sábado 19/9/20

Sabemos que el turismo está ayudando a remontar la cuesta de la maltrecha economía portuguesa. Pero con la masificación empieza la decadencia. Hay turistas que nos cuestan dinero, en seguridad, en limpieza, pues las basuras desbordan las papeleras. Pero sobre todo es la pérdida del alma de la ciudad, esa que precisamente vienen a buscar los que viven en ciudades sin gracia.

Los precios de los locales comerciales aumentan exponencialmente y, claro, desaparecen las librerías, de nuevo y de viejo (los libreros de lance aquí se llaman, o llamaban, pues van quedando menos, alfarrabistas), las pequeñas retrosarias o mercerías, las mercearias o fruterías (en manos de nepalíes, bengalíes o paquistaníes que no saben portugués), los sastres o alfaiates, los peluqueros del barrio. Desaparece, expulsado por el euro duro, todo lo que de encantador e inesperado tenía esta ciudad. Las marcas internacionales han copado la Baixa lisboeta, que cada vez tiene menos de lisboeta.

Y todo ello recorrido por masas de turistas que procuran no gastar nada y a los que les da igual que esto sea portugués, italiano o norteafricano. Ni historia ni literatura, lo que interesa es el pintoresquismo, los selfies y la cerveza barata.

Hemos caído exactamente en la paradoja del turismo

El Bairro Alto es barrio de copas, Alfama, el exotismo por las cuestas, la Baixa, de compras baratas y uniformizadas.

Nadie nos ha forzado a ello, han sido los siempre sonrientes alcaldes y munícipes los que han decidido delenda est Lisboa. Por lo menos la Lisboa de siempre, la melancólica y creativa, la de Pessoa y Eça de Queiroz. Para más inri, turistas que no saben ni quien era Pessoa posan jocosos junto a su estatua sedente en el Chiado.

Hemos caído exactamente en la paradoja del turismo, término acuñado por la literatura científica: cuanto más atractiva es una ciudad o un lugar, más rápido es destruida por las masas. Vease Sintra, Venecia, Santillana del Mar, Toledo, Brujas, el corazón de París, las Ramblas de Barcelona (mis amigos catalanes dicen que ya no bajan por las Ramblas), por señalar sólo algunos lugares.

Los portugueses somos algo lentos (menos conduciendo) y tardaremos en reaccionar. Y será tarde. En lugar de aprender de todo lo que habría que evitar y que ha ocurrido antes en otros lugares, nuestra ciudad repite los mismos errores. El otro día leí un interesante artículo sobre este tema, en el que el autor ponía el dedo en la llaga: hemos pasado del turismo de masas –que ya era una barbaridad- a su masificación completa; los destinos no aportan ya nada de lo que incitó a los turistas a emprender el viaje y, paralelamente, las ciudades así invadidas, no reciben las justas contraprestaciones que serían deseables por ceder sus instalaciones y sus espacios públicos a esa masa cada vez menos gobernable que conforma el turismo volandero actual.

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