Domingo 09.12.2018

Dicen que los adolescentes cada vez leen peor, suponiendo que lean. A mí esto siempre me ha parecido un prejuicio, porque conozco bastantes casos que lo contradicen –empezando por mí misma, si el lector me permite la pequeña autoalabanza–. Sin embargo, llevo meditando sobre ello desde que, hace unos días, mientras corregía el trabajo de un alumno, me encontré con una respuesta que me dejó, cuanto menos, patidifusa.

Era un trabajo sobre la lectura obligatoria del trimestre: Miau, de Benito Pérez Galdós. Una joya del Realismo español, detallista y cuajada de personajes entrañables, como el reflexivo Luisito Cadalso o el amargo Ramón Villaamil. Comenzaré por decir que no soy favorable al concepto de “lectura obligatoria”, pero es condición sine qua non para aprobar en la mayoría de los institutos y todavía no he encontrado una manera alternativa de asegurarme de que los alumnos lean sin tener que ponerles una pistola en la sien.

Volviendo al tema de la respuesta del susodicho alumno, que era, por cierto, de cuarto curso de la ESO, el caso es que me hizo plantearme si no seré yo muy idealista con respecto a mis expectativas hacia el alumnado. La pregunta era si les había gustado el libro y si lo recomendarían, y las palabras literales del chiquillo fueron las siguientes: “No, porque me ha costado entenderlo y su contenido no me ha entretenido ni es interesante. No es juvenil”.

Fue como un jarro de agua fría, porque además se trata de un buen alumno, uno cuyas opiniones merece la pena atender. De hecho, su respuesta estaba bien justificada: no le interesaba el contenido, no era “juvenil”. Antes de abordar este enigmático adjetivo, he de confesar que me asombra que un adolescente pueda no sentirse interesado por conocer la vida de una familia cualquiera en el Madrid del siglo XIX. Una familia con sus dimes y diretes, sus sueños, sus ambiciones y sus fracasos, su amargura ante la falta de empleo. Qué importa que hablemos del XIX: son los mismos problemas de ahora, cubiertos por el filtro del pasado y por las palabras de ese fascinante retratista de almas que fue Galdós.

Otros alumnos aseguraban que les dificultaba la comprensión el hecho de que estuviera escrito “en una lengua antigua”, como si Don Benito estuviese utilizando el castellano de la época de Alfonso X. Y pensar que a mí me hicieron leer el Cantar de Mío Cid siendo un año más joven que ellos.

¿Los adolescentes contemporáneos no leen bien? ¿O simplemente no leen? Después de lo ocurrido con Galdós, sigo empeñada en no generalizar. Porque dos cursos por debajo, en segundo de la ESO, un alumno pidió prestada el otro día en la biblioteca del instituto la obra Niebla, de Miguel de Unamuno, solo porque yo la había comentado en clase y le había interesado el argumento. Fue algo así como la antítesis del “boicot antigaldosiano”.

La clave, creo, se encuentra en no dejarnos llevar por prejuicios ni sentencias manidas o meterlos a todos en el mismo saco. Desde siempre, ha habido niños que leen más y niños que no abren un libro. Y viendo algunos éxitos literarios del momento, a veces esto resulta ventajoso y a una le entran ganas de recomendarle que, en vez de leer el último best seller del youtuber de moda, se vea un clásico cinematográfico o se vaya al parque a jugar con los amigos.

La clave se encuentra siempre, más allá de la curiosidad particular, en la educación en casa y en el colegio: en tratar de que se interesen, en no obligar. Yo me recuerdo muy de niña, el último día del curso, cuando el verano acababa de instalarse en Madrid, frente a una pila de libros que mi padre me había sacado de la biblioteca escolar. Eran lecturas infantiles y juveniles: Roald Dahl, Christine Nöstlinger, Concha López Narváez, René Goscinny, Elvira Lindo, Hergé… Los había sacado para que me durasen todo el verano, pero en dos o tres días los habría devorado. Todos aquellos títulos y autores me sirvieron para adentrarme poco a poco en la literatura y para saciar mi imaginación, que siempre ha tendido a desatarse. Fue una etapa necesaria en mi formación; por eso, siempre seré defensora del género infantil y juvenil, que continúa a veces endulzando algunos ratos en mi vida. Sin embargo, considero que, a los quince años, uno debe empezar a valorar la literatura adulta y determinados clásicos. Las inquietudes sí podemos educarlas, y merece la pena hacerlo. La literatura, al fin y al cabo, encierra todos los mundos en los que nunca viviremos.

Marina Casado

marinacasado.com

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