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Un beso inesperado

Memorias de un libertino |

Estrella Digital | 18 de marzo de 2012

Les presento un nuevo relato de un lector de estas Memorias de un Libertino. Nos lo remite una persona que se llama J. C., a la que agradezco, sinceramente, su colaboración por lo que significa de enriquecimiento de la sección. Espero que lo disfruten.

Un beso inesperado


Cuando ella aparcó el coche junto al mío, después de haber pasado una tarde de sábado maravillosa paseando por la ciudad y sentándonos en las terrazas a charlar mientras nos tomábamos un café, no quise bajarme. Tenía que hacerlo para subir al mío e irme a casa como cada día que nos veíamos pero algo me impedía hacerlo. De hecho, me quedé mirándola fijamente. Sin decir nada desde mi asiento del pasajero. Recuerdo la gente pasaba por la acera y que anochecía.

Y recuerdo que yo, movido, por un extraño resorte, acerqué mis labios a su cuello y lo besé. Fue un beso inesperado por debajo de su pelo corto. Ella no hizo el más mínimo gesto, algo que traduje como consentimiento. De hecho, eché mi brazo izquierdo sobre sus hombros y le acaricié su oreja izquierda. Sentí que se estremecía. Del cuello pasé a sus labios mientras mi mano cogía la suya y la acercaba a donde mi ropa estaba marcando un abultamiento sospechoso.

Ella, entonces, reaccionó… Acercó sus dos manos a mi bragueta, bajó la cremallera con alguna dificultad por la postura. Soltó mi cinturón, apartó la camisa, introdujo su  mano derecha bajo mi ropa interior y descubrió mi sexo que, a esas alturas, ya se mostraba descaradamente enhiesto en toda su plenitud.

Siguió, muy despacio, cambiándolo de manos y adueñándose de él con la izquierda, mientras con la derecha metió dos dedos en mi boca mojándolos bien con mi lengua. Con esa lubricación improvisada acarició muy lentamente el glande y, en una maniobra conjunta de descenso y giro, empezó a manosearlo a cámara lenta.

Creo que fue un poco la suma de todo, el lugar, la maniobra, la gente pasando por la acera y el efecto de una situación tan morbosa, por otra parte tan inesperada, lo que le dio a aquel mimo una sensación muy especial.

Sabéis que en esta situación los hombres tenemos dos opciones, dejar que la mujer lleve la iniciativa graduando a su gusto los ritmos y las acciones o indicarle de alguna manera que necesitamos su boca. Soy partidario, en principio, de la primera opción, porque creo firmemente que hay que respetar su iniciativa. Ella sabrá cuando tiene que abrir sus labios y utilizar su boca y su lengua para hacernos vibrar sensualmente, para darnos un placer intenso, creciente y profundo. Me gusta dejar que ella llegue sola a hacerme ese prodigioso regalo.

Por eso, aquel día, la dejé hacer y cuando apenas hubo tocado mi sexo con sus labios, mi reacción fue la de impulsarme mínimamente y entrar de lleno en aquella boca tan húmeda, tan cálida, tan suave, tan acogedora, que me envolvió de tal modo que desapareció todo a  mi alrededor. Ya no había gente. Ya no había noche. Ya sólo estábamos ella y yo. Y yo rendido, entregado, disfrutando unas sensaciones que me llegaban hasta el último rincón. Sin apenas decir nada, sólo podía acariciar su cuello y su cabecita de pelo corto mientras me iba literalmente comiendo y haciendo deslizar mi sexo por todos los rincones interiores de aquella cara tan bonita, tan preciosa que tenía…

No hubo mucho más, porque al placer difuso y extenso de la primera parte le siguió poco después esa suerte de imparable concentración de placer que te surge como en un lugar indefinido de tu sensualidad profunda. Y entonces todo se precipita, y crece, y sube, y cuando ya creías que tu miembro no podía endurecerse más, aún consigue llegar a una cota más alta, y sientes que toda tu vida entera se concentra en esos segundos, y entonces todo estalla entre miles de estrellas que hacían guiños.

Me vertí en su boca pero ella no se apartó y  continuó besándome y dejándome reposar en su lengua, mientras me miraba y se relamía. Como si quisiera alimentarse con él. Como si quisiera alimentarse de mí. Sin darse cuenta de que lo que estaba haciendo era alimentar mi amor por ella…

Fue una experiencia especial, una ocasión muy peculiar y muy intensa, inesperada y bonita que terminó en un beso profundo, agradecido y amoroso en el que se juntaron su saliva, la mía y todo lo demás…

Después, tuve un poco de mala conciencia por mi disfrute sin su disfrute. Pero cuando fui a hablar, ella tapó mi boca con su mano… Había adivinado mi pensamiento y en sus ojos noté que no le importaba.

En la calle, era noche cerrada y en la acera ya sólo quedaba una pareja de ancianos cogidos del brazo que se alejaba lentamente…

J. C.


Estas memorias están teniendo, afortunadamente, una gran aceptación entre los lectores. Lo demuestran el gran número de visitas que tiene semana tras semana y los comentarios que recibe. Por eso, de acuerdo con la dirección de Estrella Digital, he pensado realizar, dentro de la sección, un Experimento sexual: quiero que los lectores de ‘Memorias de un Libertino’ puedan publicar también sus relatos.  Sus sueños. Sus experiencias. Sus deseos ocultos.

El tema erótico será libre. Sólo pido que el texto no sea mucho más de un folio de extensión y que mantenga un mínimo de buen gusto. Se podrán firmar con seudónimo y se respetará el máximo de discreción. Tanto se respetará que los relatos NO deberán enviarse a la redacción de Estrella Digital sino a [email protected] Este es un correo creado, especialmente, para recibirlos y para que sirva también para aclarar cualquier duda o consulta.

Por supuesto, si alguien lo solicita, puedo también ayudarle literariamente a mejorar su texto.

Esperamos recibir muchos relatos.


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