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Diario de una mujer casada

El Rincón Oscuro |

Estrella Digital | 17 de noviembre de 2012

Empecemos por el principio. Mi relación con Pedro marchaba como siempre había querido. Conviviendo era amable y atento, teníamos trabajo, dinero y una bonita persona a nuestro lado, yo al suyo y él al mio. No había secretos y las discusiones siempre acababan en repentinos besos. Éramos jóvenes, yo tenía 34 y el 37, apenas llevábamos dos años casados y ya estábamos en la búsqueda de nuestro primer querubín.

No sé si fue antes o después, pero Pedro comenzó a pasar menos tiempo en casa. Mi marido era Director General de una multinacional, y yo rebosaba alegría. El éxito en su trabajo le hacía estar constantemente en reuniones y mezclándose con gente notable que no citaré. Si hay que poner un pero, diré que fue en primavera de 2008. Cuando esa alegría por los éxitos del prójimo empezó a tornarse en ansia de comerle.

Llegaba tarde después de cenar, yo siempre le esperaba hasta que mis ojos se cerraban en el sofá. Cuando entraba en casa, me despertaba y me llevaba a la cama y así llegaba mi calma. Pero con el paso de los meses ya sólo me llevaba y, derrotado, se iba a dormir. No podía echarle nada en cara, mi trabajo como profesora de educación infantil no era gran cosa para los lujos que nos permitíamos gracias a su salario. En esta fecha, los veranos insufribles sin colegio, yo siempre estaba en casa. Esperando.

No disfrutábamos tanto como me hubiese gustado, pero no me quejaba. Al menos, la calidad y los sentimientos siempre estaban ahí. Ese fue el gran problema, que tras año y medio de esta guisa, se fue con su libido. El de "sorpresa a media semana" (como yo lo llamaba) desapareció, quedando el "amor" del fin de semana, y con suerte. Lo peor no fue eso, lo peor fue que últimamente se dejaba caer encima de mí, y a una intentona de meterme su pene medio erecto derramaba su semen jadeando, me besaba y se daba la vuelta para dormir. Esto se repetía, yo ni me enteraba, no disfrutaba, y aún seguía esperando mi ansiado hijo que cada día tenía menos esperanza de conseguir. No estaba cómoda, mucho menos contenta. Lo cotidiano me aburre.

Comencé a hacer otras cosas. No centrarme tanto en mi familia, o lo poco que quedaba de ella, y recaer más en el trabajo, mis amigas que últimamente había dejado de lado, me apunté a yoga, al gimnasio y una vez a la semana iba al spa. Prácticamente olvidé lo triste que era mi vida sexual, la había dejado de lado y no me importaba. El pero, esta vez, era que por contra me veía mas guapa que nunca, más confiada y más segura. Notaba como los hombres me miraban, me deseaban. Eso me encantaba.

Cada día uno varios pretendientes venían a mi vera como perrillos en celo intentando coquetear. Yo me sentía muy alagada y notaba en sus ojos la fogosidad y el deseo que todos tenían sobre mi cuerpo. Les seguía el juego, a todos. Me daba lo mismo guapo, feo, alto, bajo, rubio o moreno. Pero nunca, ni por asomo, se me ocurrió engañar a mi marido. Yo le quería. Aunque su virilidad no fuese una fiesta, sus palabras y compañía me calmaban.

Hace cosa de un mes, caminando por el parque que siempre cruzo cuando salgo del cole camino a casa, conocí a un chico joven. Un perro blanco con cara amable se abalanzó sobre mí, y aunque no soy mucho de perros, un poco asustada me dio por tocarle pero sin parar mi marcha. Un joven de unos 25 años llegó a mi paso. Lo cierto es que al principio ni le miré.

