lunes 27/9/21

La Natural Claudicación

Sánchez y Junqueras (2)

La farsa del llamado diálogo con el recién configurado ejecutivo independentista catalán, es una tomadura de pelo de tamaño descomunal. Sin lugar a dudas, esta felonía hacia el conjunto de los españoles pasará a los anales de la Historia de España como ejemplo de deslealtad y  claudicación ante los golpistas del antiguo condado de Cataluña.

No puedo callar, ni mirar hacia otro lado y, menos aún, con mi silencio convertirme en cómplice involuntario de tamaña traición. Les soy sincero, no me gusta andar con cortesías o eufemismos innecesarios, máxime cunado se trata de un asunto tan  notorio y grave como es la ruptura de nuestra Patria, sí de nuestra Patria –con mayúscula-. Este gobierno, instalado en la hipocresía y la mentira institucionalizada, se dedica a vender a España a las hordas independentistas.

Es un delito de Lesa Majestad, como muchos perpetrados en el devenir de los acontecimientos nacionales, pero no es uno más de una larga relación de comportamientos miserables, es una humillación, sometimiento y sumisión, por intereses personales presidenciales, hacia el interés general del pueblo español. A Pedro Sánchez y su escudero, Iván Redondo, no les importa lo más mínimo la cuestión nacional, tampoco el daño irreparable que se hace a su propio partido, les  mueve el único e ilegítimo deseo de perpetuarse en el poder a cualquier precio.

Mientras, con prepotencia, altanería y soberbia, los golpistas se permiten el excesivo lujo de despreciar e imponer unas condiciones absolutamente insasumibles, absolutamente ilegales y que nada tienen de naturales. De tú a tú, con profunda aquiescencia, se sientan en la mesa tocinera de las supuestas negociaciones y vomitan el discurso de siempre, el de los indultos a los delincuentes encarcelados, el de exigir un ilegal referéndum y, para más escarnio y desvergüenza, anunciar la declaración unilateral de independencia de Cataluña.

No contentos con esto, sin consecuencia legal alguna, comparecen ante los medios de comunicación dando a conocer su reiterado delito. En tanto, nuestro ínclito jefe de desgobierno del Reino de España, nos intenta convencer, con argumentos inverosímiles y razones chiripitiflauticas, que la solución ante la desobediencia de la tropa de Pere Aragonés García –fíjense en sus apellidos-, infame presidente de la Generalidad, es sentarse a charlar sin más, como si se tratara de una mesa de trabajo en la que hay algo que tratar.

La melomanía del inquilino de la Moncloa por la sardana y la música secesionista, raya en un delirante sueño narcisista de un hombre que ha confundido realidad con verdad, diálogo con rendición y lealtad con felonía. Podríamos añadir muchos más adjetivos al asunto y al innoble susodicho.

¿Qué narices –por no decir una interjección malsonante- hay que hablar con unos delincuentes confesos y declarados? ¿Qué carajo –se me había ocurrido otra expresión que he omitido por respeto a todos ustedes- hay que negociar contra estos sujetos acogidos a sagrado –el de la Moncloa- claro? ¿Qué pantomima de pésimo gusto es este triste espectáculo al que asistimos cada día? ¿Para qué sirve nuestra Carta Magna, a la sazón norma de rango mayor que tipifica lo que hay que hacer en semejante tragicomedia?.

Esta bufonada no tiene –iba a manifestarme otra vez de manera impropia- ni gracia, ni nada de loable, pese a las declaraciones de los cuadrilleros ministeriales.  Este ejecutivo es una pesadilla insoportable, pero no es un sueño de una mala noche, es la tragedia del común y del conjunto de los súbditos, que no de los vasallos, del Reino de España. 

Hay que tener perendengues para tal descaro e infamia presidencial. Hoy son los corsarios catalanes, mañana será la piratería nazionalista  vasca, después –que a buen seguro lo habrá- surgirá algún caudillo de opereta que también argumentará sus deseos de secesión y verborrea traicionera. España hecha jirones, descosida, desmembrada, descolorida y que languidece como estado, como nación y como Patria, es la propuesta socialista.

En este punto, me preocupa la cómplice asertividad de la corte sanchista, convertida en marionetas de los hilos que mueve en la sombra, en la oscuridad, entre bambalinas, el jefe de escena, guionista, productor y realizador de tan grotesco espectáculo de feria, Iván “el Incondicional”. Cuando se toca retreta, todo quisqui con cargo por dedocracia adquirido, sale a la palestra, más o menos forzado, a cumplir con su  papel en la representación del teatro de títeres.

Es decir, a apoyar las gracieteas y las lecciones moralizantes democráticas de su señor, queriendo demostrar con ello que aquí paz y después gloria, que estamos en buenas manos y que no hay mejor dueño que el suyo, al que deben su razón de ser y su paniaguada existencia. Es la versión desgraciada del Club de la Comedia, convertido en la Casa de Empeños.

Mis últimas palabras, no por que vaya a desaparecer, sino por no aburrirles más, se las quiero dedicar a un hombre muy “natural”, que dejó la toga por el traje de ministro de Justicia, Juan Carlos Campo que,  olvidando las competencias de su departamento, se manifiesta con una naturalidad incompetente al referirse a la cuestión catalana.

Parece mentira que un hombre que ha dedicado su vida a la carrera judicial, quiera finalizar su vida profesional acatando, con normalidad, la propuesta de su jefe y líder con lealtad y cariño, naturalmente. Qué pena de metamorfosis, qué tristeza de vida olvidadiza y desmemoriada de tantas causas instruidas, qué menguada supervivencia y existencia vital y política.

La integridad y la dignidad ¿Dónde quedan? ¿Qué fue del código deontológico jurado? Para esta situación concreta, siento duelo y quebranto, pesadumbre y lamento. ¿Cómo se puede frivolizar con tanta ligereza y alegría al tratar de cuestiones tan graves como las del desafío independentista?

No me cabe en la cabeza que un delito tan notorio, probado y reiterado goce de una natural contemplación por parte del ilustre ministro de Justicia. Sabedor de la intencionalidad anunciada en rueda de prensa, declarada a los cuatro vientos, con gesto complaciente y risueño, declara que lo de los indultos es “natural”, que es propio de un estado de derecho en el que la división de poderes –no se lo cree ni él- es lo conveniente.

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