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Ayuso como punto de fuga: la trampa del presidente Sánchez

Alfonso Merlos | 20 de septiembre de 2020

Hay dos formas de responder ante una crisis. La primera es idear una vía de salida para mantener el control de la situación. La segunda es perseguir un punto de fuga para, acto seguido, iniciar una estrategia de evasión de responsabilidades. A un líder se le exige que actúe sólo según la primera previsión, pero el presidente del gobierno ha tomado los derroteros de la segunda.

La gestión, que sin duda era dificilísima -pero ha resultado manifiestamente mejorable- del zarpazo del covid19 ha revelado a un Pedro Sánchez y a un gabinete ministerial ayuno de capacidades de gestión, diezmado en su fuerza para asumir unas circunstancias sanitariamente inéditas y delicadísimas y apoyarse en nuestro magnífico sistema de salud. Le ha retratado como un dirigente disperso, carente de la suficiente flexibilidad y de los necesarios recursos para alcanzar los consensos deseables con Pablo Casado, Inés Arrimadas y, en la medida de lo posible en un contexto de emergencia, con Santiago Abascal.

Son demasiados miles de muertos, demasiadas familias desgarradas (con sus historias de infinito sufrimiento y dolor) como para que la propia política informativa diseñada desde el ejecutivo haya pasado, incluso, por evitar que recordemos, con nombres y apellidos, alguna de esas luctuosas historias humanas. No se trataba de afán ninguno de morbo o sensacionalismo. Al contrario: se trataba simplemente de que la propaganda gubernativa no luchase por ‘anonimizar’ la tragedia, porque ésa, a fin de cuentas, es una forma de cosificación, lo que nadie merece.

Y he aquí que Sánchez ha encontrado y trabajado un recurso, su punto de fuga. Dos en uno. Porque de un lado ha estado el establecimiento de una política de confrontación -en algunos casos evitable y, por tanto, gratuita- con la presidenta Ayuso. Y, por otro lado, el de la judicialización del ‘estado de alarma’ a cachos, a la carta según crean su diagnóstico y aplicación necesarios los diversos dirigentes regionales.

A pesar de la conducción buena en líneas generales que la Comunidad de Madrid ha llevado a cabo durante la pandemia, Ayuso, al frente por razones obvias (de densidad de población, de capitalidad) del territorio más castigado por las infecciones y las muertes, se ve de golpe y porrazo ante la necesidad de esquivar la trampa de Sánchez.

Primero, por decidir, o no, la política de encierros con causa en razones sanitarias. Segundo, igualmente importante aún con unos ciudadanos bajo el shock emocional del primer confinamiento, por verse abocada a su pesar a anunciar medidas cercenadoras de la libertad fundamental de circulación, del derecho de reunión o de la propia libertad de empresa en distritos de Madrid; unas restricciones durísimas en diversos planos –una losa para la recuperación- y que significan, para quien las toma, un formidable desgaste político. 

En modo alguno es una cuestión de larvar o fomentar la guerra con La Moncloa, porque el único combate hoy imprescindible y prioritario sigue siendo contra el virus. Pero, en términos puros y duros de comunicación, bien haría la presidenta Ayuso en dejar sistemáticamente de manifiesto ante el conjunto del país que todas aquellas medidas que se ha visto impelida a adoptar, incluso judicializadas y motivo de conflicto con los tribunales, tienen su base en las elusivas maniobras de quien, desde lo más alto del poder, intenta deliberadamente convertirse en un actor secundario, orillando sus deberes y responsabilidades. El presidente Sánchez tiene su razón: la de aquel que sabe bien de qué huye… y lo que busca. 

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