- "¿Le está molestando señora?"
- "¿Señora?"
- "Lo siento", dijo con cara de susto y una media sonrisa

Entonces me detuve y le miré a los ojos. No sé si fue su boca, sus ojos tristes negros que se clavaban en los míos, su pelo revuelto, su cara casi imberbe con una mueca de extrañamiento a la vez que de puro vicio. No dije nada más, prácticamente huí de allí. Le esquivé, corrí lo poco que quedaba hasta mi casa y abrí el portal a toda prisa. Un vez dentro respiré profundo e intente calmarme. Llevaba mucho tiempo sin estar tan excitada. En el ascensor ya noté que mi sexo estaba húmedo, que mi pecho bombeaba a mil vueltas y mi boca se resecaba. Allí mismo comencé a meter mi mano dentro de mis pantalones. Cuando se abrió la puerta corrí hasta casa, entré a toda prisa, cerré sin importarme el estruendo y comencé a desnudarme. Estaba sola, como casi siempre, pero sedienta de placer y lujuria. Me tiré al suelo sólo con el sujetador de flores estampadas, el frío del mármol se fundía con mi piel, que ardía. Sólo quería que me tocasen. Yo misma lo hice, como una loca, gritando, me daba igual, necesitaba unas manos sobre mi cuerpo más que cualquier otra cosa. Sudando, con la frente y el vaho que soltaba mi boca pegando contra el suelo, llegué al fin, al clímax. El suelo, al igual que mis piernas y estómago estaban empapados.

Me limpié y, satisfecha, me senté en el sofá. No sabía que me había pasado, pero sólo podía pensar en lo que había ocurrido minutos antes. La imagen de mi cuerpo moviéndose y gimiendo en el suelo me acaloraba. No podía dejar de pensar en lo ocurrido. El chico, aunque en segundo plano, seguía en mi mente. Era excitación general, por todo. Quizá los cuatro años que llevaba reprimiendo mis deseos habían escapado. La caja de Pándora se había abierto. Ya sólo deseaba calmarme y que Pedro llegase a casa para escuchar su voz.

Horas después, seguía en ropa interior en el sofá mirando al vacío y sin cambiar mi posición. Pensando. Mi ansia no había calmado y le llamé con la excusa de saber cuándo vendría. Sus palabras, a medio susurro, fueron: "Cariño, lo siento estoy en una reunión. No me esperes despierta, voy a llegar tarde". Y así, me colgó. Ni siquiera un beso. Sin preguntar por mí, sin interés, sin más.
No sé en qué pensaba mi mente, o más bien mi cuerpo que era el que se movía por inercia. Pero fui a la habitación, abrí el armario y me coloque mi favorito, y muy ceñido, vestido rojo sobre la ropa interior que aún olía a sexo. Me armé con unos tacones muy provocativos y me encaminé a la puerta. Al abrir me quede paralizada, dudé, me levanté el vestido, me quité las bragas, las dejé encima del poyete del hall y salí de casa.

No pretendía volver a casa hasta que encontrase un hombre que me diese lo que necesitaba. Estaba anocheciendo y el mismo parque ahora estaba vacío. Busqué al joven que horas antes había puesto mi mundo patas arriba, pero lógicamente, ya no estaba allí. Me daba igual, en realidad sólo necesitaba un poco de cariño. Eché un vistazo, al otro lado de la fila de árboles había una pareja de cincuentones caminando. Pronto noté cómo los ojos de aquel señor se clavaban en mi culo. Yo disimulé, pero me gustaba. El allí con su esposa y yo, en la distancia, sonriéndole. Estaba muy caliente.

Me pareció notar como el hombre convencía a su mujer para sentarse en uno de esos bancos de madera. Se sentaron y comenzaron a besarse, yo me senté justo enfrente. No paraba de mirarme, de comerme con su mirada. Yo me senté justo enfrente, no podía dejar de mirarles. El morbo que me provocaba hizo que metiese mi mano bajo el vestido, a sabiendas que él me estaba viendo.
No pasaron más de cinco minutos cuando se levantaron y siguieron su camino. Al principio les seguí, pero pronto me dije "qué estas haciendo. Estas comportándote como un auténtica enferma siguiendo a un viejo y a su mujer por el parque". Me di la vuelta y unas ganas horrible de llorar se apoderaron de mi. Lo cierto es que no lo recuerdo, pero quizá solté algunas lágrimas. Empecé a andar de nuevo hacia casa, decepcionada y aliviada por no haber cometido ninguna tontería.

- "Perdón ¿Te acerco a alguna parte?" Escuché tras de mí.
 
Me di la vuelta asustada, sorprendida al ver que era la misma víctima que había elegido.

