Domingo 19.05.2019

Dejen salir antes de entrar

Un viaje en transporte público en Madrid puede ser toda una aventura, de hecho, por ejemplo, coger el metro en hora punta hasta puede llegar a convertirse en un deporte de riesgo. Claro, que si tenemos en cuenta que nos tienen que recordar continuamente eso de “dejen salir antes de entrar”, es normal que el riesgo esté asegurado. Me pregunto si sucederá lo mismo en el transporte público de otras ciudades del mundo.

Este tema me plantea otra serie de cuestiones:

Cuando vas a salir del vagón, pero ves complicado tu objetivo porque los de fuera ya han decidido entrar, es decir, que han obviado la obviedad de “dejen salir antes de entrar”, ¿es porque leen en los que van a apearse un cartel de “se traspasa”?

¿Por qué no tenemos ninguna prisa en desocupar un asiento cuando hay mucha gente de pie y, sin embargo, cuando vemos uno libre parece que nos hayan puesto un petardo en el trasero para tratar de ocuparlo? En este caso, son reseñables algunas personas, especialmente de cierta edad, que activan el modo “lucha libre” y caen sobre el asiento como si de un contrincante se tratara.

Bastante problemático es cuando amanece un día lluvioso y los tristes mortales no acostumbrados a llevar paraguas lo portan otorgándole el estatus de arma blanca, aunque esté cerrado. Los que más miedo suelen generar son los que llevan paraguas grandes sin ninguna delicadeza y van alegremente pinchando piernas y culos, y sacando ojos varios. Quizás estaría bien impartir un curso sobre cómo llevar un paraguas cuando no estás solo.

Cómo no hablar del olor matutino de aquellos que han preferido estar un rato más en la cama que pasar por la ducha para así traumatizar a los pobres compañeros de viaje que sí han hecho sus deberes robándole unos minutos a su sueño. Además, el binomio mal olor y barra asidera en el techo son una muy mala combinación, pueden llegar a provocar estampidas incluso donde parecía que no cupiera ni tan siquiera un alfiler, añadiendo además nefastas consecuencias de aplastamiento.

Escuchar música sin auriculares, otra cuestión destacable. Vale que al aficionado a la música en cuestión le guste tanto que desee compartirla con el resto del mundo o, en este caso, con el resto del vagón, pero lo más seguro es que los demás viajeros no opinen de la misma manera. Imagínate si sucediera esto con los innumerables lectores que deciden pasar su tiempo de tránsito inmersos en la lectura, como todos decidieran compartir sus textos en alto con el resto del vagón, el trayecto se podría convertir en una auténtica locura.

Las temibles mochilas, esas que adquieren vida propia en las espaldas de sus dueños e instauran el terror en los vagones más concurridos. Sus portadores casi no lo notan, pero, a sus más mínimos movimientos, los viajeros de alrededor sufren ese repaso mochilero que añade otro ingrediente más, quizás la guinda, a un delicioso viaje en transporte público en hora punta.

Hemos tenido campañas contra el despatarre masculino, también conocido como “manspreading”, que alude a una norma básica de civismo al sentarse que nada tiene que ver con el tamaño de los atributos de los hombres. También se pide a la gente que, si un vagón está muy lleno, intente pasar al fondo y no quedarse en las puertas obstaculizándolas, y que esto suceda, a veces se puede entender si la persona en cuestión se va a bajar en la parada siguiente, pero no siendo así, puede ser todo un misterio desvelar su motivo lógico.

Hay veces en que el volumen de masa humana justifica la incapacidad para poder respetar el espacio vital de cada persona, es decir, aquel que oscila entre 20 y 40 centímetros alrededor de la cara. Un espacio limitado y un numeroso grupo de personas, y ya lo tenemos, que es lo que sucede frecuentemente en los habitáculos de transporte público. De hecho, recuerdo una ocasión en que viajaba en tren con una compañera de facultad, el vagón estaba tan concurrido que casi hubieran hecho falta empujadores, como en Japón, para poder cerrar las puertas. Cuando llegábamos a nuestro destino, mi compañera quiso sacar su abono transporte del bolsillo frontal de su cazadora vaquera, con el gran acierto de meterle el dedo en la oreja a una de las seis personas que estaban pegadas a ella. Afortunadamente y después del agobio, el hecho quedó en una anécdota graciosa.

Por fortuna también, hay otras ocasiones en que sí hay espacio de sobra, que también sucede, aunque siguen existiendo personas empeñadas en invadir ese espacio vital de los demás con una injustificada cercanía corporal, con un periódico, con un libro, con ese temido paraguas o con aquella terrible mochila, o con cualquier tipo de dispositivo electrónico que aproximan en demasía al pobre e indefenso invadido.

Quizás, en algunos casos, una situación de este tipo tenga lugar por despiste, pero, en otros, se produzca por esa falta de consideración que gastan aquellos a los que va directamente dirigido el mensaje de “dejen salir antes de entrar”. A todos ellos, les pediría encarecidamente que aprendieran a viajar con más gente a su alrededor, en caso contrario, hagan el favor de quedarse mejor en su casa.


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