Lunes 19.11.2018

Historia de una buena persona

Parece ser, que no fui un hijo deseado por mis progenitores. Comencé a sospecharlo cuando de niño me llevaban a pasar un día de campo, y me dejaban solo con la excusa de que habían olvidado la merienda en el coche. Yo, por si acaso empecé a llevar migas de pan en los bolsillos, que iba dejando por el camino ya que parecía que querían abandonarme. Esta sospecha aumentó, el día que me hicieron bajar en una gasolinera y salieron derrapando con el auto. Aún así, siempre lograba volver a casa de uno u otro modo y ellos no parecían muy disgustados. Eso sí, me castigaban sin postre por haberme perdido. De todas formas, los quería mucho. Posiblemente porque odiaba más a mis compañeros de clase. Desconozco los motivos (quizás porque no jugaba al futbol en el patio), pero siempre andaban pegándome, o robándome la merienda.

Ya de joven, como no era buen estudiante, trabaje de lo que pude, e incluso me eche novia. Era una chica un tanto feúcha, que tenía cierta querencia a putearme. De hecho siempre estaba con unos y con otros, pero como yo no quería perderla, la perdonaba todo. Por lo que no pase, fue que se llevara a un tío a tirárselo, al apartamento que compartíamos y yo tuviese que dormir en el sofá, mientras ella gritaba de placer. Por ahí no. Me cuadre e hice lo que un hombre tiene que hacer: me fui de casa. Uno tiene su dignidad.

Aconsejado por un conocido, me instale en una casa con otros tíos que se pasaban el día bebiendo litronas y fumando porros. Hasta que un día vino la policía a echarnos porque el propietario del edificio decía que estábamos allí de forma ilegal. Como se trataba de una injusticia, yo intenté resistir pero me llovieron palos por todos lados. Cuando salí de Comisaría, mis compañeros de edificio me esperaban fuera, pero no para felicitarme sino para reírse de mí por pringado, ya que ellos se habían dado el piro en cuanto pudieron.

Asqueado de todo, conseguí un trabajo de camarero y logre terminar la ESO por internet. ¡Por fin era un hombre preparado!  Al bar solían venir unos parroquianos que `pertenecían a un partido político que tenía la sede cerca. Aunque siempre me engañaban en las vueltas de las consumiciones, hice amistad con el jefe de ellos, que un día me animó a afiliarme apelando a mi cara de buena persona. Y debía serlo, porque me sacaba los botellines por la cara, pero es que hablaba también que siempre me enredaba.

Como no me parecía mal meterme en política, ya que a mis treinta años la vida no había sido muy benevolente conmigo, acepté. Aquello me gustó, porque ser militante era muy sencillo. Tan solo había que acudir de vez en cuando a alguna manifestación en contra del gobierno ( si no era de los nuestros), o a favor de los derechos de los animales y acudir a las charlas de los líderes, que eran unos señores muy majos que ganaban un pastón, pero siempre decían que estaban del lado de los obreros.

Puesto que ejercí con entusiasmo mi trabajo en la militancia política, mi partido me presentó a unas elecciones y conseguí ser concejal de un pueblo. Resulté ser muy valorado debido a mi gestión: no hice nada de nada, solo cobrar, por lo que los vecinos del pueblo me votaron durante tres legislaturas, admirada de que no me diese por llenar las calles de rotondas, o que permitiese que la gente llevase a sus hijos a la escuela en coche sin multarles y sobre todo, que no intentase arreglar sus problemas, que ya se las apañaban solos. Pero es que yo siempre he sido buena persona, y no voy a cambiar por esas tonterías.

Como era muy popular, fui elevado a puestos de mayor entidad y pronto me dieron un despacho en un edificio muy lujoso, donde solo tenía que firmar unos papeles que mi secretaria me disponía en la mesa. Como ganaba un sueldazo solo por firmar, me compré un par de pisos y un Ferrari, y comencé a salir con una chica muy guapa, que decía ser cantante, pero salía mucho enseñando las tetas en las revistas. Tuve que pagarle unas nuevas, ya que al parecer se le quedaban pequeñas comparadas con las de sus amigas, y ella necesitaba dar el “do de pecho” para continuar su carrera en el mundo del espectáculo.

Fue una época muy buena para mí: todo el mundo quería ser mi amigo y fotografiarse a mi lado. Empresarios que lucían relojes de oro y trajes caros me invitaban a comer todos los días. Lástima que una mañana, se presentaron unos señores que decían ser de la Guardia Civil y me llevaron esposado.

En fin, que aquí estoy, en un sitio llamado Soto del Real. Me llevo bien con los otros presos, y soy el encargado del economato. Me siguen engañando en las vueltas y se ríen de mí en patio.

 ¡Qué le voy hacer si soy buena persona!

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