Domingo 16.12.2018

Siempre nos quedará la música

This is the strangest life I've ever known.”

(Jim Morrison)

En Madrid, cada año parece que encienden un poco antes el alumbrado navideño. Recibimos a la precoz Navidad de forma atropellada, entre exámenes finales y auténticas orgías de capitalismo desatadas por ese invento reciente que es el “Black Friday”. El árbol de la Puerta del Sol siempre parece más feo que nunca, aunque el de este año ya lo he visto en alguna otra temporada. Dice Andrés París, poeta y bioquímico, que se asemeja a un conjunto de cultivos celulares.

Recibo a la precoz Navidad con indiferencia, con mucho frío, con el miedo de siempre, sin rastro apenas de nostalgia. Me falta incluso el olor a castañas asadas. Supongo que esto es hacerse mayor. De niña, torturaba a mis padres desde septiembre reproduciendo repetidamente una cinta de villancicos en el coche. Pasaba todo el año esperando la Navidad y lloraba mucho cuando se terminaba, cuando el gélido enero se llevaba el recuerdo de los Reyes Magos, de los regalos y de las luces. Me inventé una ciudad imaginaria, Navidazonia, en la que las fiestas duraban para siempre.

A decir verdad, me aterroriza mi propia indiferencia. Ríos humanos desbordan por las calles aledañas a Sol –Preciados, Montera, Carretas–, infectados de prisa, perfumados de frivolidad, despersonalizados, sin rostro, sin historia. He visto las mejores mentes de mi generación… No las he visto. No las veo, Allen. No veo más allá de esta masa humana de la que también formamos parte. Y el frío, este frío. Cuando Madrid olía a castañas asadas y a chocolate, incluso las bufandas parecían amables. Desde el año pasado, hay policías apostados en la calle donde se instala “Cortylandia”. Solo permiten avanzar en un único sentido: “Si quiere subir, tiene que coger la otra calle”. He leído que el año en el que yo nací se representó una escena de El Quijote. ¿Y ahora? Me resisto a descubrirlo. Porque al final, al final, una se da cuenta de que también forma parte de la masa, del río humano que desborda las calles de la ciudad, y si cada uno de los que lo integran pensara como yo, o simplemente pensaran, y si esto fuera estar perdido, porque cada vez lo estamos un poco más, y si… “¿Os apetece tomar un mojito gratis, amigos?”. No; los mojitos son para el verano, como las bicicletas, ¿de dónde saldrá este repartidor de flayers? En Navidad se tomaba chocolate, ¿no te acuerdas? Y las calles olían a castañas asadas y Papá me cogía de la mano y su mano estaba siempre fría, pero yo adoraba aquella mano. Recuerdo el chocolate del Café Comercial, cuando todavía era el Café Comercial. Ahora también ha cerrado el Café Ruiz, otro clásico de la capital, aunque con la promesa de volver, pero yo me pregunto: ¿volverá siendo el mismo? Y no, no; Heráclito era en realidad una maldición, y sus ríos que cambian, el tiempo; y yo siempre esta masa, esta masa, estos ríos de Heráclito que devoran la ciudad…

Y entonces, como en un paréntesis, la música. Los músicos callejeros que tocan el “Canon” de Pachelbel en la puerta de El Corte Inglés.

En unos segundos, las masas se vuelven rostros que ríen, que recuerdan, que se sorprenden. La música pulsando los laberintos de la memoria. Y es ahí, en ese punto, donde encuentro un acorde de la Navidad que recordaba, aunque todavía estemos en noviembre. Supongo que esto es hacerse mayor.

Marina Casado

marinacasado.com

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