sábado 26/9/20

Los lisboetas hemos tenido el privilegio de disfrutar a Joaquín Achúcarro, uno de los más extraordinarios magos del piano, en nuestra ópera de São Carlos durante nada menos que dos semanas. Con acontecimientos de este calibre, a uno se le olvidan las penas y –aunque no del todo– se le diluye la amargura de su carácter siempre criticón y profundamente quejica, al comprobar que nuestras renqueantes instituciones culturales, a pesar de las crisis económica, social y moral en las que estamos inmersos, consiguen todavía organizar encuentros de esta envergadura.

El gran maestro vasco ha tocado cuatro conciertos –cada uno más memorable que el anterior– acompañado de nuestra orquesta sinfónica nacional, dirigida por una extraordinaria, hermosa y jovencísima Joana Carneiro que, en ese escenario rococó de nuestro entrañable teatro del Chiado, con energía y vitalidad extraordinarias, convierte cada interpretación en un espectáculo mágico e irrepetible.

En estas cuatro sesiones hemos disfrutado de un programa amplio y complejo. Hemos escuchado obras de Beethoven, Brahms, Liszt, Sibelius y por supuesto también de Grieg –antepasado del maestro Achúcarro– junto con otras de Fauré, Ravel, Rachmaninov y Stravinsky. El programa también ha incluido a uno de nuestros compositores contemporáneos, Eurico Carrapatoso, con su Vita Brevis, para coro femenino y orquesta, compuesta especialmente para esta ocasión, y que nuestros lectores españoles harían muy bien en descubrir.

Un buen amigo, aprovechando uno de los ensayos, tuvo la amabilidad de presentarme al maestro Achúcarro. Antes habíamos comido los dos muy cerca del São Carlos, en el Círculo Eça de Queiroz, lugar entrañable que se presta, si apenas ya a la conspiración, si al menos a todo tipo de divagaciones pausadas. Entramos los dos a media tarde por la puerta de artistas. Subimos unas escaleras algo destartaladas. Luego, llegamos al camerino, que también hubiera agradecido una o dos manos de pintura.

Achúcarro esperaba a que Joana Carneiro acabara el ensayo de Brahms. Luego entraría en escena para el del concierto de Beethoven. Estuvimos charlando un rato sobre Lisboa y América, donde vive el maestro. También, de su sobrina, buena amiga a la que todos echamos de menos en Lisboa, Begoña Lund, con quien Achúcarro comparte esa mirada mágica de profundos y cambiantes azules, legado  de sus antepasados noruegos. Luego atravesamos el escenario entre bambalinas, por detrás de la orquesta que terminaba el último movimiento de la sinfonía de Brahms, con cuidado para que las viejas tablas no crujieran demasiado. Después escuchamos desde uno de los palcos, como si se interpretase sólo para nosotros, el concierto nº 4 para piano y orquesta.

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