Domingo 09.12.2018

“La seguridad, ese insecto

que anida en los volantes de la luz”

(Luis Cernuda)

Me preguntaba el otro día una amiga si no me arrepentía de haberme perdido la experiencia de la famosa beca Erasmus durante mi etapa universitaria: un curso alejada de mi familia, disfrutando de plena independencia y conociendo otro idioma, otras costumbres y otras personas. Llegada a este punto, quisiera realizar una confesión: jamás he sido lo que llamaríamos una persona aventurera. Me encanta viajar y conocer nuevos lugares, pero siempre por períodos cortos de tiempo. Necesito regresar a mi rutina, a los paisajes y las personas que forman parte de mi ser, con los que he crecido y compartido los momentos más importantes. Quizá esto nos ocurra a todas las personas inseguras. Tal vez siempre busquemos algo que se mantenga estático en este caótico y cambiante universo, algo que nos ayude a definir nuestra identidad.

Recuerdo la primera vez que tuve que separarme de mis padres. Fue en el viaje de fin de curso del instituto: tenía quince años y no era demasiado popular en mi clase. Sin embargo, la idea de viajar por París y los Países Bajos durante una semana me sedujo hasta el punto de arriesgarme y abandonar eso que hoy llaman con tanto retintín “la zona de confort”. No me arrepiento de haberlo hecho, pero lloré mucho en el aeropuerto al despedirme de mis padres y gasté una cantidad desorbitada en llamadas internacionales a lo largo de esos siete días.

La inseguridad comienza al abandonar la infancia. El mundo que conocemos se da la vuelta y, a ratos, se percibe amenazador. En la adolescencia, en la primera juventud, caminamos sobre una superficie de hielo que podría resquebrajarse en cualquier momento. Convertí todas esas emociones en lírica en mi primer poemario, Los despertares. Se centraba en la versión adulta de un personaje de la literatura clásica, Alicia –la fantástica criatura de Lewis Carroll–, que también debía abandonar lo conocido, la infancia, para adentrarse en la juventud lejana al sueño en el que la recordamos. Una Alicia perdida por la realidad. Una Alicia que se esforzaba por integrarse, por no volver a su País de las Maravillas, por no tener que soñar, y se perdía y se evaporaba y se olvidaba de su nombre. Porque Alicia, lejos de su sueño, deja de ser Alicia. Y a pesar de todo el esfuerzo, acabó comprendiendo, al final del poemario, que jamás había despertado.

Poco a poco, una se acostumbra a habitar el mundo de los adultos, la realidad. Pero lo familiar nos ayuda a sentirnos menos perdidos. Nunca me presenté a ninguna beca Erasmus porque no me atraía la idea de pasar un curso alejada de mi familia. Algunos lectores juzgarán mi actitud como una muestra de dependencia emocional y tal vez estén en lo cierto. Pero esta dependencia, si nos empeñamos en llamarla así, no me ha impedido la supervivencia emocional después de que la vida se ensañara conmigo de la peor manera posible: arrebatándome a uno de mis seres más queridos a destiempo. Es en los momentos terribles cuando percibimos nuestra propia fuerza. Y yo, que me creía tan vulnerable, sigo luchando y alcanzando a ratos la felicidad.

Hay un mundo que siempre permanece y que ni el tiempo ni la muerte pueden aniquilar: nuestros recuerdos. Cuando fuera hace demasiado frío, nada nos impide refugiarnos dentro de nosotros mismos y trasladarnos a un momento cálido. Por alguna razón, siempre regreso al asiento trasero del coche de mi padre. Fuera la noche, la carretera. Dentro, los cuatro: mis padres, mi hermano y yo. Suena alguna canción por la radio. Qué paradójico resulta que alguien que detesta tanto el cambio se refugie casi siempre en un coche en movimiento. Pero es que, a veces, las personas son los mejores lugares donde quedarse.

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