viernes 24/9/21

Ni Pelé, ni Cristiano, ni Di Stéfano: Maradona. Fin

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La suya fue la confrontación de lo divino y lo humano. Una lucha feroz, bárbara, sin concesiones. Puso sobre el césped de los estadios de medio mundo toques de magia que jamás se habían observado en la práctica del deporte. Lo hizo en tiempos de pujanza del fútbol físico, moderno, brusco… donde era cuasi-imposible que se abriese paso la sutileza y el destello.

Lo consiguió. En América Latina y en Europa. Rompiendo moldes y provocando que narradores, aquí y allá, se dejasen la voz locutando a grito pelado sus regates imposibles, sus carreras verticales y endiabladas hacia la portería rival, sus tiros de falta con efectos que costaba descifrar en cada moviola. Lo inaudito y lo sublime.

Y al mismo tiempo la rareza de una estrella gamberra. Maradona fue el hombre que insultaba a la prensa, que salía de su porche para buscarla, identificarla, abroncarla, dispararla a quemarropa. Refugiado en sus adicciones y en sus excentricidades, dueño de un olimpo del que un puñado de jugadores tuvo el privilegio de formar parte. A los que arrastraba, porque lo suyo era la defensa invisible y primera del espíritu de equipo.

Se ha ido viejo y joven. Viejo, por lo que ha vivido y cómo. Joven, porque aun a su edad hay otros ídolos que, lejos de haber caído, se enfundan la elástica y se calzan los tacos para jugar partidos de veteranos de clubes gloriosos como aquellos a los que Diego llevó a la cima. Su legado está vivo: el del 82, el del 86, el del 90 y hasta el del 94, en aquel Mundial raro, en Estados Unidos, en el que conservaba el ala y la garra para dirigir toda esa fuerza, a modo de desquite, contra los cámaras que buscaban el detalle pegados a la banda. Siempre, Diego. Eterno, Diego. Descansa, Diego.

 

Juanma Olivares

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