lunes 09.12.2019

Lisboa, anegada por el turismo

Yo comprendo que el turismo da algún dinero para nuestro país, que pocos recursos tiene.

Pero una cosa es eso y otra convertir Alfama, la Baixa y el Chiado en un parque temático, con colas de tuk tuk llenos de turistas, masas en todos los miradores, autobuses que trepan por calles pensadas para el paseo y para los tranvías. Un amigo francés, que ha vivido largos años en Lisboa y adora Portugal, que estaba allí también pues era Pentecostés (esta Unión Europea tan atea no se priva de ninguna fiesta religiosa), renunció a entrar en el castillo de San Jorge, por las colas, no por el pequeño precio. Todo está atiborrado, inundado de turistas. “Épouvantable”, fue su expresión, que lo resume todo.

Los residentes padecemos con resignación esas masas y en la Baixa apenas se encuentran ya lisboetas.

Los residentes padecemos con resignación esas masas y en la Baixa apenas se encuentran ya lisboetas. La Baixa de Fernando Pessoa, de su Libro del desasosiego, ha sido eliminada. Y junto a su estatua sedente, donde se hacen fotos todos los turistas que no tienen la más remota idea de quién sería ese señor del sombrero, unos músicos dan la murga impunemente, en puro alarde de polución sonora. Este modelo de turismo depredador, totalmente errado, ha convertido en botellón, copas, orines y basura el Bairro Alto, en ruido por todas partes y está a punto de desnaturalizar los barrios clásicos de Lisboa. Ya no será las calles del sueño, de la poesía, del paseo tranquilo.

Y el viejo comercio, las mercerías, los sastres de la rua dos Fanqueiros, papelerías, librerías, ferreterías, van desapareciendo en favor de tiendas de baratijas turísticas regentadas por paquistaníes y procedentes de Bangladesh que no hablan una palabra de portugués.

No sé si el ayuntamiento de Lisboa es consciente de que ha prostituido la ciudad, le ha quitado su alma, la ha hecho pasto de los negocios menos rentables. Y aun quieren construir más hoteles, me dice mi peluquero de la rua de la rua da Conceiçao, uno de los últimos que resiste.

Esto culminará cuando los vecinos de Alfama se vayan a los barrios de la periferia y todo sean hostels, apartamentos de airbnb y demás fenómenos, muchos en economía sumergida. Y todo barato, claro.

La capacidad de carga de un destino turístico es algo a tener en cuenta muy seriamente, así como la autenticidad y no convertir la ciudad en un decorado falso.

Pero, en fin, los políticos, que lo saben todo y jamás se equivocan, dirán. Mientras tanto, los lisboetas nos recogeremos en nuestros barrios no turísticos, como tuve que hacer yo mudándome de mi casa queiroziana (de la época de Eça de Queiroz) de la rua da Madalena, a un barrio más alejado y tranquilo.

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