Lunes 10.12.2018

Competencia e incompetentes

Asisto perplejo, aunque no desprevenido, a los lamentables actos de violencia protagonizados por el gremio del taxi y a la torpeza de todas las autoridades que han intervenido en este asunto, que atenta contra dos pilares del sistema económico occidental que conocemos como economía libre de mercado, la libertad de empresa y la competencia.

Ambos principios vienen siendo conculcados desde hace algún tiempo por el gremio del taxi y consentidos por las autoridades que deben velar por el buen orden administrativo que rige la actividad económica y establecer normas justas para el funcionamiento regular de las empresas.

La pretensión gremial del taxi es que nadie entre en concurrencia con ellos. Ante la monstruosidad de este planteamiento han establecido el avasallamiento como norma de conducta y una piadosa concesión a los nuevos concurrentes en forma de cuota de mercado proporcional, que con rara unanimidad se ha fijado en una licencia para los nuevos operadores por cada treinta licencias de taxi.

El despropósito, que parece aceptado por autoridades de todos los niveles administrativos, lleva al absurdo de que allá donde más taxis haya, habrá también más coches de los nuevos operadores, con lo que la concentración de la oferta se hace forzosa. No es una paradoja, la proporcionalidad, cualesquiera que sean las cifras de la proporción, lleva directamente a la estupidez económica.

Pero hay un absurdo anterior y más serio. ¿Alguien ha oído que los bares, las farmacias, las zapaterías o las droguerías limiten el establecimiento en sus proximidades una tienda de su mismo gremio? A propósito de las farmacias, hubo un tiempo en el que su apertura obligaba a una distancia, creo recordar que eran 400 metros, respecto a las ya establecidas. Aquí se trataba de un corporativismo de los instalados  que la fuerza de los hechos  acabó por derribar, aunque el Tribunal de Defensa de la Competencia, con Miguel Ángel Fernández Ordoñez y, posteriormente, con Amadeo Petitbó, se empleó a fondo para romper el oligopolio colegial.

Los taxistas no sé si han reparado en que no quedan coches de punto, tílburis o landós para transportar a los transeúntes de las ciudades, salvo unos cuantos para turistas nostálgicos. Fueron desplazados por los coches a motor que dimos en llamar taxis, seguramente con el disgusto y la ofuscación de los cocheros de punto.

En este proceso entre lo retrógrado gremialista y la competencia libre, las autoridades estatales no saben qué o cómo hacer y lo primero que se les ocurre en quitarse el problema de encima, disgregando la normativa entre comunidades autónomas. Éstas, a no dudar,  lo harán con los ayuntamientos. En los más pequeños, los nuevos operadores serán proscritos.  Para algunos partidos pescadores de aguas revueltas, apoyo cerril a los taxistas, que es lo cómodo y lo popular. Es tan castizo el taxista.

Hay hasta una sentencia judicial que aboga por mantener el sistema que propone el gremio del taxi. Es para dudar de los conocimientos de derecho de la competencia del juez que la dictó Tenemos algunos eminentes expertos en esta materia en España. Me acuerdo ahora de Carlos Fernández Lerga, de José Eugenio Soriano, por darles pistas.

Hagan algo más que quitarse el problema de encima, aunque sean vacaciones.

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