Domingo 09.12.2018

Valores efímeros

¿Qué sucede cuando coges un buen resfriado, de esos en los que no notas los sabores de la comida? Resulta que comes algo muy rico y no te sabe a nada, así que te da una rabia tremenda. Cuando vas mejorando y empiezas a percibir el gusto de la comida, casi gozas con ello como si fuera la primera vez que lo degustaras, pero luego se te olvida rápidamente lo maravilloso que es disfrutar de una capacidad gustativa a la que estás más que acostumbrado. Ese es uno de nuestros valores efímeros, pero tenemos muchos más.

Hay un dicho muy conocido que reza que no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos, y algo tan sencillo como el ejemplo anterior nos muestra la razón de este dicho. Pierdes el sentido del gusto pero, si lo recuperas, solo lo valoras brevemente. Te pones enfermo pero, si te restableces, valoras la salud brevemente, a no ser que tu enfermedad sea más grave o de larga duración, que entonces aprecias tu salud mucho más pero, quizás, al final no de forma permanente.

Otra cosa es perder a un ser querido, porque eso es algo que ya no tiene solución, pero si la persona solo se marcha por un tiempo lejos de ti, es posible que el reencuentro sea memorable, aunque quizás la relación luego pueda tornar a un contacto esporádico.

Estamos tan habituados a ver, que no valoramos el hecho de no ser ciegos; estamos tan acostumbrados a oír, que no apreciamos el hecho de no ser sordos; estamos tan hechos a andar, que no estimamos el hecho de tener unas piernas o, por ejemplo, no tener una dolencia tipo ciática que nos genere dolor o nos limite la movilidad y, por tanto, nuestra autonomía.

Generalmente, nuestra vida transcurre con una concepción hegemónica de nuestras propias capacidades habituales que hace que, muchas veces, las creamos permanentes, pero ¡ay! si llega el momento en que eso deja de ser así. Seguramente, miraremos hacia atrás pensando en lo que fue y ahora ya no es, y esa terrible sensación de pérdida se nos haga un obstáculo prácticamente insalvable.

No solo no somos conscientes de todo lo que tenemos y no lo valoramos como deberíamos, sino que también nos quejamos por aquello que no tenemos, por ejemplo, a nivel material: deseamos una casa más grande, queremos tener más dinero en el banco; o fuera de lo material, nos gustaría tener una mejor relación con nuestro padre, estar más delgados, etc. Sin embargo, no nos paramos a pensar en que tenemos una casa donde vivir, dinero para poder comer, un padre con el que hablar o un cuerpo sano debajo de esos michelines que no nos hacen gracia. Hay mucha gente que ni tan siquiera tiene eso.

Las carencias engendran anhelos, pero ¿realmente necesitamos todo lo que anhelamos? La respuesta es, obviamente, no. Está muy bien aspirar a cosas mejores, pero siempre y cuando eso no nos haga sufrir por su carencia y nos haga obviar todo lo que ya tenemos que, posiblemente, sea mucho, pero esté inmensamente infravalorado por nuestra parte.

Vivimos en la cultura de la inmediatez y de la queja, es decir, quiero esto y lo quiero ya, y si no lo tengo, me quejo por no disponer de ello, ahí una enorme fuente de insatisfacción. Claro que también están los quejicas crónicos, que son aquellos que no están conformes con nada y cualquier cosa es motivo de queja para ellos, ya sabes, si llueve porque llueve y si hace sol porque hace calor; da igual el tiempo, siempre se van a quejar. Este tipo de personas, que cada vez proliferan más, merecen una mención especial por la toxicidad que generan, por lo que resulta imperioso huir de ellos porque, con sus quejas, alimentan un estado de ánimo muy negativo que termina robándonos nuestra energía. Además, se caracterizan por ser bastante inmovilistas ya que no hacen nada por cambiar su situación. Si no estás conforme con algo, no te pases la vida quejándote por ello, toma medidas para cambiarlo y así terminarás con el motivo de tu queja.

¿Quieres un trabajo mejor que el que tienes y eso, aparte de ser motivo de queja, te quita el sueño? Piensa en todo lo bueno que ya hay en tu trabajo, mientras tanto, busca otro trabajo que te pueda satisfacer más, y dormir bien por las noches será un añadido más a esa lista de cosas que deberías valorar.

¿Te quejas de la falta de tiempo? No lo sigas perdiendo con quejas estériles o con actividades inútiles, que posiblemente las haya, aprecia todo lo que has podido hacer hasta ahora y, por ejemplo, enfócate en planificarte mejor.

¿No estás satisfecho con tu vida? Busca todos los motivos de satisfacción que hay en ella, porque los hay, y cambia tu enfoque de lo insatisfactorio a lo satisfactorio, más que nada por la cuenta que te trae de cara a tu felicidad, y haz que esos valores efímeros dejen de serlo.

Si, aun así, te sigues caracterizando por la insatisfacción y la queja, guárdatelo para ti y no lo compartas con el resto del mundo porque a mí, personalmente, no me interesa.

SagrarioG
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