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Chacón y otras deserciones

Fernando Jáuregui | OPINIÓN

Estrella Digital | 29 de abril de 2016

Es algo que vengo comprobando desde hace muchas, muchas convocatorias electorales: lo importante, al final, son los puestos de salida. Los escaños. O sea, los sillones y cuanto ellos llevan aparejado: los i-pads, la pensión, las tarjetas viajeras. No es algo que ocurra ahora, en estos tiempos en los que, obviamente, la política está tan devaluada: recuerdo que ya con aquella tan elogiada Unión de Centro Democrático suarista las tensiones estuvieron a punto de hacer explotar un par de veces el partido creado por el entonces presidente. Así que, la verdad, que Carme Chacón renuncie o no a encabezar la lista socialista por Barcelona me parece irrelevante, excepto por lo que trasluce de desconfianza hacia lo que vaya a ocurrir en su partido, en el PSOE que comanda Pedro Sánchez.

Tampoco me parece que Sánchez vaya a llevarse un enorme disgusto por la huida de la señora Chacón, sea esta huida como reserva para el futuro, sea porque ella tal vez contemple su vida ligada a la enseñanza en Miami, o lo que fuere: la verdad es que Carme Chacón ha aportado muy poco al debate político y sí algo, aunque sea por vía indirecta, a la conspiración pasillera en el mundillo socialista. Bien haría Sánchez --ya sé que no lo hará: su capacidad de error es mucho mayor de lo que yo creía-- en aprovechar esta primera defección, que no será la última supongo, para poner un poco de orden y transparencia en sus listas electorales. Por ejemplo, y sé que rozo lo ya tópico, recolocar 'a la baja' en la candidatura madrileña a aquellas dos 'paracaidistas', la ex comandante Cantera y la ¿ex periodista? Irene Lozano, a las que colocó en la lista 'a dedo' y sin que jamás hayan sido explicadas las razones para hacer algo que tanto irritó a la militancia del PSM, ya no poco revuelta. ¿Cuántos votos perdió el PSOE en Madrid por el rechazo de militantes y simpatizantes a rubricar el dislate? ¿Diez mil? ¿Veinte mil? Cálculos hay para todos los gustos.

Lo peor es que aquello ya evidenció, como el mantenimiento de la juez Rosell en Podemos, o con tantos episodios en el PP, que no existe una auténtica voluntad de cambio democrático en el seno de nuestros partidos. Vamos ahora a ir a unas nuevas elecciones sin haber consagrado como promesa electoral formal, ante notario, el desbloqueo de las candidaturas, la limitación de ciertos mandatos, las primarias medianamente 'serias' o las consultas a la militancia --como las que han puesto en marcha, aunque con preguntas ciertamente cuestionables, el PSOE y Podemos--. Todo lo más que tenemos es una vaga propuesta para que los partidos no gasten tanto en 'mailings' inútiles o en banderolas para las farolas desde las que los candidatos nos miran sonrientes, pero inaccesibles como siempre. Bueno, tampoco irán esta vez, se supone, a la casa de Bertín Osborne, metido en saraos caribeños.

Eso no es el cambio requerido, claro está. No estoy a favor ni de la supresión ni de la reducción de las campañas electorales, como piden algunos, sino en pro de que estas sirvan para algo bueno. Para algo más que halagar el ego de los candidatos con reportajes televisivos de mítines en los que siempre salen entusiastas aplaudiendo, jamás se ve cemento vacío y el vip de turno se prodiga en besos, selfies y abrazos, sin, a cambio, dejarnos una mísera idea nueva o proyecto beneficioso para la sociedad alguno.

La campaña con la que yo sueño poco tiene que ver con insultos 'cara a cara' moderados por un señor aburrido incapaz de dominar los fieros instintos caníbales de los contendientes: sin duda, hay modos mucho más participativos e interesantes de hacer debates --muy necesarios, por cierto-- en las teles. Poco que ver con viajes caóticos por los cuatro puntos cardinales de unos candidatos que no encuentran tiempo para pensar, leer o aprender entre tanto ir y venir. La campaña con la que sueño da mucha más participación crítica al elector, obliga al candidato a decir con quién se aliaría, y cómo y cuánto, en caso de necesidad. Y con quién jamás lo haría, ni aun necesitando malamente su voto para trepar hasta La Moncloa.

Claro que las perspectivas no son demasiado halagüeñas para que se hagan realidad nuestros sueños, una vez que los candidatos son los mismos que nos han traído hasta aquí, con las mismas listas electorales, los mismos vetos, las mismas tácticas, la misma estrategia, las mismas promesas vagas. Y la misma legislación absurda que, desde el artículo 99 de la Constitución hasta la última norma electoral, pasando por los reglamentos del Congreso y el Senado, han demostrado que ya no sirven para regular nuestras ansias de regeneración.

En fin, que ojalá que la gota en el vaso de agua que es el 'caso Chacón' --a ver si nos explica ella qué hay realmente, pero realmente, detrás de su renuncia, tan pública y publicitada-- sirva para revolucionar un poco, algo, el panorama, tan conformista, tan igual al de siempre, como si no hubiese habido, como si no estuviese habiendo, una tormenta de todos los diablos.

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