domingo, noviembre 27, 2022

La paz de Nunca Jamás

LA SOCIEDAD CIVIL SE PREGUNTA si la vida que fantasea en la literatura como mariposa, aquella que le llega desde lugares lejanos, las páginas de los periódicos como paloma mensajera o la otra que se le asoma a la nariz por Navidad como los turrones, desde la caja tonta, como los sueños, con cara y ojos, termina finalmente pareciéndose como aseguraban los augures a la de verdad. La vida que suda y sangra, que empieza y acaba, tantas veces de manera abrupta, cruel, inmerecida como toda muerte, asuelada entre el cielo y la tierra, por mucho que se pueda rezar. Y a veces, se parece. Cualquiera que se asome a los titulares de prensa des estos dos últimos días, contempla la imagen de una película de acción en la que los buenos consiguen destruir a los malos, aún a costa de algunos daños colaterales. La vida de las fotografías de los reporteros sangra ante nosotros igual por las narices que por la boca, los oídos o el abdomen abierto. La vida se muere en hombres y mujeres, pequeños y grandes, culpables e inocentes de igual modo: Definitivamente. Los féretros se agolpan en la mirada como moscas a la miel y se rezagan en desnudas habitaciones sin techo, con la pintura desconchada, las puertas desgajadas de los cercos como granos de granada, en una visión inútil como toda muerte y tajante como la vida perdida. Solemos sensibilizarnos electivamente ante la muerte y así, nos duele mas la de un niño que la de un viejo, la de un antipático que la de un gentil, la de un culpable que la de un inocente, pero la muerte mide a todos por el mismo rasero e igual muere un justo que el mayor pecador. Muere.

La muerte es hija de muchos padres, pero la peor es la que es hija del rencor. Es una muerte guardada, alimentada como una fiera enjaulada, aleccionada para despertar cuando sea preciso, quemada por el rayo incesante del odio, a la espera de la mejor oportunidad para el daño mayor. Cuando se ha estado cerca de ella, se la reconoce en la proximidad de manera natural, se la huele. Es un olor inconfundible, como lo es el golpe de ataúd en tierra que decía Machado. Por eso, al mirar las fotos de los periódicos, se huele esa muerte incesante que nos llega desde el rencor infinito, incólume a la vida, desde Gaza. Es tan antiguo el rencor, tan fieramente alimentado y sabiamente organizado que nos deja tiritando, impotentes ante tanta bárbara impostura.

James Matthew Barrie, se inventó el País de Nunca Jamás donde Peter Pan y Campanilla burlaban al Capitán Garfio por Navidad. El galés, creó un mundo que seguramente contaba con todas las papeletas de la unicidad. Un País como ese no podría existir sino en la imaginación de los más osados: Los niños. Pero como argumentábamos al principio, las cosas se empeñan en demostrar cuanta barbarie cabe en cabeza humana, aunque rece de rodillas o de pié.

El espíritu navideño, una vez mas, como invención humana se rinde ante el salvaje que se esconde tras las bolas del árbol, que no descansa para matar, y al que le trae al fresco que estemos de celebración, que haya nacido el niño o que 2009 se nos eche encima como un baldón. El salvaje mata, porque cree en la Paz de Nunca Jamás y porque solo sabe hacer eso. ¡Condenado sea!

Puede que se acabe el tiempo o solo se ponga duro como el pan. Diciembre.

Patxi Andión

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