- "Hola", dije esbozando una sonrisa e iniciando una conversación.

Me tocó la cara con sus manos, seguras. Me acarició la mejilla. Yo seguía intentando parecer simpática, pero mi cara debía expresar lo contrario.

- "¿Qué te pasa? Tu cara esta triste, tu vestido no"

Vaya frase de completo gilipollas, pensé. Pero su seguridad me estaba excitando. Además no quería preliminares. Así que me reí como una boba rubia y le puse una mano sobre el cuello. Aún así mis nervios dudaban, no estaba segura de poder hacerlo. Pero así, sin cruzar más palabras, el desconocido me agarró fuerte de la cadera y me plantó un beso en la boca. creo que esto fue lo que basto para convencerme.

A trompicones, y sin dejar de besarnos, llegamos hasta unos soportales cercanos. Notaba como sus manos deseaban arrancar mi culo, estrujaba firme y con fuerza. Nunca antes me habían manoseado de aquella manera. Me encantaba. Sabía besar, sabía lo que hacía.

- "¿Y tu mujer?", le dije, apartándole de mí con la respiración entrecortada.
- "¿Eso te importa ahora?"
- "Un poco"
- "En casa. He bajado al coche a coger las bolsas de la compra" dijo con una sonrisa
- "Pues no es lo único que vas a coger", dije yo bajándole la cremallera del pantalón, incluso extrañándome de mí misma por lo atrevido de mi frase.

Me volvió a besar y me arrodillé ante él. Comencé a masturbarle. Nunca antes me había invadido esa sensación de miedo y placer extremo al mismo tiempo. Estaba como una moto. Y no podía dejar de mirar como crecía su miembro entre mis manos a sabiendas que quería comerme ese premio.

No podía aguantar más. Me metí en la boca su erecto miembro con ansia y tal entrega que él trataba de calmar el ritmo que había cogido sujetándome por la cabeza. El sonido, golpeando el fondo de mi garganta, era espléndido. Él, mientras, gemía disimuladamente. Quería recordar cada detalle, la temperatura febril, su olor a hombre, el sabor a sexo, su textura, enmascarada por mi saliva. Estaba excitadísima, bajé una man, la pasé por mi sexo y estaba empapado. Aún seguía sin bragas y sentir como mis líquidos resbalaban por mi entrepierna me hacía aumentar mi respiración, de placer, de vicio. Sólo pasaron unos minutos:

- "Ah! Lo haces de maravilla. Me voy"

Como una loca, aumenté el ritmo. Frenético. Mi saliva se escapaba entre mis labios y su miembro, empapándome el vestido rojo y la suave piel de mi escote. Comenzó a jadear, cogiendo fuertemente mi cabeza con sus manos. Entre convulsiones y espasmos daba grito entrecortados. Su semen estaba en mi boca, mis labios, mi pecho y me lo tragué. Me sentía la esposa más puta de todas y eso me encantaba.

Me levanté, limpiándome el vestido y los labios, indiferente.

- "Ha estado genial", dijo llevando la mano hacia mi sexo y descubriendo que no llevaba ropa interior. Noté como sus manos se humedecían entre mis piernas.
- "Mmmm ¿No llevas bragas? Me muero por follarte"
- "Eso no va a pasar", dije, apartándole la mano.
- "¿Por? ¿Cuánto quieres?"

Ese bastardo en la vida había estado con una chica como yo. Al menos, sin pagar. Sus palabras no me sentaron bien, pero al menos yo ya había obtenido mi premio.
- "Nada. Chao"

Me fui por la calle paralela a la mía. No quería que ese pobre imbécil se diese cuenta que mi portal estaba justo al lado de donde había estado disfrutando.

- "Espera, no te vayas ¿cuándo te volveré a ver?", dijo medio cayéndose mientras intentaba subirse los pantalones.

Supongo que en ese momento yo ya estaba contenta, alejándome de la escena del crimen, caminando por mi barrio rumbo perdido a ninguna parte. Estaba manchada, pero no me importaba. Ya no tenía que coincidir con nadie más, sólo pensar y fumar. Tardé unos cuarenta minutos en llegar a casa. Por suerte, o por desgracia, mi marido no había llegado aún. Mis bragas seguían sobre el poyete...

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