domingo, noviembre 27, 2022

Sin inspiración de Obama

Junto a la reputación pública en caída libre del Presidente Obama ha venido descendiendo la reputación retórica. Hay, por supuesto, una relación entre las dos. Hasta Ronald Reagan parecía haber perdido dotes de comunicador tras la recesión de 1981-82, con su popularidad en los treinta y tantos puntos. Y pocos criticarían los discursos de Obama si el paro rondara hoy el 6 por ciento. El éxito es la mejor elocuencia.

Pero el desafío retórico de Obama va más allá de la recesión. En el suceso más inesperado de su presidencia, lo que fue universalmente reconocido como el punto más fuerte de Obama -su oratoria- ahora parece una grave debilidad.

El rápido ascenso de Barack Obama fue todo un fenómeno literario. Sus logros no vienen en el Senado, se vendían en Barnes & Noble. Sus dos autobiografías, junto a su discurso pronunciado en 2004 durante la convención Demócrata, elevaron las expectativas de una edad de oro retórica. Un perfil temprano en la revista New York se refiere a Obama como «nuestro héroe nacional de la oratoria -un cruce expresivo de Lincoln, Gandhi, Cicerón, Jesús y todas nuestras siglas nacionales más queridas (Martin Luther King, JFK, RFK, FDR)».

Sin embargo, Obama pasó de esta expectativa exagerada a sus expresiones actuales de atención esmerada en la sanidad y Afganistán sin un período intermedio de elocuencia notable. Su discurso de aceptación fue anodino y típico. Su investidura fue un momento extraordinariamente histórico -que pasó sin pena ni gloria sin expresión histórica comparable. Los discursos de Obama ante el Congreso y el pueblo americano en general han sido justificaciones más que inspiradores. Su comportamiento en West Point -en un discurso en favor de nuevos sacrificios en la guerra de Afganistán- fue tan gélidamente sobrio que daban ganas de que llegara la hora feliz.

Nada ha sido más concluyente que el elogio de los defensores de Obama. James Fallows, del Atlantic, dice, «No digo que su conjunto de grandes discursos esté libre de clichés… A menudo ni siquiera están ‘bien redactados’, en un sentido elegante de la formulación». Y más adelante: «De hecho, apenas puedo recordar alguna frase u oración de algún discurso que haya pronunciado Obama». Obama no necesita «lenguaje fino» ni «pulido retórico» porque tiene «la elocuencia que viene del pensamiento original». Otro defensor ha elogiado que Obama evite las «apuestas gratuitas de Bartlett». Otro concluye: «Tal vez no necesitemos un presidente inspirador en este momento».

Pendiente queda la pregunta: ¿Por qué el pensamiento original y la seriedad intelectual no pueden también expresarse en discursos bien redactados, sin clichés, pulidos, inspiradores y memorables?

Hay pasajes de los discursos de Obama que incorporan todas estas cosas -partes de su discurso del Premio Nobel vienen a la mente. Pero principalmente sirven como recordatorio de lo que brilla por su ausencia con gran frecuencia. Hasta las conferencias de Obama bien construidas -como su discurso racial de Filadelfia, o su discurso de El Cairo- se ven afectadas por una estratagema retórica transparente. En el seminario de Obama, una tesis errónea y una antítesis defectuosa se resuelven siempre mediante la síntesis del propio Obama -el orador como culmen hegeliano de la historia. De esta manera, Obama se las arregla para ser a la vez académico y arrogante. En lugar de explorar el carácter verdaderamente histórico de su época, él se decanta por el mesianismo. Su llegada es «el momento en que la subida de los océanos empezó a frenar y nuestro planeta empezó a sanar».

Pero el mayor fracaso retórico de Obama se ha dado en momentos de crisis -cuando más importan las palabras, y cuando el tiempo para redactarlas es más limitado. Sus reacciones a los asesinatos de Fort Hood y el ataque del día de Navidad estaban extrañamente distanciadas de las emociones del país al que representa. Su discurso en Fort Hood era fuerte sobre el papel, pero se pronunció con toda la pasión de las observaciones ante la Cámara de Comercio. Su reciente discurso en la Casa Blanca sobre la amenaza terrorista fue burocrático y sin algo reseñable. Tanto el dolor como la resolución parecen más allá de su rango retórico. La gente pensaba que Obama sabía dar emoción a la lectura de la guía telefónica. Ahora, cualquiera que sea el tema, a menudo suena como si fuera la guía telefónica.

Sus defensores, una vez más, elevan esto a la categoría de virtud. Es un adulto emocionalmente disciplinado. Pero desde Reagan por lo menos, las expectativas retóricas de un presidente de Estados Unidos han incluido no sólo dureza mental, sino empatía -la capacidad de expresar con libertad las emociones de la nación. La gente quiere que su presidente sea padre y madre de su país -un talento compartido por políticos tan dispares como Bill Clinton y George W. Bush (cuyos discursos ayudaba a redactar en tiempos).

El modelo de Obama, en cambio, es la frialdad de Coolidge. Está chapado a la antigua. Incluso puede ser admirable. Es difícil considerarlo eficaz. A cada discurso, se extiende el descubrimiento: un presidente falto de drama puede también estar falto de inspiración.

© 2010, Washington Post Writers Group

Michael Gerson

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