Martes 17.07.2018

La batalla en la que no murió ningún español

Los hombres avanzan con las picas en ristre, confiados en la victoria. Son dos columnas de piqueros mercenarios suizos, los reyes de los campos de batalla europeos hasta el momento. Ahora-27 de abril de 1522-, luchan a favor del rey de Francia y de la Republica de Venecia, en la llamada guerra del Milanesado o de los cuatro años. España y las otras dos potencias se disputan la llave de Italia: la ciudad de Milán.

El bando español se encuentra parapetado en el parque de Bicoca, al norte de la ciudad. Actualmente, este parque es un barrio milanés, y no presenta rastro de la batalla.

Los españoles-unos 4000 arcabuceros-, esperan el ataque al mando del general Prospero Colonna, que sirve al emperador Carlos I de España y V de Alemania. Saben que si son superados, todo el frente se desmoronara.

Los suizos, en aplastante superioridad numérica-dos columnas de unos 4.000 a 7.000 hombres-, piensan que será una victoria fácil, ya que hasta ese momento, nadie ha sido capaz de derrotarlos. El mando francés ha lanzado a sus tropas a toda prisa, pues los suizos amenazan con retirarse si no cobran sus pagas, pero aun así, no dudan de la victoria.

El espectáculo es sobrecogedor. Las falanges compactas, erizadas de picas, atacan entre gritos de guerra. Parece que los españoles morirán ensartados como pinchos morunos. Pero Prospero Colonna es un gran general, que se ha percatado de que la guerra tal y como se conocía, ha cambiado gracias a la tecnología. La historia está llena de ejemplos. En 1940, los franceses confiaban su defensa a la línea Maginot, una serie de posiciones estáticas fortificadas. No contaban con que los carros de combate, utilizados como arietes acorazados, simplemente los rebasarían, dejándolos atrás.

Los españoles están situados en una ligera elevación, protegidos por un muro de tierra. Cuando los suizos llegan, retienen su avance por culpa de la pendiente. Fríamente, los españoles permiten que se acerquen. Cuando se hallan a tiro, se da la orden y los arcabuces hacen fuego sostenido. La primera fila dispara y se retira, dando paso a la segunda y así sucesivamente, en un ejemplo de disciplina de fuego nunca visto anteriormente. Para entenderlo, es necesario saber que un arcabuz se tardaba entre minuto y minuto y medio en recargar. Durante ese tiempo-que es mucho-, no se podía dejar de disparar per ser efectivo.

La lluvia de plomo que cae sobre los suizos es tremenda y se retiran. 3.000 hombres mueren en poco tiempo. 22 capitanes mueren. De los nobles franceses que acompañaban el ataque solo sobrevive Montmorency.  La victoria es tremenda. Los españoles tan solo tienen una baja: un soldado muere al recibir la coz de una mula asustada.

Desde entonces, queda la expresión “esto es una bicoca”, referida a cuando algo es demasiado fácil, pero la verdadera enseñanza de esta victoria es que la guerra ha cambiado y a partir de entonces, las armas de fuego cambiaran el rumbo de la historia, acabando con las tácticas medievales.

Tres años después, se librara la decisiva batalla de Pavía, donde de nuevo los arcabuceros españoles serán decisivos, masacrando a la caballería pesada francesa. En esta contienda, el rey francés Francisco I, caerá prisionero. Trasladado a su prisión en la torre de los Lujanes-situada en la plaza de la Villa de Madrid-, el rey de Francia, dirá su famosa frase al asomarse por las ventanas, y ver a los niños madrileños jugar con espadas de madera: “Bendita España, que pare y cría a sus hijos ya armados”.

Así éramos. ¡Bendita España!

La batalla en la que no murió ningún español

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