domingo 21.07.2019

Alicia fuera del País de las Maravillas

Alicia había regresado del País de las Maravillas después de varios años de bucólico letargo en los que se había olivado por completo del mundo real y sus sinsabores. Decidió regresar porque, como le suele pasar a la mayoría de los humanos, al final se acabó hartando de todo, aunque fuera idílico. Qué le vamos a hacer, forma parte de nuestra absurda naturaleza, nunca estamos conformes con lo que tenemos, por bueno que sea.

Sabía que, si atravesaba el espejo, posiblemente no podría volver a pisar el País de las Maravillas, pero aun así lo hizo, y se dio de bruces con un mundo más deteriorado de como ella lo había dejado tantos años atrás.

Enseguida notó el peso de los años, ese que carecía de importancia en el mundo de fantasía. Se dio cuenta de que ya no era tan joven y que algunos kilos de más se habían asentado alrededor de su cintura y sus muslos, además, se cansaba al caminar, lo que evidenciaba su baja forma. Nada más atravesar el espejo, este le devolvió el reflejo de un rostro que no se había podido resistir al paso de los años, había perdido parte de su tersura y unas cuantas arrugas no habían pedido permiso para abrirse paso.

No había hecho más que regresar y ya se estaba arrepintiendo. “Maldita la hora”, pensó. Sin embargo, Alicia desconocía que lo mejor estaba por llegar, entendiendo como cruel eufemismo la palabra mejor.

El olor a polución fue lo primero que chocó contra su cara, hizo su indeseada aparición de manera descarada nada más salir a la calle para, acto seguido, descubrir una atmósfera gris, antaño olvidada. No solo el añorado esplendor del sol estaba sepultado bajo unas densas nubes, sino que la contaminación hacía del cielo un entorno entre grisáceo y cetrino. Qué contraste tan duro, el País de las Maravillas tenía esa atmósfera tan límpida, tan llena de vivos colores que parecían recién pintados con vistosas témperas.

Había mucha gente y demasiado tráfico. Alicia, se había quedado parada en medio de la acera con la boca abierta por el desagrado y un hombre pasó muy rápido junto a ella, iba esquivando a otros transeúntes sin ningún cuidado, empujando a aquellos que se encontraban en su trayectoria, incluida ella, que pegó un respingo y luego se volvió a sobresaltar cuando él escupió sonoramente y sin cuidado en el suelo, muy cerca de sus pulidos zapatos. En ese momento, habría deseado ser Dorothy en el mundo de Oz y chocar tres veces el dorso de sus zapatos para salir de aquel lugar.

Todo el mundo avanzaba rápido, con expresiones serias y rostros acordes al color plomizo del cielo. Por un momento, Alicia evocó los hombres grises de Momo, aunque estos de ahora seguramente no querrían robar el tiempo, sino avanzar a su misma e inexorable velocidad.

Una pantalla gigante de televisión llamó su atención en uno de los edificios más altos, algunas personas la miraban con gesto de indiferencia, en ella se emitían noticias de diferentes partes del mundo. Alicia descubrió con horror que las consecuencias del cambio climático ya eran irreversibles y había lugares que se habían vuelto inhabitables. También pudo ver cómo otras zonas habitadas albergaban guerras y pandemias. No daba crédito, parecía que el mundo estaba abocado a su fin, irremediablemente, y era la segunda vez que abría la boca en poco tiempo, esta vez, no por el desagrado, sino por la incredulidad.

Comenzó a andar despacio, se llevó las manos a la cabeza de manera inconsciente mientras se preguntaba cómo el mundo podía haber llegado a tan extrema situación. En su lento e indolente caminar vio un atraco a una tienda y varias agresiones en la calle, y así volvía a abrir la boca una y otra vez mientras que el resto de las personas pasaban de largo sin apenas mirar lo que sucedía y, si alguno lo hacía, era para tomar alguna fotografía con su móvil.

Alicia no quiso ver más, tenía que regresar al País de la Maravillas de inmediato, volver a atravesar el espejo y dejar ese terrible mundo atrás. Sin embargo, ¿podría volver a utilizarlo? Desconocía si había agotado el número de veces que se podía atravesar, pero tenía que volver a intentarlo. Regresó a la casa abandonada y polvorienta de la que había salido y que albergaba el espejo, se puso frente a él y, cuando estaba a punto de intentar atravesarlo, todo empezó a temblar a su alrededor. Se acababa de desatar un fuerte terremoto.

Alicia vio con pavor cómo el espejo se desprendía de su soporte y, en un extremo acto reflejo, saltó hacia él sin saber si llegaría a tiempo y si lo atravesaría o se estrellaría contra él. Por fortuna, lo travesó instantes antes de que se desplomara sobre el suelo y se hiciera mil pedazos. Lo había conseguido, había regresado al País de las Maravillas y, cuando miró atrás, solo pudo ver reflejado en los fragmentos dispersos cómo el otro lado también se hacía trizas.

Sin el espejo jamás podría regresar, pero qué más daba, en breve no habría ningún lugar al que volver, desgraciadamente. Entonces salió al exterior, sintió con enorme alivio el aire limpio en su rostro y contempló con lágrimas en los ojos los vivos y maravillosos colores del paisaje, además, volvía a sentirse joven, ligera y tremendamente feliz. Sabía que esta vez disfrutaría totalmente del País de las Maravillas.

Un conejo muy familiar pasó con premura frente a ella enseñándole su reloj, Alicia se apresuró, no quería llegar tarde a la hora del té.

SagrarioG
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