jueves, diciembre 1, 2022

La Generalitat sin generalidades

Durante los años de la eficaz alianza democristiana y liberal en la vieja República Federal de Alemania, el Gobierno siempre contó con el inestimable apoyo de la Unión Social Cristiana de Baviera, organización que había creado Franz Joseph Strauss y de la que fue presidente hasta su fallecimiento en la década de los ochenta.

Strauss disputó la Cancillería alemana y la perdió. Ejerció desde entonces hasta su muerte como ministro presidente de Baviera. Tenía este líder una especie de bula que le permitía hacer y deshacer a su antojo, dando al Estado alemán la imagen de una gran entidad administrativa con dos apéndices asociados: uno como consecuencia de la división del país tras la Segunda Guerra Mundial, y que se llamaba RDA; y el otro, su territorio de Baviera, uno de los diecisiete länders consagrados en la Constitución de 1949, a la que Strauss se opuso con vehemencia. Strauss gobernaba con mano de hierro y soltura porque tenía la certeza de que nadie se cruzaría en su camino.

Cuando Fraga inicio su declive en el liderazgo de AP, los analistas políticos lo «destinaron» inmediatamente a su Galicia natal con el fin de convertirlo en un homólogo de Strauss. Y eso hizo. Pero su sentido del Estado le impidió jugar con las competencias autonómicas y moldearlas a su gusto. Salvo el número cuatrienal de los tres mil gaiteiros en el Obradoiro, la gestión política de don Manuel fue pulcra y, por supuesto, constitucional.

Enfangados como estamos en los líos del Estatut y a falta de un lehendakari bravucón y lenguaraz que llene «las primeras» con el viejo debate sobre la «vertebración» territorial, el Gobierno valenciano de Camps ha decidido seguir no sabemos bien si los pasos de Strauss en la Baviera alemana o los de Montilla en la Catalunya tripartita.

Su decisión de plantar cara al Gobierno de España marca, quizá, el inicio de una nueva huida hacia delante en las futuras construcciones ideológicas de la derecha española acerca del papel de Autonomías y otras instancias territoriales.

Con su plante ante la prohibición de destruir un barrio para adecuar el territorio a sus planes urbanísticos -otra vez el ladrillo- emula a su homóloga Aguirre, que dijo desconocer la existencia de linces ibéricos en las tierras de su Madrid autonómico para poder pasarse por el forro de los calcetines una orden judicial que le impedía desdoblar una carretera. El lince, bueno es saberlo, finalmente apareció en los carteles de la Conferencia Episcopal y doña Aguirre afianzó su modelo de la nación española tan útil en tantas ferias dialécticas, pero tan controvertido a la hora de establecer quién manda dónde y cómo.

Don Camps y doña Aguirre retuercen las atribuciones territoriales al gusto de sus intereses. ¿Qué hubiera sucedido si en las escuelas vascas se hubieran dado clases de lo que fuera en inglés para evitar darlas en castellano? ¿Qué hubiera sucedido si los planes educativos del Gobierno en materia de innovación hubieran sido bloqueados por Touriño o Chaves con el pretexto de la miopía -infantil, no de los políticos- o la posición ergonómica del cuerpo ante los ordenadores? ¿Qué hubiera sucedido si el Gobierno balear hubiera decidido derribar, yo que sé, un chalé construido ilegalmente en la costa? Y… No merece la pena citar más íes.

Camps se revuelve con comodidad contra el Estado siguiendo la estela de Aguirre. La patria es una e indivisible mientras no estén en juego los intereses de los que mandan. La derecha española tiende al pasado con facilidad y hacia los intereses estrechos del regionalismo campante. Si entonces era la agraria Castilla la Vieja, ahora es la ladrillera Valencia la que se hace valer.

¿Reprochará el PP la actitud de la Generalitat ante una sentencia desfavorable? De la Generalitat valenciana se entiende porque, además, ya ha ocurrido. Como ocurrió en Madrid.

La historia se escribe con datos y con hechos, que es como se hace la política. Ni Aguirre ni Camps tienen la fortaleza política de Strauss ni el músculo de su identidad ideológica. Más bien son oportunistas que moldean las instituciones al gusto de sus circunstancias personales. Mal asunto para el partido de don Manuel, él que se fue a Galicia con prudencia, dignidad y respeto al sistema que dice defender. No como éstos, llenos de palabrería indigente.

Bien pensado, don Manuel debería disputarle el no-liderazgo a Rajoy y liderar, él sí, una derecha constitucional de verdad.

Rafael García Rico

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