martes 30/11/21

Esta Navidad, el Niño Jesús nace en la Cañada

cañada real

Hace unas semanas se hizo viral un vídeo grabado en la Cañada Real en el que una vecina denunciaba los cortes de luz de la zona. Las imágenes, obtenidas de un reportaje emitido en el telediario de Televisión Española, mostraban el interior de la casa de la afectada, que entre queja y queja por las ínfimas condiciones de vida que atraviesa a cuenta de los apagones, dejó ver que tenía aparcados un Porsche y un BMW en su garaje. La escena cayó como una bomba en las redes sociales, en la que los internautas se despacharon a gusto con la cadena pública tachándoles de manipuladores.

La cosa no quedó ahí. La semana pasada la portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid, Isa Serra, afeó a la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, haberse desentendido de esta situación que afecta a 850 familias de la Cañada y que ha desencadenado numerosas protestas. Ante estas acusaciones, la presidenta regional le espetó que los vecinos “para tener sus Porsches aparcados ahí, bien, pero para pagar sus facturas no”, matizando que la causa de los cortes eléctricos son las plantaciones de marihuana que proliferan en la zona.

Todo apunta a que este último dato es cierto: en lo que va de año, la Policía Nacional ha realizado veinte operaciones contra el cultivo de cannabis en la Cañada. Este mismo martes la Comunidad de Madrid informaba que se habían localizado 60 enganches ilegales a la red que registraban consumos de “escala industrial” para abastecer a las viviendas del enclave y a posibles plantaciones de marihuana, lo que estaría sobrecargando el sistema eléctrico.

Aunque el debate podría terminar aquí y podríamos concluir que esta situación es culpa de la forma de vida de los habitantes –que demandan servicios mínimos a las instituciones mientras se enriquecen a costa de negocios ilegales–, una mirada más profunda deja ver que este poblado chabolista esconde una realidad mucho más compleja. No todos sus vecinos se dedican a la venta de droga. En sus más de 14 kilómetros de extensión conviven gitanos y payos, familias de clase media en chalés de lujo y vecinos en extrema pobreza en infraviviendas, inmigrantes, especuladores, chatarrerías, bares y vertederos ilegales. Todos ellos repartidos en seis sectores diferentes, cuyas condiciones de vida, infraestructuras y servicios son muy desiguales.

Esta realidad tan heterogénea es la que llevaba a una pequeña de la Cañada a preguntarse sí de verdad había tanta marihuana cómo para verse obligada a tener que hacer los deberes con una vela. “Que venga Ayuso y que lo vea, para hablar de esta situación hay que vivirla”, señalaban otras dos niñas en un reportaje emitido estos días en La Sexta, que tampoco entendían por qué la presidenta les hacía pagar por las culpas de otros. “Estamos sin luz, calefacción y agua caliente, los niños por la mañana dicen que la ropa está mojada”, se quejaba otra afectada.

Terminar con estas indignas condiciones de vida lleva muchos años en la agenda política. Uno de los pasos más importantes para atajar el problema tuvo lugar en 2017 con la firma del Pacto de la Cañada, por el que todos los grupos políticos presentes en la Asamblea madrileña y en los Ayuntamientos de Coslada, Madrid y Rivas por los que discurre el asentamiento se comprometieron a trazar un plan para garantizar suministros básicos y realojar el sector VI, el más pobre y conflictivo.

Algunos partidos políticos y los propios vecinos afectados han aprovechado la situación de emergencia social de estas últimas semanas para denunciar el incumplimiento del Pacto, la lentitud en los realojos prometidos y la falta de suministros básicos a los que se comprometieron los firmantes.  

Sin ánimo de culpabilizar a nadie –las dificultades administrativas, los cambios de Gobierno y la suma de realidades tan diferentes conviviendo en un mismo espacio hacen difícil las soluciones– sí convendría que todos nos sensibilizáramos con un drama que ocurre a solo 14 kilómetros de la Puerta del Sol de Madrid. Quedan pocos días para la Navidad y el momento no puede ser más oportuno: el nacimiento de Jesús nos recuerda que el Señor no habita entre lujos y comodidades, sino que descansa en un pesebre, en lo pobre y en lo sencillo.   

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