Lunes 19.11.2018

El hombre tranquilo

Mi abuelo Tomas era un hombre tranquilo. Había luchado en la guerra civil en el bando republicano y era conocido por su frialdad ante el peligro. Cuando era niño, me contaba como lloraban algunos antes de un ataque a pecho descubierto y se reía de su cobardía. “¡Coño-me decía con su lógica aplastante de campesino andaluz-, algunos se creen que van a vivir eternamente!”. Admiraba a los legionarios del otro bando que según él, eran hombres con dos cojones y un palito, a la par que odiaba a los políticos que según él, los traicionaron huyendo de España como ratas. Amaba su país y ayudó a forjarlo durante la dictadura trabajando como un cabrón en el campo primero, y después en el tajo de Cataluña, lugar donde emigró en busca de un futuro, alejado de las interminables jornadas en el barbecho.

Toda su vida fue un hombre de honor, honrado hasta la medula, incapaz de tocar nada que no fuera suyo y lo hubiese ganado con sus callosas y enormes manos. Yo le admiraba profundamente, y siempre decía a mis amigos que era un hombre que no conocía el miedo.  Pero una noche, allá en el salón de su casa de Barcelona que con tanto esfuerzo había logrado comprar, me sentó a su lado y me dijo:

-Mira Pepillo, los hombres nunca deben temer si la causa es justa, pero yo una noche tuve miedo, y no fue precisamente a las balas.

Enmudecí. Que mi venerado abuelo me hiciese aquella confesión me dejó perplejo.

-No se lo he contado a nadie, pero como tú eres un chaval avispado y el único que escucha mis historias, te voy a revelar un secreto: una noche volvía del trabajo por una vereda oscura. Estaba cansado y cantaba entre dientes, alegre por llegar a casa,  tomarme un cuartillo de vino y ver a la abuela y a mis hijos. Estaba oscuro y de repente noté que alguien me miraba. Volví la vista a un lado y allí estaba: una mujer sola, con un vestido blanco en medio de los árboles. Sin moverse. Sin decir nada. Tan solo mirándome. Un escalofrió recorrió mi espina dorsal y aceleré el paso, pensando que aquello era algo diferente a lo que hasta entonces había conocido. Algo sobrenatural. Cuando llegue a mi casa, estaba blanco como la cera, pero no conté nada a nadie. Han pasado treinta años y todavía se me pone la piel de gallina. ¡Ya ves, hijo! Nunca me han dado miedo los hombres ni las bestias, pero una mujer vestida de blanco, mirándote por la noche, en medio del campo, ¡es para acojonarse! ¡Yo, que he aguantado una carga a la bayoneta de legionarios en el Ebro a tiro limpio!

Desconozco si mi abuelo me narró un hecho verídico o quiso darme una lección sobre la vida, el caso es que murió serenamente varios años después, sin sufrimiento en el rostro. Le enterraron con el único traje que poseía. Fue un hombre tranquilo toda su vida, excepto aquella noche en que contempló el más allá, en forma de mujer.

Desde entonces, yo que me precio de ser un hombre valiente, evito andar de noche por la veredas oscuras, donde los hombres tranquilos pierden la calma con la mirada sobrenatural de una mujer vestida de blanco o de negro, qué más da.

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