Martes 16.10.2018

Con frecuencia las mujeres nos vemos atrapadas en una espiral del silencio. Cuando permanecemos calladas hay personas que intentan ayudarnos diciendo: “¿por qué no hablas?”, “si hablases serías libre”, “si tomaras la iniciativa serías más exitosa”, “¿será que no eres consciente de lo que te está pasando?”, “¿no será que te importa demasiado lo que puedan pensar los demás de ti si te atreves a nadar a contracorriente?” Avergonzadas de nosotras mismas por estos consejos, un día cualquiera nos decidimos a hablar, aunque sospechamos que el éxito y la libertad no vendrán cuando abramos la boca. Sospechamos que hay todo un entramado social que se interpone entre nosotras y la justicia. Sospechamos que ese entramado está escondido tras la mentira de que sufrimos porque queremos.

Al fin hablamos, y cuando lo hacemos llega la condena social (que con frecuencia no se queda en meras palabras): “menuda histérica”, “arpía mentirosa”, “eres demasiado emocional, exageras”, “tienes mucho ego, demasiada ambición”. Lo habitual es que entonces decidas replegarte: vuelves atrás asustada y la próxima vez te lo piensas dos veces antes de hablar. Puede que tras algunos intentos infructuosos de tomar la palabra, te quedes callada dentro del agua mientras se va calentando lentamente. Cuando intentas gritar es demasiado tarde. Entonces dicen: “¿por qué no habló?”, “ella consintió”, “le faltó iniciativa”, “era demasiado sumisa”, “estaba cegada por las emociones”, “le faltaba formación para comprender lo que estaba pasando”.

El testimonio de la cesárea de Judith ilustra el funcionamiento de esta espiral del silencio:  “He tenido más de una mala experiencia con los médicos, tal vez porque soy panameña y hablo con un acento distinto, así que muchas veces veo que los médicos no me entienden y se ponen nerviosos al ver que tienen que perder más tiempo de lo normal hablando conmigo. Desde que esperaba en la sala para entrar a la cesárea ya estaba asustada. Soy una mujer con endometriosis y acostumbro a pasar mucho dolor cuando me hacen pruebas ginecológicas, y en esta ocasión iba a entrar a quirófano. Intentaba no ser quejica, no molestar: como me han dicho tantas veces que me quejo mucho…No podía evitar temblar de los nervios. Desde el principio ellos me estaban tratando como una mujer histérica. No esperaron a que yo me calmara cuando entré en quirófano. Comenzaron a decir que estaba histérica y me querían inyectar la epidural sin calmarme antes. Lo hacían todo muy rápido y no era una cesárea de urgencia. Podían haberme dado cinco minutos mientras yo me calmaba. Yo estaba muy temerosa, no paraba de temblar y la anestesista me gritaba muy enfadada que me estuviera quieta. Me la pusieron mal, mi pierna se levantó y luego me dijeron que había sido por mi culpa, por no quedarme quieta. Después de esto no me quedaron ganas de molestar. Me decía a mi misma: “relájate y no preguntes muchas cosas porque vas a ponerles nerviosos y te van a tratar mal y tú estás en manos de esa gente”.

“Después de que me sacaran al bebé, cuando llegué a la camilla, estaba muy cansada y comencé a sentir que se algo estaba saliendo por mis partes. Yo me decía que eso sería el liquido amniótico (o cualquier cosa, porque yo no entiendo de esto). Sentía que me desmayaba y quería preguntarles a ellos qué me ocurría pero el miedo a no ser demasiado paranoica y a molestar me hacía permanecer callada. Sentía cosas extrañas, pero tenía tanto temor que me quedaba callada. Y seguía sintiendo aquella extraña sensación. De pronto comencé a sentir como si me salieran coágulos. Entonces intenté hablar, pero estaba tan debilitada que sentía que no salían las palabras, y yo me decía: “eso es normal, eso es normal Judith: no preguntes porque vas a molestar”.

“Gracias a Dios pasó por allí una enfermera y se dio cuenta de que yo me estaba desangrando y tocaron un botón de emergencia que había al lado de la camilla. Llegaron los médicos y me comenzaron a poner cosas (imagino que para que dejara de salir la sangre). Estaban debatiendo meterme otra vez al quirófano. Mientras me atendían me dijeron que lo que me estaba pasando era por mi culpa, por no avisar. Yo me estaba desangrando y ellos me decían que era por mi culpa, porque yo no había dicho nada. Estaban haciéndome cosas ahí abajo y yo me di cuenta de que podía morir, de que podía haber muerto, por el miedo a preguntar qué me estaba pasando, por no molestar. Me hubiera podido morir por eso.  No les avisé de que me estaba desangrando por miedo a que se enfadaran y me trataran mal. Yo pienso, y creo que muchas mujeres lo pensamos, que lo que tengo que hacer cuando entro al médico es quedarme calladita y esperar. Como cuando llegué me dijeron que me callara, que me estuviera quieta, que me quedara tranquila, que soy muy nerviosa…”

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