miércoles 22/9/21

Apago el televisor, desenchufo la radio, cierro los periódicos, desconecto el móvil… Solo quiero silencio.

Me siento abrumada con tanta sobreestimulación sensorial, mi mente necesita unas vacaciones, pero su parte más racional la vuelve a confinar entre los barrotes de la sobreinformación. Visualizo mi cabeza como un cenicero que vacío en el cubo de basura, pero al volver a colocarlo en su sitio, ya está de nuevo repleto. Es como un volcán en erupción cuya lava se desborda y arrasa por donde pasa, luego tendré que recoger las cenizas.

Las ideas se amontonan frenéticas, se empujan, se gritan unas a otras y siento mi cerebro como un gran atasco donde los conductores no paran de pitar y dar las luces porque no avanzan, porque están estancados, y en el mundo de las prisas no se puede parar. Las señales de stop y de ceda el paso han desaparecido porque las ha absorbido una espiral de urgencia y premura. La rueda de la vida debe seguir girando continuamente a un ritmo cada vez más vertiginoso y egoísta.

Mis sinapsis neuronales echan chispas pero no las habituales de los impulsos nerviosos; en el fondo de mis ojos se pueden apreciar unos anárquicos fuegos artificiales, así que en breve percibiré el olor a chamusquina, pero seguramente será otro conato que no alcanzará el estatus de incendio, de momento…

La tensión que excede a mi mente rebosa y recorre mi espina dorsal, bloquea mis vértebras una a una, siento cómo se contraen y, así, incluso pierdo unos centímetros de altura. La rigidez se extiende por todos mis músculos hasta que mi cuerpo se convierte en un autómata sobre un cable de funambulista. ¿Hasta cuándo mantendré el equilibrio? El cable está tan tenso como yo, pero consigo dar el siguiente paso y, mientras, a mi alrededor, veo cómo se van tejiendo más cables poblados de nuevos autómatas. Si miro abajo no distingo el suelo, está repleto de cuerpos caídos, amontonados; el equilibrio es tan efímero que finalmente caeremos todos, sin excepción. Pero siempre habrá más para tomarnos el relevo.

«Aquí y ahora, aquí y ahora», me digo. Sin embargo, a mi mente mis intenciones se la traen al pairo, prefiere pivotar entre el presente y el pasado como en un partido de tenis en el que yo no soy la jugadora y ni tan siguiera la jueza de línea, apenas estoy entre el público como mera espectadora y, además, sentada en la última fila.

Quizá dormir pueda albergar una solución temporal en la que el mundo onírico dé cobijo a mis ansias de desconexión, pero mi sobresaturada consciencia es como un enorme luchador de sumo que se ha posicionado estratégicamente en ese delicado punto entre la vigilia y el sueño bloqueando mis más fervientes deseos. Por desgracia, sé que cuando venga en mi rescate mi querido Morfeo y me permita sucumbir a él, mi voluminoso enemigo me aplastará entre agitadas pesadillas de las que tenga la necesidad imperiosa de despertar.

Entonces, el reinicio necesario para continuar mínimamente estará servido y podré deambular por la autopista de la información instantánea, de la vida en directo, del consumo incesante, de las relaciones virtuales…, cuyo continuado mal uso me hará desembocar inevitablemente en la senda de los valores perdidos, esa que ya me conozco tan bien que podría recorrer con los ojos cerrados.

Si todo esto alberga mi mente con los dispositivos electrónicos apagados, mejor los vuelvo a encender y me sumerjo en el narcotizante influjo de la idiotización. Así, la lava reaparece, los atascos y los autómatas también, las chispas se han transformado en incendio y mi luchador de sumo se ríe sarcásticamente. Ya estamos todos.

SagrarioG
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