lunes, febrero 6, 2023

Aparcar las ideologías

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Desde antiguo dicen los filósofos que los niños son esclavos de sus caprichos y los adultos de sus hábitos. Consecuentemente, conviene tener buenos hábitos. ¿A qué obedece Zapatero, a sus caprichos o a sus hábitos? Les dejo la pregunta como tarea para casa. Tanto sólo añado, como mera pista, que la idea es reversible: dependiendo de que uno le haga caso a sus caprichos o a sus hábitos, puede deducirse si ya es una persona adulta o, por el contrario, permanece en una feliz infancia.

El caso es que Rodríguez Zapatero no ha caído del cielo ni surgido del averno. El presidente del Gobierno es el producto de una sociedad, la española, en esencia acomodaticia. Una sociedad proclive a las situaciones consumadas. Y también, como cabía esperar, a las ideologías consumadas. Un país en el que se es del PP o del PSOE con la misma frivolidad que se abrazan los colores del Madrid, del Barcelona o del Betis. Casi siempre por esas decisiones caprichosas propias de la inmadurez mental. Y ya que hablamos de asuntos mentales, acaba de afirmar Mariano Rajoy que «lo más útil ahora es un debate nacional». ¿Un debate a estas alturas para qué? El problema de la economía española ya no es tanto una cuestión de números sino de confianza interna y externa. Necesitamos que Europa y el mundo vuelvan a creer en nosotros, pero también nos urge recobrar la autoestima. Ambas aspiraciones implican un cambio de líder. Al margen de su capacidad -más bien habría que hablar de su incapacidad-, Zapatero no es la persona que puede capitanear con credibilidad la nave española. Algo, ustedes se harán cargo, que no se resuelve con un debate por muy amplio y muy nacional que sea.

El caso -para qué engañarnos- es que Rajoy no se atreve a un ataque frontal contra el presidente del Gobierno. Teme, a partes iguales, un fracaso que quizá sería definitivo para él, y también coger las riendas del país en tiempos difíciles. Intuye las calles llenas de pancartas y le aterra la imagen. Por añadidura, Rajoy se siente a gusto como número dos. Lo ha demostrado a lo largo de su carrera política. Prefiere no ganarle la batalla final al PSOE, sino esperar a que el PSOE la pierda. Por eso propone debates, caracolea sin llegar a corcovear y marea la perdiz día tras día, semana tras semana y mes tras mes. ¿Le importan al jefe de la oposición los 4.300.000 desempleados estadísticamente hablando? ¿Piensa que podemos esperar a los cinco millones, o incluso a más, antes de plantear abiertamente que Zapatero no puede seguir al frente de un país que se hunde a la velocidad del Titanic? No lo sé ni se lo voy a preguntar. En cualquier caso, parece que tiene bien calibradas las consecuencias electorales de su pasividad. Los votantes del PP querrían un líder más combativo, por supuesto que sí, pero no van a dejar de votar al PP por el mero hecho de no tenerlo. Lo mismo cabe decir de los simpatizantes del PSOE. Zapatero siembra alarma entre los que han perdido el empleo y los que, aun conservándolo todavía, lo ven en el aire. No obstante, con los míos, con razón o sin ella. Somos así. Qué le vamos a hacer.

Sobra el debate nacional de Rajoy y hasta sobra la reforma laboral de la que tanto se habla. No por innecesaria -todo lo contrario-, sino porque debe ser el corolario de un cambio social con mayor calado. Una reforma profunda de la conciencia de cada uno para que comprendamos de una vez, si es que alguna vez somos capaces de comprenderlo, que en momentos como éstos -en realidad, en cualquier momento, con crisis o sin ella- las querencias políticas tienen que pasar a un segundo plano.

Ricardo Peytaví

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