lunes 16.12.2019

Las noticias de un mundo de locos

Aurora puso la televisión para ver las noticias, no sin cierta desgana, sabía de sobra que terminaría harta y mosqueada por el caos de mundo en que vivía.

Nuevas elecciones el 10 de noviembre. Uff, tenía que darse prisa para darse de baja en el envío de propaganda electoral o la asediarían a cartas que costarían una pasta y acabarían en la basura. Se conectó a la sede electrónica del Instituto Nacional de Estadística y vio complicado poder conseguir su objetivo porque las gestiones resultaban bastante enrevesadas.

Mientras se perdía en la insufrible burocracia española a la que le era indiferente que los trámites fueran electrónicos, escuchó algunas ilógicas críticas a Greta Thunberg. La verdad es que no le sorprendió en absoluto, como tampoco lo hacía el hecho de que esta chica sueca mostrara más madurez y cordura a sus 16 años, en su cruzada contra el cambio climático, que un presidente de los Estados Unidos cegado por la codicia y las ansias de poder.

Claro que sobre este último fue la siguiente noticia, no solo por su llamada al presidente de Ucrania para tratar de desacreditar al que fuera su rival político, Joe Biden, sino también por presionar al primer ministro australiano para su beneficio político. Donald Trump en su línea, y con un improbable impeachment, pero con posibilidades de reelección. El mundo al revés.

Era terrible escuchar nuevas noticias sobre violencia machista, hombres que asesinaban a sus parejas o exparejas delante de sus hijos o también se llevaban la vida de estos por delante. Y lo peor es que cosas de este tipo ocurrían día sí y día también, pero evidentemente era algo a lo que era imposible acostumbrarse por mucha incidencia que tuviera. Y, mientras, los partidos de extrema derecha negando la existencia de este tipo de violencia y criminalizando el feminismo, un movimiento más que necesario, pero qué se puede esperar de la irracionalidad inherente al fascismo.

El tema de Cataluña le entristecía enormemente, era una pena ver la radicalización que generaba el hecho de que la gente se centrara más en lo que nos separa que en lo que nos une. Esa ha sido siempre la historia de nuestra humanidad, luchas y guerras por la intolerancia, por intentar imponer nuestro criterio, sin valorar el de los demás y sin querer entender que la convivencia es posible por encima de las diferencias, porque estas, además, nos enriquecen. La diversidad siempre enriquece.

De repente, una buena noticia, los restos del dictador Franco parecía que sí iban a salir del Valle de los Caídos, ojalá se materializara lo antes posible, no fuera que la derecha finalmente se alzara con el poder e hiciera todo lo posible por detener la exhumación, igual que se encargaba de tratar de paralizar o revertir medidas tan beneficiosas como “Madrid Central”, entre otras muchas.

La previsión meteorológica también resultaba alentadora, tras los estragos de la gota fría en el sureste de España que había habido en septiembre, octubre daba comienzo con unas máximas en torno a los 30 grados. Se preguntó cómo estaría llevando ese calor la gente que lo había perdido todo o casi todo por los más que evidentes efectos del cambio climático. Claro, que si los que lo sufrieron el año anterior todavía no habían recibido las ayudas correspondientes, estos últimos tendrían que tirar de una paciencia infinita, aparte de sus propios recursos, para tratar de salir adelante.

Mientras se mosqueaba más si cabe por no poder finalizar el trámite electrónico, ya que antes le tenían que enviar por correo postal una clave, pensó si, en las próximas elecciones, le volvería a tocar mesa electoral. De ser así, ya sería la tercera vez que le estropearían un fantástico domingo de descanso, y todo porque entre los políticos primaba más su propio interés que el de los españoles a los que decían querer representar, menuda panda de hipócritas. A ver si a alguno de esos lumbreras se le ocurría cambiar el procedimiento de asignación a las mesas electorales y permitir que personas más necesitadas de los 65 € de retribución se presentaran voluntarias para acometer tal función. ¿Acaso no sería más lógico algo así que hacerlo por obligación cuando los propios políticos no cumplían con sus obligaciones más básicas?

Se quedó pensando en esto último mientras apagaba la televisión con su más que vaticinado mosqueo, pero llegó a la conclusión de que no. Si tocaba fastidiarse y volver a votar, también tocaría fastidiarse nuevamente todas las veces que fuera necesario para ocupar mesa electoral por obligación.

Su último pensamiento fue “quien fuera bella durmiente y despertar cuando todo estuviera arreglado”, pero luego pensó que entonces no despertaría nunca.

SagrarioG
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