miércoles 22/9/21

Días de trueno

Cañada Real. | CAM
Cañada Real. | CAM

Las previsiones meteorológicas eran claras: tarde de tormentas y probables granizadas, así que el plan era quedarse en casa. Tras una comida ligera y una breve pero reparadora siesta, encendió el gas y se preparó un té, se notaba que la temperatura empezaba a caer y el calor de la taza entre las manos era un recurso habitual más que bienvenido. Los mitones se veían bastante ajados, pero cumplían su función; por suerte, tras un duro y frío invierno sin electricidad, la llegada de la primavera suavizaba unas temperaturas que apenas variaban entre el exterior y el interior de lo que muchos llamarían infravivienda. Sin embargo, para ella era su hogar, ya que era lo único que había conocido desde que naciera.

Limpiar el moho de las manchas de humedad de las paredes era uno de sus cometidos habituales, así como recoger cartones para cambiar los que sustituían a los ausentes cristales de las ventanas cuando se iban deteriorando, también solía cocinar y cuidar de sus hermanos de tres y cinco años. Con doce recién cumplidos, Yaiza había asumido una serie de funciones nada habituales para una niña de su edad; por fortuna, asistía a clase de manera bastante habitual y eso le gustaba mucho. De mayor quería ser veterinaria.

Recordaba el temporal de nieve de enero bautizado con el nombre de Filomena, nunca había visto caer tanta nieve ni sentir tanto frío. El disfrute durante el primer día tirando bolas y haciendo muñecos de nieve había contrastado con el intenso frío, sobre todo por la noche, donde el peso de las mantas la había obligado a permanecer en la misma posición durante horas. Cambiar de postura no era una opción porque, además, las sábanas estaban demasiado frías en esas zonas que no calentaba su cuerpo y ese calor era un recurso demasiado preciado como para desperdiciarlo.

Un fuerte viento apareció súbitamente, todo tipo de papeles y envoltorios revoloteaban de acá para allá. La tormenta se acercaba y el primer trueno no se hizo esperar; a continuación, varios relámpagos iluminaron un cielo denso y plomizo que parecía a punto de derretirse. Yaiza alzó la vista con la esperanza de que lo que se avecinara no hiciera demasiados estragos en su ya maltrecha casa, pero el tiempo había decidido no ser clemente y descargó agua con esa furia que nunca tiene en consideración lo que se halla a su paso. Poco después se transformó en granizo.

Mientras Yaiza calmaba los lloros de sus hermanos, se afanaba en colocar botes y cubos bajo las nuevas goteras que iban surgiendo. Sabía que al día siguiente tendría que volver a limpiar infinidad de manchas de humedad y seguramente haría falta cambiar todos los cartones. Tan solo fueron diez minutos de tormenta, pero de una intensidad desmesurada. Cuando amainó, se dispuso a recoger el agua que había entrado en el interior, poco después su madre regresó y entre las dos terminaron de adecentar la vivienda como buenamente pudieron.

El día había tenido de todo: un amanecer pintado con trazos de una niebla ligera, luego había asomado la fuerza del sol entre unas débiles nubes y, por la tarde, la fuerte tormenta y el granizo habían sacudido el poblado y refrescado el ambiente. Por lo menos ahora el sol volvía a mostrarse con esa cara amable que a la joven tanto gustaba, así que tendría un rato para poder jugar con los otros niños. Además, seguramente hoy las ratas estarían cobijadas y no tendría que andar esquivándolas, aunque eso apenas la preocupaba porque estaba más que acostumbrada a su presencia. Las cucarachas eran un tema aparte, por muy vistas que las tuviera, no le hacían ninguna gracia, en especial cuando las veía campar a sus anchas por las paredes y suelos de su casa. Había temporadas en que era complicado deshacerse de ellas y la mayoría de las noches, antes de irse a dormir, no le quedaba más remedio que «ir de caza» para tener una noche tranquila.

Se encontró con sus amigas donde siempre, todas habían tenido desperfectos en sus casas en mayor o menor medida y su correspondiente trabajo posterior. A pocos metros de ellas, los Mercedes y BMW relucían sobre el barro y los trapicheos recuperaban su ritmo habitual. Solo era otro día más en la Cañada Real.

SagrarioG
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