Jueves 22.11.2018

No es el presupuesto lo que se negocia, es la Constitución

Los esfuerzos, las vacilaciones, los tropiezos, las contradicciones, el denuedo con los que el Gobierno está intentando allanar el camino parlamentario de unos Presupuestos Generales del Estado para 2019 no tiene explicación política y, mucho menos, como se afirma, económica posibles. Tenemos práctica sobrada en España sobre prórrogas presupuestarias que no han sido ni catastróficas ni mucho menos paralizantes. A veces, hasta han venido bien, porque el exceso de un año se ha corregido al siguiente con una prórroga presupuestaria que por mor de la inflación y otras razones, ha tenido un efecto corrector y de contención que ha sido benéfico a la postre.

Los jeribeques a los que está dando lugar el empeño de Sánchez en sacar adelante sus propios presupuestos tienen mucho más de tragicomedia de enredo que de cuestión económica, sépalo la ciudadanía. Aunque se revista de lo que se quiera, un presupuesto no es más que una presunción de ingresos (que casi siempre falla) y de gastos (que siempre, siempre falla). Y para mayor confusión, no se realiza totalmente en ningún ejercicio. La liquidación presupuestaria, dato que casi nunca se atiende, demuestra que ningún Gobierno ha empleado todo el dinero disponible en lo que decía querer gastar, aunque muy frecuentemente, gaste más de lo que pensaba en otras partidas.

Digo con lo anterior que el supuesto dramatismo que el Gobierno y su colateral Podemos están imprimiendo a la supuesta negociación presupuestaria es una simulación en toda regla. Es un trampantojo político que trata de ocultar otras cosas, estas, sí, muy graves. Sánchez e Iglesias han hecho un reparto de funciones obsceno, impropio de un partido como el PSOE. La frase no es mía, es de un ex ministro socialista que está alarmado, no por lo que hace y dice Sánchez, sino porque confiaba mucho más en algunos miembros de su Gabinete, que ahí siguen. La simulación que se traen entre manos Gobierno y Podemos (me resisto aún a poner PSOE) es estremecedora.

Sánchez no desdeña ninguna ayuda que le permita acabar con la parte nuclear de la actual Constitución, y para ello cuenta con el movimiento independentista. Es mentira que se busque el voto independentista a los presupuestos. Es justo lo contrario. Se busca desesperadamente la permanencia en el poder para llegar a imponer (con ocho decenas de diputados propios, no se olvide) una solución traumática e irreversible a la cuestión catalana. Si fuera una cuestión simplemente presupuestaria, la solución es mucho más simple, se deja que llegue la prórroga automática y, a lo largo del año, se buscan medios parlamentarios suficientes para votar suplementos de crédito, como, por ejemplo, la subida de las pensiones, para lo que siempre obtendría apoyos.

Desgraciadamente las cosas no van por ahí. Se trata de otra cosa. ¿Cómo se explica, si no, que mientras Iglesias peregrina entre Cataluña (y sus prisiones) y el País Vasco (Zapatero -Otegi, por medio) no haya habido ni un solo contacto ni explícito ni discreto con Ciudadanos, con cuyo apoyo ha gobernado el PSOE en Andalucía?

Hay que reconocer a Sánchez su inclinación al riesgo. Lo que ocurre realmente es que los riesgos que asume Sánchez, los corremos el común de los ciudadanos. 

No es el presupuesto lo que se negocia, es la Constitución

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