domingo 26.01.2020

Obituarios selectivos en Portugal

Tres grandes portugueses han fallecido recientemente: el economista José da Silva Lopes, el cineasta Manoel de Oliveira, y el poeta Herberto Helder.

No es mi intención evocar estas tres personalidades, pues ya lo han hecho quienes saben más. Lo que me sorprende es que la prensa portuguesa le haya dado mucha más importancia al poeta y al cineasta que al economista, cuya desaparición ha pasado casi desapercibida. Así nos va. Necesitamos técnicos, ingenieros, fabricantes, pero seguimos andándonos por las ramas. Ni siquiera en el elogio póstumo conseguimos salir del intelectualismo que nos atenaza.

Oliveira era un director que hacía películas interesantes pero muy aburridas. El público lo evitaba y fue en Francia donde tuvo más predicamento, precisamente por ser tan intelectual. Algunos filmes fueron memorables, como Amor de Perdição, basado en la novela homónima de Camilo Castelo Branco, pero tampoco son el no va más, vamos a no caer en el nacionalismo cultural.

Ni siquiera en el elogio póstumo conseguimos salir del intelectualismo que nos atenaza

Helder era un poeta difícil, oscuro, hermético, que manejaba perfectamente el lenguaje, pero que dificilmente emociona. Su Oficio Cantante, su poesía completa, es un libro que hay que tener, aunque no estoy muy seguro que haya que leer. A mí, personalmente, me gusta porque usa bien la lengua, pero no me inspira mucho. Alguien ha llegado a decir que fue un mito construido por los críticos literarios. Situado en el contexto de la poesía portuguesa actual, creo que los hay y ha habido, mejores. La poesía de Helder tiene musa pero carece de duende, en el sentido que le dio García Lorca (Teoría y juego del duende, 1933).

Eso de los poetas que escriben bien pero no me inspiran me sucede también con otros como el español Gamoneda. Pero ay de quien se le ocurra decir que no es magnífico. En cambio, Antonio Colinas o José Carlos Llop me llevan mucho más a la ensoñación.

Y, en cambio, José da Silva Lopes, que fue gobernador del Banco de Portugal, amigo de Krugman y de muchos reputados economistas, fue un hombre muy claro, muy pedagogo, acertado en sus decisiones (evitó la bancarrota de Portugal en los difíciles años tras el 25 de abril) y de una integridad personal y científica que no son frecuentes. Su importancia para Portugal creo que es tan grande o más que la de los  otros dos desaparecidos.

Pero en un país y una prensa en la que seguimos presos de los prejuicios de lo políticamente correcto y en una especie de papanatismo intelectual, Da Silva no fue suficientemente apreciado, aunque fue muy útil para Portugal, mientras los otros dos han sido elogiados sin tasa, elevándolos al parnaso de los santos laicos. Ha pasado como con el Ulysses de Joyce, que nadie es capaz de leer pero todo el mundo finge adorar, o como El hombre sin atributos, de Musil, al parecer maravilloso pero ilegible.

Sólo el test del tiempo nos dirá si dentro de veinte años se sigue apreciando a Oliveira o leyendo los poemas de Helder.

Obituarios selectivos en Portugal
Comentarios