sábado 12/6/21

El modelo semipresencial de enseñanza, a examen

Niños en colegio

Las Navidades no solo van a ser la prueba de fuego de una posible tercera ola del coronavirus: también suponen el primer parón tras el inicio del curso escolar y, por tanto, un buen momento para hacer balance de la gestión de los colegios de la pandemia. La adaptación de las aulas a las nuevas circunstancias que ha impuesto la crisis sanitaria ha sido uno de los mayores retos de los últimos meses y, por el momento, las cosas no han ido tan mal como se esperaba.

En el plano sanitario, los resultados son más que satisfactorios. Las medidas de higiene, el desdoble de  turnos y la implantación del modelo semipresencial ha hecho que solo un 2% de los centros educativos se hayan visto obligados a cerrar desde septiembre. Las aulas no han sido el foco de contagios que muchos diagnosticaban: es más, el uso de mascarillas y la incorporación de medidas anticovid en los colegios ha hecho que se reduzcan los casos de bronquiolitis o catarros y la incidencia de piojos en los niños.

Aprobada la tarea de contención del virus, toca preguntarse cómo ha afectado este nuevo sistema de enseñanza –parte presencial y parte a distancia– en la formación de los más pequeños. ¿Ha sido, como muchos auguraban, un trimestre perdido?¿O se ha hecho un buen uso de las herramientas digitales y se han desarrollado nuevas competencias en profesores y alumnado?

Ofrecer una única respuesta a estas preguntas es imposible. Existen tantas como comunidades autónomas hay en España, y todo depende de factores como los recursos de los que dispongan los centros, el nivel socioeconómico de las familias, la cualificación del profesorado o la buena disposición de los estudiantes.

Ya solo en el tipo de planificación de las clases existen notables diferencias entre regiones. Así, comunidades como Galicia o Asturias implantaron la modalidad semipresencial desde 3º de ESO en adelante: las clases se suelen dividir en dos grupos, y mientras que unos asisten físicamente al centro escolar, otros lo hacen de forma online desde casa a través de un dispositivo electrónico. Murcia, por su parte, decidió implantar este sistema híbrido a todos los cursos. Esta medida ha despertado numerosas críticas entre la comunidad educativa, que considera que para los alumnos de Infantil y Primaria el contacto con los profesores y compañeros es vital.

Dentro de los territorios que han optado por el modelo educativo semipresencial en los últimos cursos también existen desigualdades. Mientras que la Comunidad de Madrid ha conseguido que hasta un 85% de las clases sean presenciales, como publicaba hace unas semanas ‘La Razón’, en Aragón, los chavales acuden a las aulas una semana sí y otra no, lo que según las familias no funciona. Muchos padres señalan que estudiar desde casa es sinónimo de vacaciones intermitentes en la mayoría de alumnos, que en seguida pierden la motivación por aprender.

Y es que queda un largo camino para pulir la enseñanza en remoto, todavía en fase de pruebas. Entre los mayores problemas que plantean las clases online destaca la desigualdad del alumnado: no todos cuentan con un ordenador propio –en caso de coincidir varios hermanos en casa esto aún se complica más–, una conexión fiable a Internet o un espacio adecuado para hacer los deberes. También se dificulta la resolución de dudas por parte del profesorado, o la atención a estudiantes con necesidades educativas especiales. Algunos expertos señalan el gran reto que este sistema dual plantea a los docentes, que tienen que estar pendientes de 15 caras en una pantalla y otras 15 en el aula.

Pero no todo son inconvenientes. Al igual que el teletrabajo ha abierto nuevos horizontes en el universo laboral, la educación a distancia tiene múltiples beneficios, como el desarrollo de una mayor autonomía y responsabilidad del alumno, la creación de espacios de reflexión y debate, y la mejora de la competencia digital de las nuevas generaciones.

El éxito de esta fórmula requiere de un esfuerzo conjunto de toda la comunidad educativa y depende, en gran parte, de la mayor o menor implicación de los profesores. Así lo explica a ‘El País’ Francina Martí, presidenta de la asociación catalana de docentes Rosa Sensat, que incide en la falta de autonomía de la mayoría de los alumnos, que exige al responsable de impartir una clase virtual un esfuerzo extra: “No es lo mismo un profesor que da una clase magistral a través de la pantalla, de la que es fácil desconectar, que quien hace clases virtuales más participativas”.

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