jueves 24/9/20

El pasado martes hubo en Lisboa uno de esos acontecimientos por los que merece la pena interrumpir las vacaciones. Ya saben mis lectores que a uno cada día le cuesta más eso de desplazarse desde su finca, en la paz del campo alentejano, a la ciudad, por mucho que ésta sea tan incomparable como nuestra hermosa Lisboa. La ocasión, sin embargo, justificaba con creces el esfuerzo. Tomé el autobús en Alcácer do Sal bastante temprano, apenas concluido en el bar frente a la estación un excelente desayuno en el que no me faltaron un par de bolos de arroz y un buen galão, que es como nosotros llamamos al café con leche. El viaje fue rápido, apenas con una parada intermedia en Palmela. Llegué a tiempo para ir a almorzar sin prisas al Grémio Literário. Luego, una no tan breve siesta en mi piso, en la avenida Defensores de Chaves, para llegar a tiempo y con renovadas fuerzas, al Museo das Janelas Verdes, donde frente al incomparable tríptico del Bosco, Las tentaciones de San Antonio, se presentaba el nuevo libro de Luis María Marina, que ha querido titular, precisamente, Las tentaciones de Lisboa.

En el acto intervendrían varias figuras fundamentales de la cultura portuguesa. En primer lugar, el activísimo director de Janelas Verdes, António Pimentel, que en los últimos años ha dado un nuevo impulso al museo de arte antiguo, abriéndolo de par en par a las redes sociales e integrando sus exposiciones en las corrientes museísticas más avanzadas. Luego, el nuevo director Javier Rioyo, de conocidísima trayectoria literaria, periodística y cinematográfica, que en unos pocos meses ha sido capaz de resucitar ese casi cadáver que hasta su llegada había sido el Instituto Cervantes de Lisboa.  Después, Eduardo Lourenço, uno de nuestros más profundos pensadores, quien a sus más de noventa años sigue analizando con extraordinaria lucidez los males que padece la sociedad portuguesa. Por último, nuestro gran Nuno Júdice, uno de los mejores poetas ibéricos contemporáneos, cuyos versos harían muy bien los lectores en disfrutar con la asiduidad necesaria.

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Todos ellos hablaron del incomparable cuadro del Bosco y del irrepetible libro del poeta y diplomático Luis Marina, mientras el heterogéneo auditorio compuesto por españoles y portugueses, en el que se juntaban los trajes formales con alguna que otra pelambrera teñida de colores ácidos, seguía las intervenciones contemplando al mismo tiempo las alegóricas e inquietantes figuras ideadas por el Bosco. El cuadro, al igual que el libro, está hecho con la misma materia con la que se fabrican los sueños. No es que la vida sea sueño, como descubrió Calderón. Se trata de dar un paso más para alcanzar una definición mucho más shakesperiana: nosotros mismos somos los sueños. Sin embargo, como Luis Marina muy acertadamente señaló, conviene no olvidar que es sutilísima la frontera que separa –o que tal vez junta– el sueño y la pesadilla.

Quiso también Luis Marina recordar muy especialmente uno de los pequeños apartados en los que ha dividido su obra, en el que recuerda el paso de Mircea Eliade por Lisboa y su encuentro, en 1944, con Carl Schmitt. Visitaron ambos esta misma sala en la que se expone el cuadro del Bosco, durante más de una hora. Hablan de esa Europa en llamas en la que los intelectuales alemanes se concentran en analizar, precisamente, las obras del Bosco, mientras a su alrededor millones de seres humanos pierden la vida. Y habló Luis Marina de aquella locura autodestructiva en la que Europa estuvo embarcada, cuando miles de bombas caían sobre Berlín, París, Bucarest o Brasov, y también de la propuesta que en aquellos momentos Eichmann hizo llegar a Winston Churchill para canjear la vida de un millón de judíos europeos por una adecuada contraprestación económica.

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