la evolución de la coyuntura. Trabajar en una u otra suele ser intercambiable, pero la experiencia acumulada acostumbra servir poco como carta de presentación para las demás.

Ese escenario, muy agravado el último año y medio, propicia la recuperación de un concepto bastante olvidado: empleabilidad. En cierta medida, sigue siendo un palabro, importado de otras culturas laborales o empresariales, pero su significado es actual y tiene que ver con un asunto más mencionado, como es la formación.

Por muchas razones, la formación es una asignatura pendiente, de las varias que acumula nuestro país. Hablar de ella suele desembocar en el proceso educativo, tanto en sus fases obligatorias como en el ámbito de la universidad, y algunas veces se extiende a la formación profesional. Pero, siendo importante todo eso, la cuestión va más allá.

Enfocar la formación como el tránsito previo a la integración en el proceso productivo, si se prefiere el mundo laboral, es oportuno, pero deja de lado otra vertiente, tanto o más importante: su conveniente continuidad. Al menos en un doble sentido: de una parte, para evitar el desfase entre la capacitación adquirida inicialmente y los cambios -innovaciones- introducidos en cualquier actividad; de otra, articulada para propiciar la movilidad entre tareas y sectores, sea por su posible obsolescencia o el imperativo de coyuntura que traslada la asignación de recursos de unos sectores a otros.

Aunque corre riesgo de convertirse en tópico falto de contenido, sobre todo de plasmación, el cambio de patrón de crecimiento es una necesidad, no tanto para superar la crisis -aunque también-, cuanto para tener opciones de crear riqueza y prosperar cuando los actuales problemas queden atrás… que quedarán. Decirlo es más sencillo que hacerlo, entre otras cosas porque requiere una implicación pluridisciplinar. Dicho de otra manera, no se precisa actuar en uno o varios aspectos, sino prácticamente en todos, incluyendo el capítulo de formación.

Es verdad que lo parece, pero migrar de modelo productivo no es novedad. Sin necesidad de retroceder demasiado en el tiempo, España ha protagonizado ese tipo de proceso varias veces en la segunda mitad del pasado siglo y, en realidad, nunca ha parado de hacerlo, inmersa como está en el marco global. Baste, por ejemplo, recordar qué peso tenía el sector primario en el Producto Interior Bruto (PIB) hace tan poco como tres décadas y el que ostenta hoy. O, en sentido inverso, el ingrediente que aportaban los servicios al inicio y término del periodo a considerar.

El viejo precepto asiático de aprender toda la vida haría bien en permear todos y cada uno de los estamentos de la sociedad. Comenzando, por ejemplo, por el uso de los abundantes recursos públicos destinados teóricamente a ello, cuya aplicación efectiva deja bastante que desear. No es ningún secreto lo que en buena parte están financiando y las consecuencias, a la vista están.

Enrique Badía

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